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24/11/2017

Este artículo podría formar parte de mi sección «Memoria de mi enfermera», pero esta vez como tantas no tengo que inventarme un relato que dé una idea de lo que expongo; esta vez hablaré de mis vivencias, ésas que procuro tapar con el maravilloso velo del olvido en el que prefiero recordar las cosas buenas de las personas y no las maldades que perpetraron. La violencia machista o violencia de género es siempre fruto de un machismo pertinaz. La violencia machista tiene muchas caras y muchas formas de manifestarse a la hora de maltratar a las mujeres solo por el mero hecho de ser mujeres. Una de esas manifestaciones, quizá la más ladina y venenosa por que no se ve y a veces ni se aprecia ni de identifica, es el MALTRATO PSICOLÓGICO. Yo lo conozco bien, lo conozco de primera mano porque lo viví en mi casa durante muchísimos años, durante toda mi infancia y mi adolescencia. Insultos, aplastar tus ilusiones, domesticar tu inteligencia, menosprecios, un vapuleo cotidiano a tu pensamiento que tiene por objetivo convencerte de que eres una mierda y no vales para nada, solo sirves para fregar y estar en casa y zurcir y hacer la comida y ni eso porque la comida de hoy es una mierda y no trabajas fuera de casa porque yo no quiero porque no vales para nada, porque tú haces lo que yo te digo, porque eres una mierda, porque en casa mando yo y tú no vales nada... Así hasta el infinito, un día y otro y otro... Ese hombre maltratador era el reflejo de una sociedad en la que el marido dominaba a la esposa y debía tener controlada a la mujer, a SU mujer, que debía dominarla y someterla. La sociedad no solo tapaba y consentía estas situaciones, sino que las fomentaba porque el hombre siempre ha sido considerado superior y debía llevar los pantalones en casa. Supongo que todos recordamos ese famoso anuncio de un brandi en el que la mujer era mostrada como un ser servil que debe tener contento al que llevaba la testosterona en casa. No, no quiero justificar nada por el hecho de que me tocara a mí... solo quiero que se vea la diferencia de contexto, que sucedió cuando yo era pequeña, algo que hoy es totalmente inaceptable y presumiblemente o de boquilla todos lanzan al viento esa presunta igualdad entre hombres y mujeres , digo presunta porque cuando hay que pagar sueldos ellos se llevan los más altos, ellos se llevan los mejores puestos de trabajo, ellos ocupan siempre los cargos de gestión y representación, muchos de ellos siguen creyendo que una mujer ebria es una mujer que consiente que la toquen o la fuercen, muchos de ellos siguen creyendo que las mujeres son las que deben asumir la tareas de casa, muchos de ellos siguen considerando que la mujer es un ser débil, se nos sigue inculcando el deseo de un amor romántico en el que ellos llevan la voz cantante y ellas son pasivas con el único deseo de encontrar un príncipe azul que las salve y rescate... El machismo es social, político, económico, religioso... está imbricado en todas las estructuras de la sociedad. Hemos mejorado mucho desde que yo era jovencita hasta hoy, pero va a ser muy difícil acabar con ello y llegar a una situación en la que hombres y mujeres vivamos en un plano de igualdad real y no solo teórica. Ese hombre, el de mi relato, era algo muy mío... Y cuando enfermó se le cuidó hasta su muerte. Y cuando murió... cuando murió mi casa comenzó a ser un hogar de verdad, un hogar tranquilo en el que ya no se temía el ruido de una llave en la cerradura que avisaba de que ÉL había llegado y con ÉL el miedo. Pero el daño estaba ya hecho. El espíritu dolido y roto de la mujer que le sufrió durante tantos años nunca volvió a recuperarse y le lloró y aún le llora en su ausencia ? que ella considera ? demasiado temprana. Para mí ÉL venció; lo veo en ella, en cómo le recuerda, en cómo le evoca. Aunque mi madre, la verdad, es la persona más buena del mundo y otra actitud sería inimaginable. Cómo me habría gustado que su vida fuera otra... El machismo es un veneno, es un cáncer que roe sin que nos demos cuenta, que hace crecer sus células mortales entre los tejidos sanos y que corroe, crece y se desarrolla haciéndose hueco y, en cuanto tiene ocasión, mata. Ese machismo y la violencia que genera marcó mi infancia y mi juventud, me impide mirar mis años de niña con cariño y ternura... pero no me impide luchar contra todo tipo de violencia de la que es capaz de generar. La que es más visible y, sobre todo, la que nadie ve. La que se perpetra entre las cuatro paredes de millones de hogares sin que se note, se escuche o se vea, porque no deja marcas moradas ni abre heridas en la piel. La que tiñe de tristeza y desamparo el rostro de miles... ¿millones? de mujeres en el mundo. La que rompe voluntades, apaga ilusiones, destroza esperanzas y aplasta todo lo que toca. El machismo es educacional, se educa a las personas para que sean machistas, se les inyecta a niños y niñas desde pequeños con separaciones por sexo, con juguetes y juegos, con libros y cuentos, con colores, con actitudes... Pero ¡ojo! no olvidemos que también las mujeres educan en el machismo, que hay mujeres machistas... Ah, sí, así de malvado es el machismo y la violencia que genera, ese enorme poder tiene que nos agosta la voluntad con tradiciones y costumbres an-ces-tra-les...

Hace poco leí en RRSS una frase que he buscado pero no encuentro de nuevo y no sé quien o quienes son sus autores, decía algo así: «No eduquemos a las niñas diciéndoles "no vistas de forma provocativa" o para que estén siempre a la defensiva de posibles ataques; eduquemos a los niños para que no hagan daño a nadie, en el respeto, en la igualdad» solo con educación en igualdad y en el respeto de todos y todas conseguiremos algún día que la violencia, que en sí mismo genera el machismo, sea algo anecdótico.Este es mi aporte contra la violencia de género, esa que yo prefiero llamar violencia machista porque quiero que el daño que se perpetra lleve a su autor constantemente pegado, que no se pueda desligar de él, que no le olvidemos con eufemismos dirigidos a no molestar. Yo educo a mis hijos en el respeto, en igualdad... esa es mi lucha.

Y, por ahora, nada más. Cuidaos, por favor...

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