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El reto de administrar la abundancia

13/02/2018 20:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

JOS? MOISÉS MARTÍN CARRETERO. ECONOMISTA

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Un fantasma recorre el mundo: el fantasma de la abundancia. Nunca, en la historia de la humanidad, se alcanzaron tan altos estándares de bienestar global. Nunca hubo tantos ricos y nunca estos fueron tan ricos como ahora. La crisis financiera internacional, que tan duramente golpeó al planeta hace ahora una década, apenas se recuerda entre los optimistas de la prosperidad sin límites prometida por la cuarta revolución industrial y el resto de avances tecnológicos de la era digital. Nunca el nivel de pobreza mundial ?medida, eso sí, por la línea de pobreza internacional? se situó en niveles más bajos. El mundo, medido en cifras globales, está mejor que nunca.

Si esto es así, y así nos lo muestran las estadísticas globales, ¿por qué tenemos la percepción de que las próximas generaciones vivirán peor que las anteriores? Según el economista Branko Milanovic, el gran progreso de la economía global de los últimos años ha favorecido a todo el mundo menos a las grandes clases medias y trabajadoras de occidente, colectivo que ha sido el que menos provecho ha obtenido de las ganancias de la economía global.

¿Qué retos tiene por delante una economía cuya maldición no es la escasez, sino la abundancia? En un mundo en el que la producción ha dejado de ser un problema, es más, en el que se ha convertido en la amenaza ambiental, el reto fundamental se centra en cómo distribuimos los beneficios de esta prosperidad. Y ahí es donde la nueva economía es incapaz de ofrecer las respuestas que necesitamos: ni la proliferación de startups, ni la innovación permanente, ni las nuevas oportunidades surgidas a través de la revolución digital contienen los elementos necesarios para ofrecer una distribución equitativa del crecimiento económico. Según el último informe de Oxfam, el crecimiento económico poscrisis está primando los beneficios empresariales en detrimento de los salarios, que están estancados desde hace años. La desigualdad entre los países puede estar reduciéndose, pero dentro de cada uno de ellos no ha dejado de crecer, hasta tal punto que la concentración de riqueza en manos de unos pocos amenaza el desempeño económico mundial.

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Los economistas han trabajado mucho sobre los factores por los que se está incrementando la desigualdad, llegando a la conclusión de que el progreso tecnológico, que tantos beneficios ha traído a nuestros estándares de vida, es al mismo tiempo el principal factor de generación de desigualdades, ampliando la brecha entre aquellos que, por formación y capacidades, tienen la opción de aprovecharse de las nuevas tecnologías y aquellos que no tienen las capacidades personales ni profesionales para aprovechar la ola de cambio tecnológico. Sin embargo, atribuir al progreso tecnológico el incremento de la desigualdad no debe llevarnos al fatalismo o la parálisis: no es la primera vez que la sociedad se enfrenta al reto de administrar un alto potencial de prosperidad. Los avances sociales logrados a lo largo del siglo xx descansan sobre el incremento de la productividad y la organización social pactada entre sindicatos y empresarios. El reparto justo del crecimiento económico ha sido la base del pacto social de la pos guerra mundial. Este pacto se está erosionando y no hemos encontrado la manera de solucionar sus grietas.

¿Debemos resignarnos a vivir en una sociedad peor en un océano de prosperidad inusitada? ¿Debemos aceptar que la enorme riqueza generada por el progreso tecnológico se concentre en unas pocas manos mientras toda una generación se pregunta si podrá alcanzar los estándares de vida de sus padres? La respuesta que deberíamos anticipar es: no. Pero proclamar nuestra vocación de administrar la prosperidad tiene que venir acompañado de un compromiso con una nueva manera de organizarnos, un nuevo marco político e institucional. Las viejas recetas ya no sirven, y no tenemos muy claras las nuevas. Está en nuestras manos encontrarlas. No nos resignemos.


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