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Teresa Da Cunha LopesMiembro desde: 11/12/11

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04/04/2018

Un país, una nación, NO es una sociedad anónima y, por ende, los costos sociales de administraciones que ven el diseño de las políticas públicas como un ejercicio puramente “empresarial” son terribles y desgarradores

Mucho Ruido y pocas nueces *

Por Teresa Da Cunha Lopes

“Empieza a desmoronarse el consenso de que ser amable con los ricos

y cruel con los pobres es la clave del crecimiento económico”,

Paul Krugman

Un país, una nación, NO es una sociedad anónima y, por ende, los costos sociales de administraciones que ven el diseño de las políticas públicas como un ejercicio puramente “empresarial” son terribles y desgarradores.

Sin embargo, en el campo discursivo y en el diseño de políticas públicas, sólo tenemos dos tendencias duras que contaminan todo el discurso político: el miedo a los salarios y la obsesión por la inflación. La cohesión social, la calidad de vida, el ejercicio de los DESC, el acceso a la(s) cultura(s), el empoderamiento de la diversidad(es) hacen parte del área innombrable de los temas tabú en la narrativa política. Silencio sobre los temas cruciales que resulta en una parálisis política. Pero, ensordecedor ruido sobre videos de “niñas bien”, fake news sobre miedos bursátiles, rumores, chismes y complots.

Además, esta parálisis, pasa por la autocensura en los temas fundamentales y sobre la inacción política, la falta de participación en la construcción de movimientos incluyentes, alternativos e innovadores frente a la plutocracia que nos rodea. Esta parálisis pasa por una ausencia de reales alternativas a una moral de campanario y a un anti-intelectualismo rampante que, tal como una neblina gris, recubre todo el espacio público.

Es bien verdad que tenemos un electorado mal informado y medios de comunicación que contribuyen a la desinformación. Y eso no debería pasar, pero es lo que estamos viviendo. Tampoco podemos hablar de políticos “bien informados”. Desde la ignorancia supina de los artículos fundamentales de la Constitución al desconocimiento total de las leyes básicas de la economía (no hablemos siquiera de geopolítica), pasando por la desconexión con la realidad, el panorama es aterrador. Como dicen en la calle, “la cabalgada va flaca”.Maniquíes a prueba de elecciones.

En el 2014 escribí, en una columna de opinión intitulada “¿Ricos o pobres?:” En la era del “Big Data”, en que con un “click” de ratón tenemos acceso a millones de megabytes de información, existe un silencio ensordecedor sobre cuestiones fundamentales. Una de esas cuestiones que nunca se aborda es la manera como las mafias postmodernas -alianzas monstruosas entre crimen organizado, iniciativa privada y élites políticas- acaparan los recursos, tejen una telaraña de corrupción y se emparentan en “dinastías” locales que, de bautizo en bautizo, de boda en boda, de presea en presea, rehacen en nuestro territorio, en nuestro estado, un remake diario del “Padrino”

Del 2014 a la fecha no he observado nada que contradiga la actualidad de esta observación.

Hay demasiados mexicanos ricos —y, en particular, miembros de nuestra élite política— que parecen no tener ni idea de cómo vive la otra mitad. La desigualdad es un lastre, pero, a la clase política esto la tiene sin cuidado. Infelizmente, vivimos en un mundillo que “venera” la riqueza por encima del trabajo.

Los desempleados, los jornaleros agrícolas, los que tienen precariedad laboral son millones. Son los grandes “olvidados” de las campañas electorales. No contratan “grupos de presión”, no tienen representación en el CEN de los organismos partidarios. No hacen grandes contribuciones a las campañas electorales. Ni están sindicalizados.

Algunas referencias ocas y vacías en discursos desgarrados, trufados de clichés, es todo lo que reciben en la era de los egos políticos y de la inmoralidad de los negocios públicos.

Es absurdo y cruel.

Hay toda una capa de la población del país (más del 50%) que no se puede permitir planificar para su jubilación. Es un problema grave. Pero, ninguno de los candidatos habla de ello.

Las mujeres, que constituyen un 50% del electorado, viven en ambientes tóxicos de violencia de género y de inequidad salarial. Pero, las coaliciones que nos “vendieron” como necesarias y pragmáticas para conquistar el voto y hacer el “cambio”, lo único que han (re)introducido es la primavera de la misoginia.

Otros hablan de “grandes reformas” y de los logros “económicos” de las mismas, pero estos han sido reducidas a una versión moderna de la fábula de Esopo, “el parto de los montes”.

La única “política” del estado que se ha mantenido sin inflexiones, a lo largo de los últimos períodos, es el ” sadomonetarismo”, o sea, tal como lo explicaba hace años Krugman, la creencia de la clase política en el poder, de que “infligir dolor es algo bueno en sí mismo”. Sólo así se explica la perversa lógica por detrás de los recortes a campos como la educación, la salud, el miedo a subir el salario mínimo, el ataque frontal a las jubilaciones, la retención de salarios de profesores y de funcionarios durante meses, la disminución de becas, etc, etc…

Y, cuando descubren que sus “políticas” económicas nos llevaron a desastres pasados y pronostican “miserias” futuras se quedan mudos, o tremendamente cortos, a la hora de proponer alternativas. En la mayor parte de los casos ni siquiera tienen las herramientas teóricas ni la experiencia práctica en sectores productivos para poder “pensar” soluciones.

De hecho, decir disparates parece ser un requisito indispensable para entrar en una lista definitiva de candidatos(as).

La historia reciente dice que los candidatos no van a cambiar de rumbo, sin presión desde las bases, desde el ciudadano, desde el elector. No lo han hecho en los últimos ejercicios electorales, nunca lo hacen si no sienten la presión. Se limitarán a buscar distracciones mayores porque ninguno de ellos (dejado solo) está dispuesto a replantearse las doctrinas que los llevaron a hacer predicciones económicas erróneas, tomar opciones políticas nítidamente contrarias a los intereses de los votantes y, mucho menos abandonar las prácticas corruptas de arreglos oscuros, intimidación y violencia electoral.

Es tiempo que el “electorado empiece a espabilar”. Tiene tres meses para ejercer presión. Sólo así, candidatos y futuros electos dejarán de ser “amables con los ricos y crueles con los pobres” y, el elector podrá final comer algunas nueces .

Nota

*El título de esta columna de opinión, se inspira en una frase de Shakespeare, “Much Ado About Nothing”

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