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V de mordaza

05/11/2017 07:50 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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Remember, remember, the Fifth of November,

Gunpowder, Treason and Plot.

I see no reason why Gunpowder Treason

Should ever be forgot.

Cada 5 de noviembre, Gran Bretaña celebra la Bonfire Night, un festejo de fuegos artificiales, antorchas y piras rituales a medio camino entre la noche de San Juan y las Fallas de Valencia. En el menú no faltan desfiles de disfraces, cruces llameantes y hogueras en las que arden efigies satíricas de los personajes públicos más odiados. Siempre es buena ocasión para espantar los malos espíritus, o como en este caso, para quemarlos. La Edenbridge Bonfire Society de Kent, por ejemplo, elige cada año a una personalidad merecedora de las llamas y levanta una especie de ninot bidimensional para que presida la ceremonia de escarnio público. El año pasado, a tres días de su victoria electoral sobre Hillary Clinton, Donald Trump fue el objeto preferido de la ira pirómana. Este año le toca el turno al productor de cine Harvey Weinstein. Mientras la policía de Nueva York investiga un centenar de acusaciones de acoso sexual y al menos catorce testimonios de violación, un Weinstein semidesnudo de once metros de envergadura aguarda la sentencia del fuego con un Oscar entre las manos y una claqueta sobre los genitales.

La máscara de Guy Fawkes ha hecho fortuna en el imaginario colectivo, sobre todo en el ámbito del activismo por la cultura libre y contra el control digital que imponen los gobiernos y las grandes corporaciones

El aquelarre de la Bonfire Night cumple ya más de cuatro siglos y en su origen conmemora el fracaso del complot de la pólvora, una conspiración católica que planeaba volar el Parlamento británico y fulminar al rey Jacobo I de Inglaterra y que terminó con sus autores despedazados en una concurrida ejecución pública que se prolongó durante dos días. Era 5 de noviembre de 1605 cuando las fuerzas protestantes descubrieron bajo la Cámara de los Lores el pastel de dos toneladas y media de pólvora repartidas en treinta y seis barriles dispuestos al magnicidio. Allí estaba Guy Fawkes, un alférez curtido en los Tercios españoles de Flandes que terminaría por convertirse en el estandarte maligno de aquella rebelión fracasada. La Bonfire Night celebra, por tanto, el triunfo protestante contra los conspiradores y Guy Fawkes es, en su origen, la encarnación de un supervillano sentenciado al tormento.

Pero los símbolos son maleables y admiten nuevas interpretaciones, a menudo confusas o contradictorias. Ahí tenemos a V de Vendetta. Entre 1982 y 1988, Alan Moore y David Lloyd publicaron por entregas una novela gráfica en la que un héroe enmascarado llamado V, invocando una suerte de anarquismo insurreccionalista, recuperaba el espíritu díscolo de Guy Fawkes y se enfrentaba al gobierno fascista de un Reino Unido distópico. La crítica se inscribe en el apogeo del thatcherismo y en la instauración de aquel liberalismo atroz de los ochenta que bebía de Milton Friedman, del terror pinochetista y del anticomunismo de Ronald Reagan. Era la Thatcher de la Guerra de las Malvinas, las restricciones migratorias, las privatizaciones, la cacería contra los sindicatos y el desmantelamiento de la minería. V de Vendetta terminó en el cine en 2006 de la mano del director australiano James McTeigue y alcanzó una celebridad inusitada que aún perdura como emblema contestatario de la cultura pop.

En V de Vendetta se conjuga la magia mítica del libertador solitario con la unanimidad revolucionaria y anónima de todo un pueblo alzado en rebeldía. Tal vez por eso, la máscara de Guy Fawkes ha hecho fortuna en el imaginario colectivo, sobre todo en el ámbito del activismo por la cultura libre y contra el control digital que imponen los gobiernos y las grandes corporaciones. Tras la crisis económica de 2008, se ha multiplicado en manifestaciones y protestas la sonrisa socarrona de Guy Fawkes, con sus bigotes arqueados y su perilla vertical. La careta blanca de V es el rostro de Anonymous, esa legión de hackers justicieros que ha declarado la guerra informática a los abusos de poder y a las restricciones informativas en la era de Internet. Por estos lares, la última batalla de Anonymous se llama #OpCatalunya y ha herido las páginas web de un buen número de instituciones oficiales, entre ellas, la Casa Real, el CNI, el Tribunal Constitucional, el BOE y varios ministerios, además del Partido Popular, el Sindicato Unificado de Policía, la CNMV y la Fundación Nacional Francisco Franco.

Recuerda que nos encantan los exorcismos y las ceremonias y el fuego. Que este año arderá Weinstein igual que el año pasado ardió Trump, y que alguien espera ya, sin saberlo, a ser abrasado en esa misma hoguera

V de Vendetta continúa la tradición de otras ficciones distópicas clásicas como 1984, de George Orwell o Un mundo feliz, de Aldous Huxely, pero se desmarca del pesimismo habitual del género y aporta un entusiasmo triunfal de unidad popular contra la tiranía. Que ya está bien de tanta derrota. Para derrotismo distópico tenemos de sobra con los relatos implacables de Black Mirror, la serie de Charlie Brooker que pone frente al espejo de la pantalla lo peor de una sociedad gobernada por el narcisismo, el espectáculo y la aceptación gregaria de la dictadura digital.

El fervor revolucionario de V de Vendetta se acoge a otra genealogía de la ficción, la de la voladura de los símbolos del poder a modo de exorcismo político. La furia de V, entre la venganza personal y la liberación nacional, emula la vieja conspiración de Guy Fawkes y proyecta la explosión del Palacio de Westminster y el derribo de la dictadura de Adam Sutler. El mecanismo se repite con sus variantes en El club de la lucha, la novela de Chuck Palahniuk que David Fincher adaptó al celuloide. En esta fábula anarcoprimitivista, el Proyecto Caos comandado por Tyler Durden apunta contra los símbolos de la sociedad de consumo y diseña a modo de obra maestra la detonación de todas las oficinas bancarias que custodian los datos de deuda de la población. En Leviatán, novela de Paul Auster, la subversión se desarrolla en 1990 y señala al presidente George H. W. Bush. El objetivo son las réplicas de la estatua de la libertad diseminadas por toda la geografía estadounidense. Pero hay un personaje real que se alimenta de la genealogía del anarquismo insurreccionalista en la ficción y a la vez la inspira: Theodore Kaczynski, doctor en matemáticas de Chicago, mantuvo en jaque al FBI durante diecisiete años mientras remitía cartas bomba a distintas entidades y escribía manifiestos neoluditas contra la sociedad industrial bajo la firma de El club de la libertad. Le fascinaba El agente secreto, la novela de Joseph Conrad sobre el activismo anarquista en el Londres decimonónico, y vivía en una cabaña salvaje en Montana al estilo de Walden, la célebre experiencia ermitaña narrada por Henry David Thoreau. A Kaczynski lo capturó el FBI en 1995. Todo el mundo lo conocía como Unabomber.

Remember, remember, the Fifth of November. Recuerda el 5 de noviembre, la traición de la pólvora de Guy Fawkes, como dicen los versos populares. Recuerda que nos encantan los exorcismos y las ceremonias y el fuego. Que este año arderá Weinstein igual que el año pasado ardió Trump, y que alguien espera ya, sin saberlo, a ser abrasado en esa misma hoguera. Recuerda que siempre habrá tiranos que derribar. Que siempre habrá ficciones conspirativas que fantaseen con derribarlos. Y recuerda que si los tiranos se resisten al fuego, al menos nos queda el derecho legítimo al escarnio. Recuerda también a las personas juzgadas y condenadas por ejercer ese derecho, no en la Gran Bretaña distópica de V de Vendetta ni en el 1984 de Orwell ni en el mundo poco feliz de Aldous Huxley, sino aquí y ahora, en la España de las mordazas, las operaciones araña y los tribunales de excepción. Recuerda al director de El Jueves, al tuitero Alfredo Remírez, a los doce raperos de La Insurgencia. No es necesario que compartas sus ideas ni sus métodos. Solamente recuérdalos para que en la próxima ocasión no tengamos que recordarte.


Sobre esta noticia

Autor:
Criticic (2156 noticias)
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ctxt.es
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Reportaje
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