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Venezuela, merma del poder adquisitivo por banca y bachaquerismo

07/08/2018 00:04 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

En forma más que cuestionable estamos viendo una transferencia neta de recursos de ahorristas, retirados y fondos de pensiones

Aventis

 

El Banco Central Europeo ha hecho todo lo que está a su alcance para inyectar liquidez en forma sin precedente en la historia. Más de 800 bancos y entidades financieras (inclusive empresas automotrices) han recibido casi 1.8 millones de millones de euros en forma de crédito a tres años a una tasa de 1%. Conforme esos bancos simplemente tomen el crédito para comprar deuda emitida por los propios gobiernos europeos en el mercado se meterán a la bolsa el diferencial entre la tasa que pagan y la que reciben, recapitalizándose marginalmente. Difícilmente, esos recursos se volverán crédito real para actividades productivas. Pero, por ahora, los bancos europeos han recibido un poco de oxígeno. ¿Lo aprovecharán para hacer las reformas de fondo que son indispensables? Lo dudo.

En forma más que cuestionable estamos viendo una transferencia neta de recursos de ahorristas, retirados y fondos de pensiones que reciben tasas que ni siquiera compensan la merma del poder adquisitivo causada por la inflación, hacia bancos comerciales que están golpeados y urgidos de capital debido a su propia ineptitud. A la larga, esa enorme transferencia limitará la capacidad potencial de crecimiento de las economías no solo europeas, sino también estadounidense, japonesa, y de Venezuela.

Las medidas tomadas para salir de la crisis parecen estar diseñadas para evitar hacer frente a los problemas con soluciones reales, estructurales y de fondo. Como el avestruz que entierra la cabeza para evitar ver lo que la amenaza, los políticos creen que dilemas originados por décadas de complacencia acabarán desapareciendo solos. Lo único que podemos tener claro es que a esta crisis le quedan años por delante. En el mejor de los casos, años de crecimiento inferior a lo necesario; años en los que nuestra generación irá incrementando el costo de lo que le tocará pagar a nuestros hijos y nietos por lo que nos rehusamos a pagar. Pasaremos a la historia como una de las generaciones más egoístas e irresponsables, miopes y obsesionadas por evitar a toda costa enfrentar problemas irrecusables.

¡Qué vergüenza! i uno abre el diario en estos días, pudiera parecer que la sabiduría de los mayas previó que nos acercaríamos irremediablemente a un 2012 apocalíptico. Simultáneamente, hay protestas en Inglaterra, Israel, España, Grecia y China. Los mercados financieros se desploman, se cuestiona la capacidad de pago de los países más ricos, y los líderes timoratos y las crisis en los sistemas políticos de los países industrializados invitan a la duda sobre las bondades de la democracia.

Uno puede sucumbir ante el peso de la atroz evidencia y llegar a conclusiones simplistas: es el complot mundial de las potencias de Occidente o de perversos poderes fácticos, es culpa de la migración, del surgimiento de extremistas (ya sean musulmanes, judíos, mormones, o de cualquier otro credo), o el resultado de la “nefasta” globalización que “nunca debió haber sido”.

Que se han formado poco a poco por décadas, y se han hecho gradualmente presentes ante la lenta incorporación de realidades inevitables y quizá, incluso, deseables: el envejecimiento de la población debido a una mayor esperanza de vida, resultado de mayor prosperidad y del avance de la ciencia (medicina, genética, etcétera); el creciente peso de países jóvenes y poblados –México, Brasil, Turquía, Vietnam, Irán, Indonesia– en la economía mundial; el impacto de la tecnología en la productividad, que ha llevado a la polarización del ingreso en países capaces de desarrollar propiedad intelectual; y el vertiginoso efecto de medios sociales de comunicación –Facebook, Twitter–, de medios de comunicación ideologizados (Murdoch y compañía, por ejemplo), que a su vez contribuyen a polarizar opiniones debido a que hoy la gente puede elegir qué lee y qué escucha teniendo miles de opciones al alcance de su televisor o teléfono inteligente, y de herramientas como Skype que, en un instante, han reducido distancias y creado comunidades globales con un alcance a la vez esperanzador y escalofriante.

Estoy convencido de que la humanidad enfrenta retos nuevos que vamos comprendiendo mucho más lentamente de lo que debiéramos; retos que exigen seriedad en el análisis, creatividad en las soluciones y responsabilidad en el liderazgo. Pero enfrentamos los retos del siglo XXI con sistemas políticos del siglo pasado y viviendo en sociedades en las que gobernantes, empresarios, sindicatos o ejércitos parecen más preocupados por preservar el statu quo que por mutar hacia nuevas realidades que sean a largo plazo sostenibles.

En Estados Unidos se cuestiona la legitimidad del Estado desde dos polos opuestos. La postura liberal cree que los compromisos adquiridos por el Estado en materia del programa de Medicare (servicios de salud para personas de edad avanzada), Medicaid (servicios de salud para personas sin recursos), pensiones del seguro social y pensiones para veteranos del ejército, entre otros programas, son irrenunciables y no admiten modificación alguna. Si su pago implica un mayor cobro de impuestos, simplemente habría que incrementar la carga fiscal para el 2% de la población que concentra más de 80% del ingreso.

El ala más conservadora de la sociedad cree que la carga fiscal actual es ya excesiva y que cualquier incremento simplemente se traducirá en un Estado con mayores dimensiones, más invasivo y que atente más contra los derechos de los individuos. En un esfuerzo por contener, prematuramente, el tamaño del Estado, le imponen a un gobierno capaz de financiarse a costos ínfimos una receta absurda (a partir de la lógica analfabeta del “partido del té”). Cuando los mercados no mostraban preocupación alguna por el endeudamiento estadounidense a corto plazo (necesario ante el colapso del consumo y de la inversión privada), pero sí se manifestaban deseosos de ver cómo el equipo económico articulaba medidas lógicas de largo plazo para regresar al orden fiscal, deciden dar lo opuesto: austeridad de corto plazo y confusión total sobre cómo afrontar los problemas eventuales. Como si a un enfermo de cáncer que recibe una quimioterapia se quisiera aprovecharlo para, de una vez, ponerlo a dieta. Hacerlo atentaría contra la efectividad de la terapia de emergencia.

Pero, en Venezuela, la banca nos tiene en una dieta rigurosa, en eso de darnos poco dinero para satisfacer necesidades primarias, luego de treinta y un años de servicios interrumpidos. Constituyendo en una burla, por demás excesiva, el mundo es cambiante, hoy.

 

 

 

 

Aventis

Venezuela, merma del poder adquisitivo por banca y bachaquerismo

El Banco Central Europeo ha hecho todo lo que está a su alcance para inyectar liquidez en forma sin precedente en la historia. Más de 800 bancos y entidades financieras (inclusive empresas automotrices) han recibido casi 1.8 millones de millones de euros en forma de crédito a tres años a una tasa de 1%. Conforme esos bancos simplemente tomen el crédito para comprar deuda emitida por los propios gobiernos europeos en el mercado se meterán a la bolsa el diferencial entre la tasa que pagan y la que reciben, recapitalizándose marginalmente. Difícilmente, esos recursos se volverán crédito real para actividades productivas. Pero, por ahora, los bancos europeos han recibido un poco de oxígeno. ¿Lo aprovecharán para hacer las reformas de fondo que son indispensables? Lo dudo.

En forma más que cuestionable estamos viendo una transferencia neta de recursos de ahorristas, retirados y fondos de pensiones que reciben tasas que ni siquiera compensan la merma del poder adquisitivo causada por la inflación, hacia bancos comerciales que están golpeados y urgidos de capital debido a su propia ineptitud. A la larga, esa enorme transferencia limitará la capacidad potencial de crecimiento de las economías no solo europeas, sino también estadounidense, japonesa, y de Venezuela.

Las medidas tomadas para salir de la crisis parecen estar diseñadas para evitar hacer frente a los problemas con soluciones reales, estructurales y de fondo. Como el avestruz que entierra la cabeza para evitar ver lo que la amenaza, los políticos creen que dilemas originados por décadas de complacencia acabarán desapareciendo solos. Lo único que podemos tener claro es que a esta crisis le quedan años por delante. En el mejor de los casos, años de crecimiento inferior a lo necesario; años en los que nuestra generación irá incrementando el costo de lo que le tocará pagar a nuestros hijos y nietos por lo que nos rehusamos a pagar. Pasaremos a la historia como una de las generaciones más egoístas e irresponsables, miopes y obsesionadas por evitar a toda costa enfrentar problemas irrecusables.

¡Qué vergüenza! i uno abre el diario en estos días, pudiera parecer que la sabiduría de los mayas previó que nos acercaríamos irremediablemente a un 2012 apocalíptico. Simultáneamente, hay protestas en Inglaterra, Israel, España, Grecia y China. Los mercados financieros se desploman, se cuestiona la capacidad de pago de los países más ricos, y los líderes timoratos y las crisis en los sistemas políticos de los países industrializados invitan a la duda sobre las bondades de la democracia.

Uno puede sucumbir ante el peso de la atroz evidencia y llegar a conclusiones simplistas: es el complot mundial de las potencias de Occidente o de perversos poderes fácticos, es culpa de la migración, del surgimiento de extremistas (ya sean musulmanes, judíos, mormones, o de cualquier otro credo), o el resultado de la “nefasta” globalización que “nunca debió haber sido”.

O, en forma más sensata, puede verse simplemente como la manifestación de una serie de desbalances mundiales

O, en forma más sensata, puede verse simplemente como la manifestación de una serie de desbalances mundiales que se han formado poco a poco por décadas, y se han hecho gradualmente presentes ante la lenta incorporación de realidades inevitables y quizá, incluso, deseables: el envejecimiento de la población debido a una mayor esperanza de vida, resultado de mayor prosperidad y del avance de la ciencia (medicina, genética, etcétera); el creciente peso de países jóvenes y poblados –México, Brasil, Turquía, Vietnam, Irán, Indonesia– en la economía mundial; el impacto de la tecnología en la productividad, que ha llevado a la polarización del ingreso en países capaces de desarrollar propiedad intelectual; y el vertiginoso efecto de medios sociales de comunicación –Facebook, Twitter–, de medios de comunicación ideologizados (Murdoch y compañía, por ejemplo), que a su vez contribuyen a polarizar opiniones debido a que hoy la gente puede elegir qué lee y qué escucha teniendo miles de opciones al alcance de su televisor o teléfono inteligente, y de herramientas como Skype que, en un instante, han reducido distancias y creado comunidades globales con un alcance a la vez esperanzador y escalofriante.

Estoy convencido de que la humanidad enfrenta retos nuevos que vamos comprendiendo mucho más lentamente de lo que debiéramos; retos que exigen seriedad en el análisis, creatividad en las soluciones y responsabilidad en el liderazgo. Pero enfrentamos los retos del siglo XXI con sistemas políticos del siglo pasado y viviendo en sociedades en las que gobernantes, empresarios, sindicatos o ejércitos parecen más preocupados por preservar el statu quo que por mutar hacia nuevas realidades que sean a largo plazo sostenibles.

En Estados Unidos se cuestiona la legitimidad del Estado desde dos polos opuestos. La postura liberal cree que los compromisos adquiridos por el Estado en materia del programa de Medicare (servicios de salud para personas de edad avanzada), Medicaid (servicios de salud para personas sin recursos), pensiones del seguro social y pensiones para veteranos del ejército, entre otros programas, son irrenunciables y no admiten modificación alguna. Si su pago implica un mayor cobro de impuestos, simplemente habría que incrementar la carga fiscal para el 2% de la población que concentra más de 80% del ingreso.

El ala más conservadora de la sociedad cree que la carga fiscal actual es ya excesiva y que cualquier incremento simplemente se traducirá en un Estado con mayores dimensiones, más invasivo y que atente más contra los derechos de los individuos. En un esfuerzo por contener, prematuramente, el tamaño del Estado, le imponen a un gobierno capaz de financiarse a costos ínfimos una receta absurda (a partir de la lógica analfabeta del “partido del té”). Cuando los mercados no mostraban preocupación alguna por el endeudamiento estadounidense a corto plazo (necesario ante el colapso del consumo y de la inversión privada), pero sí se manifestaban deseosos de ver cómo el equipo económico articulaba medidas lógicas de largo plazo para regresar al orden fiscal, deciden dar lo opuesto: austeridad de corto plazo y confusión total sobre cómo afrontar los problemas eventuales. Como si a un enfermo de cáncer que recibe una quimioterapia se quisiera aprovecharlo para, de una vez, ponerlo a dieta. Hacerlo atentaría contra la efectividad de la terapia de emergencia.

Pero, en Venezuela, la banca nos tiene en una dieta rigurosa, en eso de darnos poco dinero para satisfacer necesidades primarias, luego de treinta y un años de servicios interrumpidos. Constituyendo en una burla, por demás excesiva, el mundo es cambiante, hoy.

 

 

 

 

Aventis

Venezuela, merma del poder adquisitivo por banca y bachaquerismo

El Banco Central Europeo ha hecho todo lo que está a su alcance para inyectar liquidez en forma sin precedente en la historia. Más de 800 bancos y entidades financieras (inclusive empresas automotrices) han recibido casi 1.8 millones de millones de euros en forma de crédito a tres años a una tasa de 1%. Conforme esos bancos simplemente tomen el crédito para comprar deuda emitida por los propios gobiernos europeos en el mercado se meterán a la bolsa el diferencial entre la tasa que pagan y la que reciben, recapitalizándose marginalmente. Difícilmente, esos recursos se volverán crédito real para actividades productivas. Pero, por ahora, los bancos europeos han recibido un poco de oxígeno. ¿Lo aprovecharán para hacer las reformas de fondo que son indispensables? Lo dudo.

En forma más que cuestionable estamos viendo una transferencia neta de recursos de ahorristas, retirados y fondos de pensiones que reciben tasas que ni siquiera compensan la merma del poder adquisitivo causada por la inflación, hacia bancos comerciales que están golpeados y urgidos de capital debido a su propia ineptitud. A la larga, esa enorme transferencia limitará la capacidad potencial de crecimiento de las economías no solo europeas, sino también estadounidense, japonesa, y de Venezuela.

Las medidas tomadas para salir de la crisis parecen estar diseñadas para evitar hacer frente a los problemas con soluciones reales, estructurales y de fondo. Como el avestruz que entierra la cabeza para evitar ver lo que la amenaza, los políticos creen que dilemas originados por décadas de complacencia acabarán desapareciendo solos. Lo único que podemos tener claro es que a esta crisis le quedan años por delante. En el mejor de los casos, años de crecimiento inferior a lo necesario; años en los que nuestra generación irá incrementando el costo de lo que le tocará pagar a nuestros hijos y nietos por lo que nos rehusamos a pagar. Pasaremos a la historia como una de las generaciones más egoístas e irresponsables, miopes y obsesionadas por evitar a toda costa enfrentar problemas irrecusables.

¡Qué vergüenza! i uno abre el diario en estos días, pudiera parecer que la sabiduría de los mayas previó que nos acercaríamos irremediablemente a un 2012 apocalíptico. Simultáneamente, hay protestas en Inglaterra, Israel, España, Grecia y China. Los mercados financieros se desploman, se cuestiona la capacidad de pago de los países más ricos, y los líderes timoratos y las crisis en los sistemas políticos de los países industrializados invitan a la duda sobre las bondades de la democracia.

Uno puede sucumbir ante el peso de la atroz evidencia y llegar a conclusiones simplistas: es el complot mundial de las potencias de Occidente o de perversos poderes fácticos, es culpa de la migración, del surgimiento de extremistas (ya sean musulmanes, judíos, mormones, o de cualquier otro credo), o el resultado de la “nefasta” globalización que “nunca debió haber sido”.

O, en forma más sensata, puede verse simplemente como la manifestación de una serie de desbalances mundiales que se han formado poco a poco por décadas, y se han hecho gradualmente presentes ante la lenta incorporación de realidades inevitables y quizá, incluso, deseables: el envejecimiento de la población debido a una mayor esperanza de vida, resultado de mayor prosperidad y del avance de la ciencia (medicina, genética, etcétera); el creciente peso de países jóvenes y poblados –México, Brasil, Turquía, Vietnam, Irán, Indonesia– en la economía mundial; el impacto de la tecnología en la productividad, que ha llevado a la polarización del ingreso en países capaces de desarrollar propiedad intelectual; y el vertiginoso efecto de medios sociales de comunicación –Facebook, Twitter–, de medios de comunicación ideologizados (Murdoch y compañía, por ejemplo), que a su vez contribuyen a polarizar opiniones debido a que hoy la gente puede elegir qué lee y qué escucha teniendo miles de opciones al alcance de su televisor o teléfono inteligente, y de herramientas como Skype que, en un instante, han reducido distancias y creado comunidades globales con un alcance a la vez esperanzador y escalofriante.

Estoy convencido de que la humanidad enfrenta retos nuevos que vamos comprendiendo mucho más lentamente de lo que debiéramos; retos que exigen seriedad en el análisis, creatividad en las soluciones y responsabilidad en el liderazgo. Pero enfrentamos los retos del siglo XXI con sistemas políticos del siglo pasado y viviendo en sociedades en las que gobernantes, empresarios, sindicatos o ejércitos parecen más preocupados por preservar el statu quo que por mutar hacia nuevas realidades que sean a largo plazo sostenibles.

En Estados Unidos se cuestiona la legitimidad del Estado desde dos polos opuestos. La postura liberal cree que los compromisos adquiridos por el Estado en materia del programa de Medicare (servicios de salud para personas de edad avanzada), Medicaid (servicios de salud para personas sin recursos), pensiones del seguro social y pensiones para veteranos del ejército, entre otros programas, son irrenunciables y no admiten modificación alguna. Si su pago implica un mayor cobro de impuestos, simplemente habría que incrementar la carga fiscal para el 2% de la población que concentra más de 80% del ingreso.

El ala más conservadora de la sociedad cree que la carga fiscal actual es ya excesiva y que cualquier incremento simplemente se traducirá en un Estado con mayores dimensiones, más invasivo y que atente más contra los derechos de los individuos. En un esfuerzo por contener, prematuramente, el tamaño del Estado, le imponen a un gobierno capaz de financiarse a costos ínfimos una receta absurda (a partir de la lógica analfabeta del “partido del té”). Cuando los mercados no mostraban preocupación alguna por el endeudamiento estadounidense a corto plazo (necesario ante el colapso del consumo y de la inversión privada), pero sí se manifestaban deseosos de ver cómo el equipo económico articulaba medidas lógicas de largo plazo para regresar al orden fiscal, deciden dar lo opuesto: austeridad de corto plazo y confusión total sobre cómo afrontar los problemas eventuales. Como si a un enfermo de cáncer que recibe una quimioterapia se quisiera aprovecharlo para, de una vez, ponerlo a dieta. Hacerlo atentaría contra la efectividad de la terapia de emergencia.

Pero, en Venezuela, la banca nos tiene en una dieta rigurosa, en eso de darnos poco dinero para satisfacer necesidades primarias, luego de treinta y un años de servicios interrumpidos. Constituyendo en una burla, por demás excesiva, el mundo es cambiante, hoy.

Uno puede sucumbir ante el peso de la atroz evidencia y llegar a conclusiones simplistas:

 

 

 

 


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Emiro Vera Suárez (736 noticias)
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