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Mi "selfie" con Camilo Cruz

21/02/2017 01:40 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Cuando decidí escribir estas líneas, me sentía como un soñador que sueña ser soñado, cual obra de Esher, repitiendo mentalmente cada palabra que me llevaría a dejar huella de un tiempo que sólo es presente a través de estas líneas. Recordé tantas anécdotas que vivo cada vez que inicio una travesía y cuanto me sirven para reconocer que la vida es un instante por el cual hay que darlo todo. Así que te cuento esta moraleja de mi selfie con Camilo Cruz, que abrió el portal hacia donde hace rato miraba desde la luz tenue del atardecer merideño, entre los ruidos del tránsito y las calles pobladas de caminantes.

Hace poco, fui invitada a un evento, donde conocería dos grandes de la comunicación y la oratoria, la televisión, publicidad y mercadeo. Me prometí asistir pues no todos los días nos honran con invitaciones tan especiales. Sin embargo, en el marco de esos mensajes autosaboteadores personales, Camilo los llama Vacas, ocurrió que viajé a la capital bajo la promesa del amor que me llevaría hasta la gran Cumbre del Éxito  en Valencia. Una vez allá, disfrutaría de una semana de descanso entre amigos hasta el preciado día de fin de semana. Lo cierto es que al día siguiente de mi llegada, apareció la noticia del "no puedo llevarte", y como avalancha llegaron los distractores, esos que aparecen sin ser intencionados, simplemente están ahí: invitaciones, cuentos de camino, salidas imprevistas, un quédate aquí, otro quédate por allá y otro total no pierdes nada más allá ¡Vaya que me encantaban las invitaciones! pero mi cerebro tenía una orden, Yo iría a mi Cumbre...

Cuando el primero de los grandes, se presenta en el escenario para decir el éxito es la realización progresiva de tus sueños, ahí estaba yo, despeinada, con perfume de autobús y el rostro desaliñado, pensando en mis doloridos pies por tanto caminar errante entre las esquinas, tomando carrito para llegar, pero con la sonrisa más grande que en años habían pronunciado mis labios.

El vaivén de Camilo me distraía ante la euforia del público, mientras mis pies cansados me hacían pensar: ¿Qué me trajo aquí? Luego de viajar 14 horas hasta la capital, en medio de una agradable tertulia con mi amigo Pedro Dosantos, y retornar, por tres horas en autobús hasta ese lujoso hotel en la ciudad industrial de Venezuela, era razonable mi pregunta.

Recordé la experiencia de llegar al terminal de La Bandera y recibir la indicación: ¿ves esa rampa? Pues subes y subes y subes hasta el final y ahí están los autobuses. Yo escuchaba y mis ojos observaban una multitud subiendo la rampa como cuando observas un camino de hormigas desde lejos, que sólo puedes ver los puntitos negros que van y vienen, a veces se topan y no notas si alguna de ellas levanta su cara para mirar al frente, pero todas saben a dónde van. Y pensé: soy una hormiga más. Ni decirle que me acompañe, no lo hará. Él es de la capital, mucho pedir, meditaba yo siguiendo sus indicaciones pragmáticas: si no quieres subir la rampa, ahí hay carritos, toma uno.

El pragmatismo capitalino aún no era hábito para mi, y las explicaciones, las palabras de cariño y comprensión no llegaban. Mis oídos buscaban en el eco de la multitud una voz que dijera ¿conoces el terminal? ¿has viajado alguna vez a Valencia en transporte? ¿sabes cómo hacer? pero lo único que retumbaba era una combinación de nombres de estados con diversas tonalidades masculinas a lo largo de la cuadra: Barquisimeto, Valencia, Maracay y paremos de contar. Lo cierto es que subí la rampa, caminé y caminé hasta encontrar de nuevo la fila de las hormigas, esta vez de cerca, sus rostros compungidos, sus miradas extraviadas, sus maletas arrugadas y una gruesa voz cerca de mi oreja: Valencia, Valencia sin hacer cola, Valenciaaaaa.

Me dije, ese es mi bus. Jamás imaginé que debía caminar más de tres cuadras para tomarlo ¡Ya va!, ni pienses que no pensé en eso que estás pensando. Sí, yo estaba arriesgadísima en una ciudad cuyo ritmo adolece de la tranquilidad andina. Ahora tengo conciencia de que tanta tranquilidad en Los Andes nos hace lentos. Hice un paneo de los rostros que caminarían conmigo y me metí entre esa multitud de familias, cansadas de hacer cola, que viajaban por el día de mamá. Apoye con las bolsas, tome niños de la mano y al subir al autobús comencé a entregar el recado a cada persona que me miraba con rostro de desconfianza. Era notorio que yo era una extraña. De nuevo mi pensamiento admitía el agradecimiento como un acto mío, estaba tan agradecida de haber cargado esas bolsas y llevado esos niños, porque sin saberlo me protegieron en la inhóspita capital

En efecto llegué a Valencia para ver a mis amigos de "La comunicación", su nuevo libro. Luego de unas horas en el Lobby de aquel monumento de la hospitalidad, mi pregunta seguía vigente: ¿qué hago aquí?, pero mi Elda siempre emprendedora me decía: "no hay segunda oportunidad para esto, estás aquí por esa razón". Entonces mi otra Elda, más aguda, me señalaba: la foto, la fotooo. Cuando el anuncio se dio, y Camilo aparece corriendo de un lado para otro, saludando la gente, moviéndose para activar nuestros cerebros y un destello de luces y un fondo musical activador de emociones que decía ¡ayyyyy que bonita es esta vidaaaa!, wow, pensé ¿con que eso es lo que hace? Hmmmm, ¿y tienes algo más?

Así comenzó el día en que se develó ante mis ojos la experiencia misma de que estoy haciendo lo que mi mano me indica y utilicé la expresión de un personaje famoso de telenovela venezolana: "mimisma, ese escenario será suyo junto a él, muy pronto". La prueba comienza hoy, le robaré una foto. Así que escuche cada palabra que dijo, las cuales conozco muy bien, pues las utilizo a diario para definir mi éxito. Y con su voz entendí que es nuestro modo de vida lo que nos hace exitosos, que el éxito es actitud. Pensé que cada minuto cuenta, y si no estamos preparados, dejamos pasar uno tras otro pensando en cómo aprovechar el tiempo para hacer lo que no hacemos.

He leído a Camilo Cruz muchas veces, y hasta dije, no me dice nada nuevo. Sin embargo, la melodía de su voz y la energía con que programa el éxito, definitivamente atrapa, y de no pararle en el pasado, me encanta ese hombre. Al salir al nada fácil refrigerio, en la multitud, pensé: firmará libros y no compré el combo de 90 mil, así que no tendré oportunidad de foto. Las fotos sólo eran para quien comprara los libros.

¿Y por qué no compré libros? Pues soy lectora compulsiva, así que cuando vi la oferta ya me los había devorado en su mayoría, y me interesaba, el de "La comunicación", pero lo darían como premio al comprar los otros siete. ¡Ah! junto uno adicional de Miguel Angel Cornejo. Así que salvar mis 90 mil, resultaba más atractivo. Bueno, algo haré pensé, primero voy a comer. Una mente bien alimentada piensa mejor.

Regresé y me dejé arrastrar por la multitud, sabes cómo subir al metro de Caracas en hora pico. Mis amigos, Oswaldo y Lisette, quienes me honraron con la invitación a ese evento, sabían de antemano que yo no volvería a Mérida sin una foto y, aunque dije que sería con Cala, debo excusarme con Ismael porque fue Camilo fue quien activó mi borrachera de neurotransmisores del éxito. Ya estaré con Ismael y haremos tantas fotos como conversaremos, porque nos gusta selfear, ya en CNN es más relajado el asunto.

Estaba entonces, frente a ese hombre que no se queda quieto y pensé: es como yo, ¡hombre quédate quieto para hacerte una foto! Recordé que a veces me dicen lo difícil hacerme fotos en las presentaciones, pero mejoran ahora, desde que aprendo el don parco del Dr. Miguel Sira para sus exposiciones. ¿Quién es Miguel Sira? Es un hombre encantador, médico sexólogo con larga trayectoria en el mundo de las relaciones de pareja y su tan conocido club de solterosdoctorsira. Para mi, es un ángel que el Creador me envió y somos un equipo genial.

Volviendo al escenario, recuerdo que Luwdig Johnson sí me vio hablando sola, porque levantó su mano y posó para una movida foto, entre empujones y tropezones. Entonces de pronto, el tan deseado por mis ojos, Camilo Cruz, se levanta, se quita su saco, sacude su camisa, me mira y ¡zas! se mueve hacia un extremo de la cuadrada mesa que hacía barrera entre él y lo que mi cerebro buscaba.

Pienso que mi movimiento intermitente, tratando de tener la mejor toma, lo conectó, ya saben la estrategia: movimiento, ¿Cómo llegue hasta el extremo donde estaba? No tengo idea, ¿Cómo me dejaron pasar sus guardias? tampoco tengo idea, creo que en ese momento todo quedó congelado, como esa estrategia del doctor de los XMen, porque pude llegar con tal facilidad que mi objetivo me miró, me abrazó y se hizo un "selfie" conmigo sin pagar los 90 mil. ¡Wow!

Sé que hice mejor lo que no sé, y tengo un "selfie" con Camilo Cruz

Después de aquel evento tomé conciencia de que todo lo que hice estaba en mi mano, una dirección, unos aliados, cómo lo hago y sobre todo me topé con mi Don. Sí, así es, estaba calculado mi plan aunque sin conocerlo, estaba guiado y cada paso que daba era asegurado con cada dedo de mi mano. En nuestras manos se encierra nuestro cerebro, nuestro plan de vida y nuestros secretos. Cada dedo de la mano significa una acción que progresivamente va encauzando las ideas hacia pensamientos firmes de que hacemos lo mejor que sabemos, aquello que no sabemos hacer. Les voy a contar dedo por dedo, como saber si tu mano, esa que estas mirando, te muestra tu mundo, tu ser persona, tu vida y tu éxito.


Sobre esta noticia

Autor:
Elda Mora (15 noticias)
Fuente:
eldamora.com.ve
Visitas:
98
Tipo:
Reportaje
Licencia:
Distribución gratuita
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