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Teletransportación, la única salida del planeta bañado en sangre

11/04/2018 11:52 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

He venido escribiendo desde los diez años y, algunas veces procuro no estar en una situación límite

Fuente Literaria/ Relatos de Ciencia Ficción/ 2.49

 

La monja no habló de su plan conmigo. Estaba un poco inanimada ya que su familia le desconocía y jamás daba una explicación sobre su realidad, la encontré por primera vez en el Instituto Tamare de Cabimas y luego en un seminario de Mérida. Al tiempo, me convertí en su amigo inseparable, donde muchas veces dejé de escribir poesías y cuentos cortos para acompañarle al mercado de Verduras.

Reactivar el corazón, algunas veces es en vano, quizás lleguemos tarde y tengamos obsesión por algo, pero, la idea es mantenernos vivos y lúcidos para tener una fijación en el oscuro proceso vital que nunca podremos comprender del todo, que es el amar.

He venido escribiendo desde los diez años y, algunas veces procuro no estar en una situación límite.

El mal que corroe con ánimo destructivo acecha en las sombras de toda existencia más allá de sus experiencias puntuales. El monstruo interior que no cede nunca en su capacidad de humillar se encarniza si su víctima es una persona especialmente sensible al sufrimiento.

Me prostituí en el evangelio de Jesús y aproveche los encantos espirituales para teñir mis autobiografías de un sentimiento de esperanza, estoy teñido por la literatura y palabra. Siempre, procuro mantenerme con vida, lúcido y libre, procuro que mi pluma sea un verdadero ataque al exceso de consumo, procurar hacernos una cirugía estética para entender la familia contemporánea, que, ahora se la ha dado por viajar. Estamos en decadencia social.

Estoy inmerso en un collage de textos literarios con algunos desgarramientos interiores, donde la vocación por la critica social exalta mis escenas geopolíticas.

Vengo de un país de psicópatas, gente que desea ver su pasado, presente, pero jamás limpian sus pecados y los mochuelos arropan sus cuerpos como muertos vivientes. Hay que romper con la vida rutinaria para sobrevivir y estar enamorado de un mundo lleno de fantasmas, residentes de una sociedad que ya murió.

Pero, invariablemente, todo vuelve y sigo enamorado de ti y, debo cuidar de ese cariño que me diste de una manera peculiar.

En la guerra que se va a desatar en mi país por el hambre y la desidia del carnicero, no habrá ni vencedores ni vencidos. Todos se arrodillan ante su falsa imagen, desde el amigo de siempre, hasta el pastor que se alimenta, expoliando las ovejas con un verdugo o correa de ganado.

Desde hace algún tiempo, le pedí a mis superiores ser transferido juntos a otro planeta, donde existiese mayor espiritualidad y tuviese la oportunidad de regresar al Castillo del Cerro Azul con mayor continuidad. Necesitaba teletransportarme y de hecho, los anillos que siempre los tenia en el bolsillo permitieron que viviésemos juntos un tiempo en la zona fría y, siempre desayunamos pastelitos en un lugar cercano a nuestra residencia temporal y en las noches, el sueño nos abordaba muy temprano.

Llevábamos mucho tiempo saliendo juntos: un par de años. En nuestra primera cita habíamos quedado para almorzar, justo en este mismo restaurante, y desde entonces habíamos comido aquí una vez por semana. Vivíamos a pocas manzanas el uno del otro, y rara era la noche que no pasábamos juntos. Los dos habíamos empezado a hacer gestos que apuntaban a que estábamos dispuestos a irnos a vivir juntos a no mucho tardar, o incluso a algo más. Así que había decidido pedirle que se casara conmigo. Estaba convencido de que diría que sí. De hecho, tenía una sorpresa especial para ella. No era un anillo lo que tenía en el bolsillo. Había solicitado ser transferidos juntos.

Sabía que ella había estado ahorrando para ser transferida. Yo también —en realidad, yo ya había pagado la mayor parte de mi cuota y había sido transferido parcialmente—. Estaba casi seguro de que, si hacíamos fondo común, el dinero nos alcanzaría para la oferta para parejas, y podríamos acabar juntos. Si aceptaba casarse conmigo hoy, cogería el teléfono, escanearía mi retina y la de ella y validaría la solicitud. Llevaría a Vera de luna de miel a Xirus, y el momento álgido del viaje sería una escapada a las afueras de la ciudad para que fuese transferida. Así, cuando llegara la invasión, si ambos moríamos, tal como se esperaba que le sucediera a casi todo el mundo, podríamos estar juntos, aunque fuera digitalmente. Incluso tal vez llegase a ser posible que en algún momento de un futuro lejano pudiéramos ser descargados a cuerpos nuevos. La Compañía lo insinuaba, aunque no prometía nada. Pero yo tenía fe tanto en la Compañía como en el amor de Vera.

Alargué la mano y tomé la suya. —Bueno, sí, claro

Llevábamos, el mismo apellido.

Nos sentamos y nos miramos a los ojos. Vera era una mujer preciosa: cutis radiante, cabello sedoso y una sonrisa amable y cálida. No necesitábamos hablar, este era nuestro rito semanal. Simplemente disfrutábamos en compañía del otro.

Yo ya sabía qué iba a pedir, cómo no —los dos comíamos siempre lo mismo—, pero a pesar de ello eché una ojeada al menú, por guardar las formas. O a lo mejor podíamos tomar algún entrante, por cambiar. Sin embargo, el menú no estaba bien. En la cartulina con manchas y salpicaduras de salsa no aparecía la carta del almuerzo, que habían sido remplazada por dos únicas palabras dispuestas en ángulo oblicuo, escritas con caracteres grises y repetidas por toda la página: “fichero dañado”.

Se que me vigilaban, encontraba en mi celular una imagen de un hombre trajeado con una especie de garra prensil que brotaba de su espalda. La garra sujetaba un brillante cilindro metálico, que el redactor había rodeado con un círculo rojo, como para llamar la atención sobre él. El cilindro estaba tocando a otra persona, un transeúnte cualquiera que pasaba por ahí, y podía interpretarse que se trataba de un arma.

Vera estaba hablando, así que solo pude echar un rápido vistazo al texto del artículo; distinguí las palabras «invasión ya ha comenzado» y «adoptando forma humana» antes de volver a prestar atención a lo que ella estaba diciendo.

—… cómo me alegro de verte —me aseguró.

—¿Qué decías, amor?

—Que cómo alegro de verte —repitió, y sonrió apaciblemente.

Vera tenía unas manos preciosas, fuertes, aunque de huesos finos. Sin embargo, el tacto de esa mano era frío.

—¿Te encuentras bien, Vera?

—¡Sí! —exclamó parpadeando muy deprisa.

Durante un instante sentí como si su mano se contrajera dentro de la mía, cerrándose para formar un puño y endureciéndose; retiré la mano.

Al otro lado de la ventana, algo captó mi atención: una furgoneta blanca que pasaba, sin ventanas traseras. Pero no se trataba de una furgoneta. Solo era un bloque totalmente blanco con las palabras, «SUSTITUCION EN CURSO DE ELEMENTO AUSENTE» desplazándose por su superficie; y de pronto se convirtió en un elefante, un elefante viejo y cansino, que yo recordaba haber visto de niño en un zoo. El animal dobló la esquina pesadamente, al parecer inadvertido de lo anómalo de su presencia en las calles de la ciudad, y sin que tampoco los transeúntes aparentasen reparar en ello.

Entonces es cuando noté la mano de Vera en la mía, y sin necesidad de mirar supe que no era en absoluto una mano, sino una garra. Cuando me volví hacia ella, sus ojos eran discos blancos, en cada uno el familiar símbolo de imagen no encontrada, las tres figuras pixeladas, y detrás de ella mi madre subida a una mesa vacía con el cuchillo de carnicero, cortando para bajar a mi hermano que se había ahorcado del ventilador del techo. «No quiero estar aquí para la invasión», decía su nota. Mi madre se giró hacia mí, sobrecogida, con la mirada rebosante de la angustia y los remordimientos que la llevarían a hacer lo mismo algunas semanas más tarde. Los echo de menos, a ambos.

Todos, se han escapado de mi planeta.

 De pronto me acordé, justo cuando Vera sacó la otra garra que esgrimía un reluciente cilindro, de adónde íbamos en aquella excursión en la que me senté junto a Freddy Sánchez en el autobús. A la playa, era una salida a la playa, en primavera, malograda por la muerte en masa de una determinada variedad de cangrejos —cangrejos herradura, creo—. La arena estaba sembrada de caparazones quitinosos que apestaban bajo el sol, y yo nunca había olvidado el tacto en mis dedos de los caparazones, de los exoesqueletos, pero me consoló saber que la invasión ya se había producido, que se habían apoderado de Vera primero, y que al final la Compañía sí que había cumplido. Que, en cierto modo, yo todavía vivía.

Alargué la mano y tomé la suya

Los carnets me habían salvado.

 

 


Sobre esta noticia

Autor:
Emiro Vera Suárez (790 noticias)
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Tipo:
Opinión
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