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Jordi DíezMiembro desde: 25/01/13

Jordi Díez

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25/11/2019

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Un par de noches atrás acabé de ver la segunda temporada de El método Kominsky, una serie estadounidense protagonizada por Michael Douglas en el papel de Sandy Kominsky, un actor medio fracasado que trabaja dando clases de actuación a jóvenes con ilusiones de triunfo, y Alan Arkin que representa a Norman Newlander, el agente y amigo de Sandy. Y si bien el señor Arkin es famoso por papeles como el del abuelo underground de Little Miss Sunshine, el hijo de Kirk Douglas es, como mínimo, una leyenda.

Digo esto porque a los dos minutos de empezar a ver la serie, Michael Douglas desapareció y su lugar fue ocupado por Sandy Kominsky.

Creo que la gran mayoría estaríamos de acuerdo en que Michael Douglas es un gran actor, tanto que llega a comerse a sus propios personajes. No sé vosotros, pero a mí cada vez me cuesta más no ver a los actores en los papeles que ejecutan. Soy un freak absoluto de Star Wars, no tanto de Blade Runner y bastante más de Indiana Jones, pero en todas estas películas, además de las muchas que ha hecho en su carrera, casi siempre veo a Harrison Ford. Quizá algo menos en las primeras de Indiana, pero en el resto no veo a sus personajes, lo veo a él. Lo mismo me ocurre con Al Pacino, De Niro y el resto, por no hablar de iconos tarzanizados con sus personajes como Stallone o Schwarzenegger (ya sé que los he metido en el mismo saco de los actores). Nota: esto no aplica a Meryl Streep.

Los primeros días, cuando veía la imagen promocional de la serie con el rostro a toda página del señor Douglas, tardé en interesarme. De hecho no lo hice hasta que en el muro de FB de alguien a quien le tengo bastante respeto vi que hablaba maravillas de la serie. Yo estaba totalmente convencido de que El método Kominsky sería lo que la China o Qatar para los futbolistas, el último atraco. Y no. Nada más lejos de la realidad.

Como decía al principio del post, el personaje de Sandy Kominsky hace desaparecer a la estrella Michael Douglas hasta el punto de que una vez terminados los dieciséis episodios de veintiocho minutos que dura la serie me quedé con el mismo vacío que me produce acabar un libro y cerrar con él a sus personajes. Y ése el gran éxito del show televisivo, que el texto que lo conforma es extraordinario.

El método Kominsky huye del estereotipo del humor, del formato, incluso de las reglas que parecen aplicar para el noventa y nueve punto nueve por ciento del resto de series. Y es que El método Kominsky no es una serie, es un magnífico texto interpretado por actores muy buenos.

En estos últimos meses, quizá años me atrevería a decir y más a medida que mi capacidad de asombro disminuye con el paso de los mismos, cada vez me es más difícil acabar un libro y quedarme huérfano de sus personajes. Me pasó, hablo de memoria, con Ulises Vidal de Gamboa, el muchacho de la trilogía de Jón Kalman Stefánsson o el doctor Wilbur Larch de Príncipes de Maine, por poner tres ejemplos totalmente diferentes y que me han venido ahora a la cabeza, y esto sólo pasa cuando se cumple una regla sin importar la seriedad, la profundidad o el tema de la historia, que los personajes estén bien armados, que el autor consiga con sus palabras la visualización de sus creaciones en la mente de sus lectores, o en el caso de El método Kominsky, de sus telespectadores.

Reconozco que no soy muy fan de las series. Me cansan. Me agota la elasticidad forzada de un chicle cuando ya no da más. Seguí Juego de Tronos primero por los libros, después por la espectacularidad absoluta de la serie y al final por pura curiosidad, y la decepción (más allá de la grandiosidad de las puestas en escena) fue tremenda, en The big bang theory cada vez me costaba más ver en aquellos cuarentones a unos freaks locos por Dungeons & Dragons, The Simpsons tres cuartos de lo mismo, y así podría nombrar casi todas las series que han pasado por mis ojos desde La casa de la pradera. Ninguna, que recuerde, me había dejado huérfano como ha ocurrido con El método Kominsky.

Y eso me hace pensar de nuevo en la importancia de crear bien a los personajes, de armarlos con detalle, con cariño, con conocimiento de lo que uno va a hablar. Si vamos a crear un fontanero hemos de empaparnos (¡que bien buscado!) de plomería y de codos de cobre. Hemos de conocer el ambiente, el lugar en el que se desempeña, cómo viste, qué come un fontanero, cómo lo llaman sus amigos, de qué se le ríen, dónde falla siempre, qué supone en una familia tener a un fontanero, qué deportes les gustan a los fontaneros, dónde van de viaje, qué hacen con las piezas que les sobran, ..., y una vez toda esa información ha sido absorbida por el autor, se puede confeccionar un personaje creíble si se tiene el mínimo talento necesario. Y siempre, en mi opinión, desde los defectos, porque son las taras las que nos hacen humanos. Las incongruencias y las debilidades. El comer chocolate con las manos grasientas, el mirar porno haciendo ver que se documenta con un tutorial de YouTube, andar a doscientos con el coche cuando nadie mira, esas cosas arman el personaje y no el hecho de poseer una habilidad en el soldado de tubos de cobre sólo al alcance de un maldito genio de la plomería, por volver al pobre fontanero.

Chuck Lorre ya ha había hecho algunos acercamientos en otras comedias más televisivas, más blancas por decirlo de alguna forma, Mom, Two and a half men, la ya nombrada The big bang theory, pero nada como la pareja de Sandy Kominsky y Norman Newlander de su creación.

Tras los últimos minutos de la serie, que son magníficos, sólo me queda intentar encontrar en un próximo libro a otro personaje de la talla de Kominsky, alguien a quien seguir en la distancia, alguien que se mueva por encima de la creación de su autor pero que éste haya tenido la pericia rayana en la genialidad de habilitar un agujerito para que los vouyeur, como servidora, nos sintamos realizados antes de darnos el mayor de los disgustos al cerrar la última página de su historia.

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