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Hace 4d

Nadie podrá estar seguro de que cualquier explicación no responda al interés oculto de uno de los poderes contra los que el propio Assange se conjuró en el 2006

 

Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que Julian Assange iba a cambiar el mundo, haciéndolo más transparente, más justo y verdadero. WikiLeaks, la plataforma digital que ayudó a crear en el 2006, iba a ser el centro de una revolución internacional. Publicaría filtraciones, secretos de gobiernos, organismos internacionales y grandes corporaciones. Exponiendo la verdad, hundiría al sistema y crearía luego un orden nuevo. Este era el objetivo, la utopía de un grupo de activistas con una sobrada inteligencia y maestría tecnológica, y durante un tiempo lo consiguieron. Fueron más poderosos que muchos gobiernos y cambiaron la percepción que tenemos de la guerra y la paz, de las relaciones internacionales, de la hipocresía y la amoralidad de los gobiernos que deben servirnos y protegernos. 

WikiLeaks publicó en  2010 cientos de miles de documentos del Pentágono y del departamento de Estado, secretos que había robado un soldado hoy llamado Chelsea Manning. Todos pudimos ver el video de un helicóptero norteamericano en Irak mataba desde el aire a 18 civiles que no suponían ninguna amenaza. Assange lo llamó “Asesinato colateral”. Los abusos cometidos en Vietnam volvían a repetirse en Irak. WikiLeaks ayudó a que el mundo entendiera que la guerra de Irak, iniciada en el 2003, fue un error mayúsculo.Irak no enía armas de destrucción masiva. Ni armas. Fue un complot de George Bush, el británico Tony Brent y Aznar. Las consecuencias han sido nefastas para todos, especialmente para los musulmanes de Oriente Medio, pero también para los europeos y norteamericanos que han sufrido el terrorismo yihadista, después de numerosas bajas. 

A medida que pasaban los años, Assange experimentaba ciertos cambios a peor. 

Los cables diplomáticos de WikiLeaks impulsaron las primaveras árabes del 2011. Expusieron el apoyo de los gobiernos occidentales a los regímenes autoritarios del norte de África. La movilización popular en Túnez, la primera en triunfar, lo hizo en gran parte gracias a la información que reveló la plataforma de Assange 

Julian Assange se había convertido en un personaje célebre. Frecuentaba los estudios de las principales cadenas de televisión y los donativos que mantenían engrasada la maquinaria de WikiLeaks fueron cada vez más abundantes. Había demostrado su poder, tenía enemigos en cada capital y tambien amigos codeandose con los famosos. A su puerta llamaban Lady Gaga y Pamela Anderson, pero también activistas de la nueva izquierda como Yanis Varufakis y de la izquierda de siempre como Noam Chomsky. 

Assange elogiaba la valentía de los informantes que se jugaban la libertad para hacerle llegar información confidencial. Ellos eran la fuerza que estaba transformando la gestión de los asuntos públicos, liderando una revolución comparable a la de las start-ups en Silicon Valley. El mundo no volvería a ser el mismo. Los corruptos aparecían desnudos. La sociedad podía expulsarlos del poder.

 

 

Fue entonces cuando empezaron sus problemas legales y raros y todo se torció. Dos chicas suecas con las que se había acostado fueron a la comisaría para exigirle que se hiciera la prueba del sida y, al conocer los detalles de aquella relación, la policía abrió diligencias por violación y abusos sexuales, cuando no parecía haberla habido. Esto fue en 2010. WikiLeaks había publicado todos los secretos de la guerra de Irak. Assange vio aquella denuncia como un instrumento de Estados Unidos para capturarlo y llevarlo casi a Guantanamo .Se defendió contra el FBI y la CIA, pero dos años de forcejeo legal lo llevaron a escapar y hasta a pedir asilo en la embajada de Ecuador en Londres. El presidente Correa era su amigo. Uno de los cables diplomáticos de WikiLeaks era del embajador de Estados Unidos en Quito, describiendo la corrupción generalizada de la policía ecuatoriana. Correa limpió la policiía corrupta y dio las gracias a Assange por sus servicios. La revolución bolivariana lo consideraba un aliado. 

Assange entró en la embajada ecuatoriana en junio del 2012, disfrazado de motorista, con el casco en la mano y una piedra en el zapato para cojear con toda solvencia. La sede diplomática, de poco más de 100 metros cuadrados, iba a ser un refugio temporal. Confiaba en que los ecuatorianos lo conseguirían un salvoconducto para sacarlo del país. Los británicos, sin embargo, no se dieron por vencidos.Vigilaban día y noche para que Assange no saliera de la embjada. No cedieron ni siquiera cuando la fiscalía sueca cerró el caso por violación o cuando la ONU, en el 2016, concluyó que el encierro de Assange en la embjada ecuatoriana equivalía a una detención ilegal 

A medida que pasaban los años, Assange fue cambiando más y más. Su difícil personalidad aún se complicó más. Hollywood lo veía como el villano Silva en la película de James Bon Skyfall, un papel que interpretó Javier Bardem, y el escritor Jonathan Franzen lo utilizó en la novela Pureza para dar vida literaria a un personaje que es autista, megalómano y con perturbaciones sexuales

A medida que WikiLeaks crecía, también lo hacía el enfado de Assange con el mundo. Ahora tenía enemigos por todas partes. Visa, MasterCard y PayPal dejaron de servir a la plataforma. Era cada vez más difícil recibir donativos. Tuvo peleas con su equipo. Perdió a colaboradores muy estrechos, que no entendían esta deriva. Assange ya no era el activista suspicaz que, al desconfiar del poder establecido, podía exponer sus debilidades. Ahora era un hombre muy enfadado que despreciaba a los gobiernos occidentales. 

Su afán por exponer la verdad pura y dura le impedía ver muy lejos y claro. Los documentos en su poder revelaban operaciones paramilitares de la CIA y el uso de los drones contra población civil, pero también exponían a confidentes de Estados Unidos en lugares tan peligrosos como Irak y Afganistán, espías comprometidos en la lucha contra el terrorismo yihadista que ahora, al revelarse su identidad, se exponían a ser asesinados. 

Julián Assange un de los creadores de wikileaks ha caido en picado y nadie sabe si se levantará

Assange no medía ya las consecuencias de su cruzada por la verdad y, poco a poco, a medida que la depresión y la paranoia se apoderaban de su cabeza encerrada en la embajada de Ecuador, un piso pequeño, con las cortinas echadas, donde salir al balcón sólo tenía sentido para lanzar una soflama, los molinos de viento se aparecían de día y de noche. 

Ahora tenía múltiples investigaciones abiertas. El FBI nunca le dejaría en paz. Tenía un equipo de más de 150 abogados. Baltasar Garzón era uno de ellos. Su misión era impedir la extradición a Estados Unidos, conseguir su inmunidad. Hizo un buen trabajo.

 

 

Assange ya no era un quijote dominado por la fantasía y la utopía, sino un héroe trágico, dominado por el odio. Hillary Clinton se convirtió en diana de este odio. 

Fue siendo Hillary Clinton secretaria de Estado de Estados Unidos que WikiLeaks publicó cables diplomáticos delicados.

Con el gobierno de Donald Trump las cosas fueron muy bien porque las publicaciones negativas de WikiLeaks sobre Hillary Clinton le dieron una gran gran mano a Trump para ganar la elección. El hoy presidente llegó a tuitear “Amo a WikiLeaks”. Pero las cosas cambiaron rápidamente cuando el sitio de Assange publicó “Vault 7”, la mayor filtración de documentos de la CIA en la historia de la agencia. A partir de entonces, el gobierno de Trump definió a WikiLeaks no como un medio de comunicación, sino como un “servicio de inteligencia hostil, no estatal” y la investigación de Alexandria cobró impulso con nuevas medidas y citaciones de testigos, incluyendo al soldado Manning, quien se negó a declarar y por eso volvió a prisión hace un mes. 

 Fue Hillary la que en el 2010, no tuvo más remedio que declarar a Assange como  un enemigo público. Cuando en el 2015 Hillary decidió presentarse a las elecciones presidenciales, Assange se dispuso a hacer todo lo posible por impedirlo. Publicó un editorial en WikiLeaks asegurando que no estaba capacitada para la presidencia, que era una corrupta, motivada únicamente por su afán de poder, una intervencionista, una halcón al servicio de los militares, representante de la misma elite política que era necesario erradicar. 

De pronto, el buzón de WikiLeaks se llenó de correos electrónicos robados al Comité Nacional de Partido Demócrata, documentos que revelaban un trato a favor de Clinton que no habían tenido los otros aspirantes demócratas. Assange publicó estos correos justo antes de la convención demócrata y posteriormente el FBI demostró que el robo lo habían cometido hackers al servicio del Kremlin. Assange negó cualquier vinculación con Rusia pero sus desmentidos dejaron dudas. Al final, él mismo admitió que no le importaba de donde venía la información si esta información era verdadera.

La WikiLeaks que nació para desmontar el poder ilimitado de los estados sobre el ciudadano de a pie, se ponía ahora al servicio de los intereses de un estado, uno muy poderoso dada su habilidad para robar secretos y diseminar fake news. WikiLeaks, de alguna manera, traicionaba la valentía de sus informantes anónimos. Se echaba en brazos de Rusia y se ponía en medio de un pulso político entre dos superpotencias nucleares. En lugar de contribuir a un mundo más seguro y transparente, con menos guerras y menos secretos, Assange azuzaba un conflicto geoestratégico entre dos potencias nucleares.

 

Lo peor es que Assange no se lleva del todo bien con el ‘presidete ecutoriano Lenín Moreno. Él le pidió varias veces que dejara de de opinar y meterse en problemas de otros Estados.Y ha terminado por entregarle a las autorides británicas, . Ya antes Ecuador tomó la decisión de quitarle la conexión a Internet y dejarle sin comunicación fuera de la embajada. Eso desde marzo pasado. Esta semana, Jeff Sessions, fiscal General de Estados Unidos, indicó que una de las prioridades del FBI eran arrestar Assange. Y para rematar la mala racha, el 15 de mayo del 2018, una investigación periodística reveló que el Gobierno ecuatoriano, en el período de Rafael Correa, supuestamente gastó, al menos, cinco millones de dólares, en una “operación de espionaje” para “proteger” al periodista de Australia. El diario británico The Guardian, en cooperación con el activista ecuatoriano Fernando Villavicencio, tuvo acceso a documentos secretos que indican que Ecuador contrató a una compañía de seguridad y a agentes encubiertos para vigilar a los visitantes de Assange en la legación, al personal de la embajada y a la Policía británica. El periódico afirma que Ecuador bautizó ese proyecto en un primer momento como Operation Guest (Operación Invitado) y más tarde como Operation Hotel (Operación Hotel). Según el diario británico, los gastos mensuales dedicados a la seguridad de Assange, incluidos trabajos para reunir información de inteligencia y “contrainteligencia”, ascienden a 66.000 dólares, de promedio.

 

De repente, sus partidarios ya no son los activistas de primera hora, jóvenes convencidos de que la revolución era posible, sino personas como Sarah Palin, Hean Hannity y Donald Trump. Assange se ha convertido en un hombre de una tendencia xenófoba y de la derecha ultra..

 

Ahora que está detenido en Londres y que, con toda probabilidad, acabará pronto en una cárcel sueca, cuesta imaginar que Assange pueda reinventarse y recuperar al Quijote que enterró en la embajada ecuatoriana. WikiLeaks seguirá funcionando y parte de la información que publique podrá seguir teniendo un claro beneficio público. Pero nadie podrá estar seguro de que culquier explicacion no responda al interés oculto de uno de los poderes contra los que el propio Assange se conjuró en el 2006

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