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El adjetivo progresista o su síncopa coloquial progre son términos que utiliza la derecha para aludir a personas de izquierda

Dicen que nos reconocen fácilmente por nuestro pelo largo, por la ropa desaliñada y hasta por la barba descuidada. Que nuestros gustos musicales se inclinan por los cantautores, la canción protesta o cierto tipo de rock, por los libros que leemos o por el cine que consumimos basado en películas comprometidas y de denuncia social.

Somos una tribu urbana dañina para el Estado, los progres, peores que el hombre del saco. Siempre hablando del franquismo o la transición, dividiendo a España. Pertenecemos a familias de clase media o media alta, somos de extrema izquierda, con inquietudes intelectuales y reivindicaciones de clase. Nuestros ídolos son figuras discutidas como el Che, Fidel Castro o Lenin.

Tenemos un enemigo acérrimo, la derecha pura y dura, la dictadura y el imperalismo norteamericano. Nos apasionan las tertulias en cafés y soñamos con un mundo mejor. ¿A esto es a lo que se refieren algunos cuando nos llaman Progres?

A ver, estamos en pleno siglo XXI, aquel tiempo ya ha pasado y esas ideas llenas de naftalina en los albores de la transición también, y hoy han quedado desfasadas. La democracia se ha consolidado. Y el comunismo ya no es un objetivo que alcanzar.

El modelo progresista que muchos nos quieren colgar, nada tiene que ver con la realidad. No tratamos de luchar contra el capitalismo, más bien nos defendemos de él.

Yo soy un progre, así me han llamado más de una vez, pero no sé qué quieren decirme con ello. Pues el progre, aquel que llevaba chaqueta de pana, es una figura extinguida. Nació y luchó dentro de unas circunstancias sociales concretas y, tal vez, irrepetibles e incomparables a las de hoy día. Sí, tengo el pelo largo, me dejo barba de varios días, pero ni me gustan los cantautores ni la canciones protesta. No veo cine reivindicativo y no llevo ropa raída ni de pana. Y leo todo lo que es bueno, aunque lo haya escrito el mayor facha.

Eso sí, el espíritu reivindicativo si me caracteriza, quizás hasta puedo ser ingenuo, porque me sigo impregnando de nuevas esencias y protestas. Pero que los “fachas” que así nos llaman sepan que el hecho de ser “progre” no es una vulgar moda, por lo que no vamos a desparecer. Siempre estaremos ahí, luchando contra las injusticias y las desigualdades que no paran de aumentar. Defendiendo las pensiones públicas frente a fondos de pensiones, el seguro de desempleo frente a cursillos de formación, la sanidad pública en lugar de la privada, la educación pública sobre los colegios privados. Y apoyando a todos los colectivos más desamparados y necesitados.

Como señala la Real Academia Española la palabra proviene de progreso y por tal es «progresar»

Porque el auténtico progre es quien paga sus impuestos sin rechistar, eso sí, para exigir que los servicios públicos sean de calidad. El verdadero Progre no está contra el Estado, como los liberales, sino a favor de un Estado que funcione y garantice el bienestar social.

Tenemos un espíritu crítico enfocado a mejorar la realidad en la que vivimos. Un espíritu de lucha, somos reivindicativos, ecologistas, igualitarios, pacifistas. En definitiva, progresistas.

¿Y quienes son esos que nos llaman progres? ¿Los que defienden el cambio climático y circulan con un coche de gran cilindrada? ¿Los que hablan de solidaridad y prohíben el paso a los inmigrantes? ¿Los que dicen que aceptan las bodas homosexuales, pero fomentan cursillos para atajar lo que califican de enfermedad? ¿Los que dicen defender la seguridad social, pero ellos no la pisan? ¿Los que dicen estar a favor del divorcio exprés pero piden que haya más subvenciones públicas a la familia? ¿Los hipócritas? ¿Esos nos llaman progres? No me ofenden. Como diría un vecino del país galo, “l'idiot”.

Es una lástima que la palabra progre haya pasado a tener una connotación tan despectiva. En Mester de Progresía (Ed. Almuzara), Francisco Robles escribe con cierto sarcasmo: “Ahora es más progre un tapiz étnico comprado en algún mercadillo peruano que un grabado neoyorquino, la decoración minimalista que el entramado barroquizante, una maceta de marihuana que un arriate de geranios”.

Pero no hagamos causa de esto, porque no merece la pena, todos tenemos cosas malas y cosas buenas. ¿O es que alguien cree que en el otro frente ideológico, los conservadores, no existen contradicciones? Que el ir a misa no les exime de sus pecados por muchos golpes de pecho que se den. El tiempo pondrá a cada progre en su sitio. Y a cada facha también.

Resumiento, aunque nos hayan intentado ridiculizar con este vocablo usado de manera desdeñosa, nuestra forma de pensar no es ni más coherente ni más incoherente que la de los demás, por progresistas o conservadores que seamos cada cual.

 

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