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Libro: El puente de los suspiros

24/07/2012 12:20 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

image"La lepra Se encargaba de poner distancia con los otros y de recordarle al enfermo lo inmundo que era. Aunque el mal comenzaba a manifestarse con pequeñas vejigas o manchas en la piel, tarde o temprano acababa macerando la carne podrida y a expeler un olor fétido a carroña, para desfigurar la cara, las manos y los pies hasta el punto de que nadie se atrevía a mirarlos por temor a enseñar el fastidio y el asco que despertaba".

Este es apenas un muy breve segmento de la maravillosa novela El puente de los suspiros cuya autora es la enfermera profesional Elena Peroni quien, además, fue voluntaria en varios hospitales en donde se le "pegaron" esas ansias continuas de ayudar a los más necesitados. Por eso iba todos los días a recorrer esos enormes espacios con olor a limpio, llenos de camas inundadas de angustia, dolor y desesperanza; por allí se paseaba Elena Peroni cargada de valor y de una hermosa sonrisa que aliviaba, así fuera por algunos segundos, el dolor de quienes esperaban el medicamento salvador que nunca llegaba.

Elena Peroni supo sobre la lepra y se puso a investigar casi hasta las últimas consecuencias, de lo que fue esa mortal bacteria, la Mycobacterium leprae o por Mycobacterium lepromatosis descubierta en 1874 por el médico noruego Gerhard Armauer Hansen, debido a lo cual se lo denomina bacilo de Hansen. La lepra fue históricamente incurable, mutilante y vergonzosa, al punto de que, entre otras medidas, se decretó en 1909, por demanda de la Sociedad de Patologías Exóticas, "la exclusión sistemática de los leprosos" y su reagrupamiento en leproserías como medida esencial de profilaxis. Y esa injusta exclusión, llevó a crear una especie de "campos de concentración" a donde llevaban a los enfermos y los aislaban del mundo.

Esta historia le dolió tanto a Elena Peroni, que un día resolvió escribir El puente de los suspiros ( B ), para hablar de quienes la padecieron, hombres, mujeres y niños que, aunque llenos de amor y de ilusiones, fueron discriminados, alejados y satanizados.

- ¿A qué edad supo que podía sentarse a escribir cuentos o novelas?

- Comencé a escribir una novela corta cuando tenía trece años tal vez y curiosamente también se desarrollaba en la época de la guerra de los Mil Días. Un señor amigo de la familia puso en unas vacaciones a su secretaria para pasarla en máquina de escribir de mis cuadernos. No dejó de ser una novela rosa en la que los personajes cada rato tomaban "un espumoso chocolate".

- ¿Había muchos libros en su casa?

- No muchos, pero cuando descubrí las librerías de segunda mano en Medellín, con mucha frecuencia compraba libros para hacer mi propia biblioteca.

- ¿Con quién compartía la alegría de la lectura?

- Mi hermana mayor leía mucho, pero con quien más compartíamos el gusto por las novelas era con una prima de mi edad y una tía alcahueta, sin hijos, donde pasábamos vacaciones literarias en Buga.

- ¿Participaba activamente en los Centros Literarios del colegio?

- No había mucho de aquello, pero si tenía fama de hacerle todos los trabajos de obras literarias "aburridas" a la profesora. Me encantaba el teatro y fui la directora del grupo un tiempo. Además y por mi cuenta iba a los talleres literarios de Manuel Mejía Vallejo en la biblioteca pública Piloto de Medellín, donde realmente poco escribíamos, el escritor hablaba al tiempo que daba vueltas al ron de un vaso que no lo desamparaba en aquellos encuentros.

- ¿Qué sensación le produjo el conocimiento de la lepra cuando supo por primera vez de ella?

- Estudié enfermería y era una de esas enfermedades escasas y antiguas que no pasaba de reconocer en los enfermos que de vez en cuando uno veía en los semáforos pidiendo limosna. Mucho más no conocía de la enfermedad hasta que me puse a escribir el libro.

- ¿Por qué se satanizó tanto esta enfermedad a tal punto de crear "casi" campos de concentración en Colombia?

- Por el número de enfermos que aumentó de forma desproporcionada y que luego al inflar las cifras se convirtió en una calamidad pública. El miedo de los sanos a padecerla, la imposibilidad de curarla, el desconocimiento sobre su causa y los factores de riesgo, la deformidad y el rechazo, fue lo que realmente llevó a la estigmatización de los enfermos. Los motivos para cerrar con alambradas los lazaretos y poner retenes e instaurar las diferentes medidas como si fueran presos son tomadas por el general Reyes y el motivo era puramente de imagen en el exterior y el daño económico que estaba causando al país que estaba sufriendo las consecuencias de la guerra de los mil días y la separación de Panamá.

- ¿Por qué quiso escribir sobre ella?

- Porque vi los enfermos, edificios y parajes al pasar por Agua de Dios y escuché los cuentos sobre su historia y de la de sus enfermos que ahí había una historia para contar que las nuevas generaciones no conocíamos y que los de las anteriores generaciones conocían mal. Porque el dolor y el sufrimiento de esos enfermos de Hansen, bien merecía la pena escribirlos. Era un reto meterse en su mente y en su corazón y eso me gusta.

- ¿Cómo empezó el proceso de investigación?

- En la biblioteca Luis Ángel Arango en la sala de manuscritos. En el pueblo con las hermanas del padre Luis Variara, en el archivo nacional de la nación, en los museos del pueblo y entre sus calles y asilos hablando con todo aquel que quisiera contarme algo sobre el tema.

- ¿Por qué quiso novelar una historia tan dramática?

- Porque la vida está llena de dramas corrientes y tristes como la enfermedad y el dolor, la impotencia y el miedo, los amores entregados e imposibles, las aventuras con final incierto y la trascendencia.

- ¿Cuál fue su mayor dificultad en la redacción de la novela?

- Pensar en querer hacerles un tributo a los enfermos de lepra y que de pronto se ofendieran con algunos de los cuentos que echo, bueno y la ortografía. Nunca le puse cuidado y los computadores le juegan a uno malas pasadas. Otra de las dificultades desde luego es la vida cotidiana que parte los momentos de escribir y uno se va a recoger hijos pensando en el párrafo que dejó empezado, o cocina inventando un dialogo, y sale para una cena de amigos dejando en agonía a un personaje. Eso de conjugar la historia del papel con la propia historia es muy difícil.

- Es, sin lugar a dudas, una hermosa novela ¿Ese fue su propósito inicial y final?

- Sí. La trama de la novela la vi entera desde el principio, pero uno le va añadiendo personajes que se aparecen en la historia e historias que se cruzan en la vida de los personajes inventados. Pero sí definitivamente la tracé desde el principio con lenguaje sencillo para todo el público que quisiera leerla, algo poética, romántica, histórica y visual. Espero haber logrado un poquito de cada una de esas cosas.

- Es una novela muy llena de alegría, de amor, de vida, de esperanzas ¿Se trazó esa meta desde el comienzo?

- Claro que sí. Quería escribir del tema pero dejando algo más entre las líneas. Quería reconfortar, entretener, enseñar que el amor verdadero existió y aún existe cuando se comparte el dolor. Sacarle chispa a la vida y no dejarnos arrastrar por los dolores y sufrimientos que a todos nos llegan. Trato los temas universales de cualquier historia pero quería darle un toque diferente, sin ser costumbrista mostrar a la gente de nuestro país, los problemas políticos que hemos tenido siempre, las dificultades de ser pobres pero poniendo por encima de todo eso la naturaleza generosa y altruista que todos los seres humos podemos tener.

- ¿Qué quedó por fuera de su novela?

- Qué pasó con los niños hijos de enfermos de lepra que se llevaron a los asilos en Boyacá. Creo que detrás de eso hay muchas más anécdotas que valdría la pena conocer y contar. Haber sabido que fue de la vida de esas víctimas indirectas de la enfermedad.

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Se le acercó un leproso y le suplicó de rodillas:

—si quieres, puedes limpiarme

Nada más finalizada la misa de seis del primer viernes, a la que asistían las beatas del pueblo y los madrugadores, comenzó un barullo en el atrio. Alguien gritaba agitando a una muchedumbre que parecía ir creciendo a medida que Tocaima abría sus ojos.

Cuando don Antonio Amézquita, el cura, terminó de despojarse de los ornamentos con prisa, movido por la curiosidad, salió a paso rápido y encandelillado, por el sol radiante de agosto, pese a que a duras penas había hecho su aparición. Frente al portón del templo se veía una multitud inusual a esa hora. Gritaban. Nada podía entender don Antonio, tan recién salido del arrobo en que se metía cuando celebraba la misa. Poco le hizo falta para darse cuenta que aquella montonera de gente estaba dividida en dos grupos desiguales y enfrentados. Entonces le dolió el corazón cuando cayó en cuenta de lo que estaba sucediendo. En la primera fila de uno de los grupos, se distinguían unos soldados y los que serían algunos parientes de los enfermos de lepra que formaban una especie de barrera protectora, mientras que atrás y como una piña se apretujaban los que estaban marcados por el mal. En el otro grupo con el gamonal a la cabeza y armados con palos y peinillas que se alzaban, una serie de rostros anónimos y de diferentes edades, vociferaban insultos y frases alebrestadas contra los oponentes.

— ¡Que dejen el pueblo!

— ¡Que se larguen!

Las facciones leoninas de los enfermos sólo podían traducirse en miedo, las de sus agresores mostraban una rabia desbocada. Ambos sentimientos contagiosos y nacidos de una misma raíz, el mal de Hansen. Si los enfermos le temían a la muchedumbre, la muchedumbre le tenía pavor a los leprosos. Las caras tensas, los músculos templados, las voces alteradas que gritaban atrocidades. Pareciera que aquella querella se hubiera formado en unos minutos, pero llevaba años encubierta.

El pueblo entero sentía miedo. Esa era la verdad. El que padecía la enfermedad, de ser maltratado y hasta asesinado por el que no la tenía, el sano a caer pringado. Físico temor a sumarse al nutrido grupo que sin distinción de clase estaba enfermo de lepra y que vivían como arrimados en las casas y por las calles de aquel pueblo.

La turba descontrolada que empujaba al contendor, enseñaba saliva en forma de espuma en la comisura de los labios, que los hacía ver como fieras salvajes atacando al enemigo, mientras en la piel mal cicatrizada de algunas leprosas se distinguían lágrimas de desconsuelo y en la de los varones impotencia, era evidente que nada podían hacer.

Sin darse mucha cuenta la masa de los aliviados fue aumentando por minutos hasta rodear al otro grupo. Entraban agitados por la carrera que traían, por las cuatro esquinas de la plaza, niños, señoras y hombres recién levantados que parecía que en el trascurso de las cuadras recorridas hubieran ido sumando rabia y agresión contra los leprosos, a juzgar por el ímpetu con que entraban al marco. Parecían una manada de toretes llegados al corral, dando coces, embistiendo, dirigiendo la mirada nerviosa de un lado a otro hasta ocupar un lugar alrededor de los enfermos. Era una sola bullaranga. Blandían las manos, les escupían, y aunque a los militares y parientes defensores de los enfermos se les habían sumado algunas religiosas y otros que clamaban por la caridad, no fueron ni en número ni en manifestación, los suficientes para detener ese trato hacia los atacados.

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Toda actividad en el pueblo se había detenido. También el tiempo, la brisa, la rutina. Los corazones latían aceleradamente. Parecía que el odio era tan pegajoso como el mismo miedo. Los que no se habían convencido de sacar los enfermos del pueblo en aquel momento lo estaban, animados por el sentir colectivo que se había apoderado de los Tocaimunos. Los enfermos, que no habían creído a otros leprosos, que los llegarían a echar de allí por tener esa enfermedad, habían comprobado con desilusión que era verdad.

Don Antonio gritaba esperando apaciguar los ánimos con su autoridad. Pero nadie realmente le hacía caso; estaban enloquecidos, esa era la palabra. Nadie escuchaba razón alguna, como si no pudieran pensar en nada más que maltratar sin piedad a esas víctimas de una enfermedad larga, deformante y que estigmatizaba. La fuerza de la masa se les había metido en el entendimiento y les había comido el corazón. Ninguna razón parecía permear la costra de odio, que sólo hasta ahora afloraba de aquella manera tan patética en los sanos.

Tras dos horas se podía decir que según lo que había sucedido en lo corrido de la primera parte de la mañana, don Samuel, el alcalde, estaba ganando más terreno que el cura. Claro, era mucho más joven, tenía la voz más fuerte y sus seguidores por los motivos que fueran, estaban dispuestos a imponerse con toda la violencia que fuera necesaria, frente a las razones del párroco.

La lucha era desigual desde cualquier punto de vista. Un sacerdote viejo y achacoso, un puñado de monjas, cinco soldados con cara de niños e inexpertos en eso de atajar un ataque tan peculiar y media centena de elefanciacos, contra un político de envergadura, gamonal y marrullero y que tenía con él al pueblo en su gran mayoría. Lideraba el alcalde, el grupo armado más que con cualquiera otra cosa, con lo que creían que era una verdad contundente: que la lepra era exclusiva de los desgraciados que ya la padecían, que esa gente era maldita y que habiendo venido de otros pueblos, ellos tenían el derecho de no tenerlos más en el suyo y exponerse al contagio.

No había transcurrido mucho rato más cuando de las filas de don Samuel se desgajaron algunos. Tal vez movidos porque ya creían que era suficiente el escarnio, o por el hambre, o por el calor o porque había quedado satisfecha la curiosidad. Casi ni se notó de lo mucho que sumaban. De las líneas de los defensores de los enfermos desertaron disimuladamente los viejos ya cansados, las religiosas porque debían tener que cumplir con sus propios deberes y algunos de los feligreses asiduos de don Antonio. Como si se hubiera pelado un fruto, se fueron quedando los leprosos solos en manada, atemorizados e indefensos. Era un grupo desnutrido y opacado que realzaba la lucha desigual a la que estaban enfrentados. Parecía que a los que hasta ahora habían sido los protectores, se les hubieran acabado las fuerzas y los argumentos y que ante la aplastante derrota, hubieran determinado que ya no tenía caso sacar la cara por una causa perdida.

Porque la lepra por lo visto fue una causa perdida desde siempre. Ya los habían expulsado de las ciudades desde el tiempo de Jesucristo y los citaban como los casos perdidos del evangelio. No se podía esperar más de Tocaima, no iba a ser la excepción, tarde o temprano los expulsarían, como los habían echado a cada uno de sus propios pueblos y de sus familias. Pero salir linchados era como comprobar que se estaba maldito, que se tenía el cuerpo podrido para purgar una culpa y que la vida se limitaba a estar muerto sin estarlo. La lepra llenaba no solamente el cuerpo de llagas sino también el alma de tristeza. A la pérdida de la carne se sumaba la pérdida del amor propio y del ajeno. La lepra se encargaba de poner distancia con los otros y de recordarle al enfermo lo inmundo que era. Aunque el mal comenzaba a manifestarse con pequeñas vejigas o manchas en la piel, tarde o temprano acababa macerando la carne podrida y a expeler un olor fétido a carroña, para desfigurar la cara, las manos y los pies hasta el punto de que nadie se atrevía a mirarlos por temor a enseñar el fastidio y el asco que despertaba.

Todo aquella revuelta tenía su historia. Hasta entonces a cuenta gotas habían ido llegando los contagiados por la elefancia a la región, decían que el buen clima les ayudaba a vivir la enfermedad. Sin mucho reparo por parte de las autoridades y los habitantes, aumentó el número hasta que ya el pueblo era prácticamente reconocido a ojos de Bogotá como el pueblo de los leprosos.

Para 1858 Colombia había adoptado una constitución federalista que dividía la nación en estados soberanos. Hasta entonces todos los enfermos de lepra del país debían irse al lazareto del Caño del Loro en Cartagena y las provincias debían pagar un impuesto sobre el aguardiente con el fin de mantener a los leprosos de su región. Claro que la idea de aquel lazareto tenía aires con los que se había impuesto en la edad media y no coincidía propiamente con el de una institución médica. Su finalidad era la de separar a los enfermos y ocultarlos del resto de la población. Las condiciones de vida eran tan precarias que la mayoría del tiempo no tenían para comer y mucho menos las medicinas que les ayudaran a soportar los dolores de la enfermedad. Muchos morían al poco tiempo de llegar en abandono y miseria. Nadie investigaba sobre el mal.

Las provincias desde luego querían tener sus propios hospitales para leprosos, con el fin de librarse del dichoso impuesto y para que los enfermos no tuvieran que ir desde todos los rincones del país hasta la costa Atlántica. El gobernador de la provincia de Bogotá, el Dr. Pastor Ospina fue el primero en tomar la iniciativa y autorizó al gobierno nacional para que fundara un establecimiento destinado a la cura de los leprosos recomendando los ejidos de Tocaima. Su elección se debía al número nutrido de contagiados que ya habitaban en las cercanías del pueblo y a la conveniencia de su clima para disminuir los efectos de la enfermedad en quienes la padecían. Decían que ya desde los tiempos de Gonzalo Jiménez de Quesada llegaban hasta allí los atacados por el mal de San Lázaro. Cuando los de Tocaima supieron de la elección, la cosa comenzó a ponerse maluca. No todos allí eran contagiados y primero que los enfermos, los sanos habían sido los dueños del lugar. Empezaron los reclamos de los Tocaimunos a la autoridad competente y el odio por los leprosos se fue enquistando solapadamente hasta en los más nobles de corazón.

Ni siquiera el cura había podido impedir que los trataran como enemigos. Era una cantaleta continua la de don Antonio con aquello del amor al necesitado. El padre se había cansado de decir en el púlpito, "que dónde estaba la caridad cristiana y que todos los hombres sanos o enfermos debían ser considerados hijos de Dios". Pero nada. Había ganado el gamonal del pueblo y sus ideas temerarias sobre la lepra. Primero había comenzado con murmuraciones en las reuniones políticas y sociales y luego arreció en discursos en el parque central con tintes proteccionistas y temerosos sobre el contagio.

Las diferencias entre ambos líderes no radicaban sólo en la dichosa lepra. No, era una contienda que llevaba años, una pelea casada desde que se habían encontrado en el pueblo hacía ya cosa de más de diez años. Iba más allá de una simple antipatía, era cuestión de principios que se habían ido convirtiendo en fines, porque los dos querían atraer gente a sus ideas. En balde el laico era liberal y el cura conservador. Ambos radicales en sus creencias y tan lejanos que hubiera sido imposible ponerlos de acuerdo en cualquier cosa. Como en todo el territorio nacional los seguidores de los dos partidos se enfrentaban ante la más mínima diferencia, se acuciaban, se medían. Era una pelea casada desde hacía tiempo, sí, el tiempo necesario para cultivar la semilla del odio y engendrar mucha violencia.

Si don Samuel le respetaba las misas a don Antonio, que don Antonio no se metiera en las medidas que como cabeza del gobierno del pueblo, él consideraba que debía aplicar.

—Que se quede el padre con sus remilgos, que si no sacamos a todos esos leprosos del pueblo, al resto nos lleva esa peste —decía— son unos condenados en vida y como tal hay que tratarlos.

Había agitado la muchedumbre, claro que la había agitado, hasta el punto de indisponer a algunos de los propios familiares contra sus enfermos. La gente empezó a cambiarse de acera cuando alguno de los leprosos se atrevía a salir. Comenzaron a negarse a venderles cosas en las tiendas y en los toldos del mercado por no tocar los billetes que pasaban por sus manos infectadas, a esquivar sus casas, a negarse a comprar cualquier cosa que producían, o a atenderlos en el puesto de salud para que no contagiaran a los demás. Los agresores anónimos se reunían en grupos a altas horas de la noche en las calles donde vivía un mayor número de enfermos y arrojaban excrementos a puertas y ventanas de sus casas.

El colmo fue cuando se volvió natural apedrearlos como si fueran una especie de perros enfermos a los que no debían ni dirigirles la palabra. Porque al principio sí fue con palabras que los replegaron. Improperios de toda índole se cruzaban en sus caminos y fueron los primeros síntomas de que la cosa empeoraría. Luego era como si los de su misma sangre, sus coetáneos se avergonzaran y comenzaron algunos a dejarlos solos, otros simplemente los sacaron a la calle.

Los niños a ejemplo de sus padres se reían y escupían frases de burla o les tiraban a la cara cáscaras de naranjas o bananos o les echaban el contenido de las bacinillas nada más despuntara el alba y aún no habían despertado en las aceras. Porque entonces las agresiones ya no eran solapadas o a oscuras: eran a plena luz del día, jactándose de tomar partido en contra de ellos.

En las tertulias callejeras repetían lo que don Prudencio, el maestro de historia retirado del Colegio de San Bartolomé de Bogotá, había pregonado con su habitual sonsonete de cátedra: que en Egipto o la India había comenzado esa dolencia, que los hombres de Alejandro Magno, trescientos años antes de Cristo, la habían llevado de África a Europa; que los españoles la trajeron cuando les dio por cargar esclavos en sus galeones y que por Cartagena se propagó hasta el interior del país. Concluía como si fuera un dogma que con la independencia nos habíamos liberado del yugo español pero no de las enfermedades como la lepra, que nos habían dejado como herencia.

La mayoría del pueblo no sabía quién era Alejandro Magno, dónde quedaba Egipto o la India; no conocían Cartagena ni tenían negros en la zona. Pero sí habían oído en las lecturas de la misa las historias bíblicas de los leprosos y no eran pocas. Podían deducir como quien dice, que era una enfermedad vieja que se conocía hacía miles de años, que era como maldita y que jamás se curaba. En la última veintena había contagiado a más de uno de los pobladores de la región y del país y estaba sembrando pánico, semejante al que debieron de tener los sanos en la época de Cristo. Parecía que la historia de los que padecían esa enfermedad incurable, se repetía.

Las cosas se pusieron tan mal, que ya los enfermos no pudieron recoger el agua de las cañadas, ni llevar sus animales a beber. Cuando dependían de la caridad de un alma atormentada por el remordimiento, para comerse un plato de comida, entonces decidieron, liderados por un grupo de leprosos, que necesitaban unirse para buscar una salida al problema. Ilusos, como si su permanencia en aquella ciudad tuviera solución.

Tocaima, que lleva el nombre de un antiguo guerrero de la tribu de los Panches y dominio de la tribu Guacaná, había sido fundada en 1544.Su inicio y tal vez eso había quedado en la memoria histórica de sus habitantes, no había sido otra cosa que la expulsión de los indígenas que en aquel lugar vivían y la entrada de los conquistadores. Lo que hubiera quedado de sangre indígena en sus pobladores, posiblemente se estaba revelando ante una nueva invasión: los enfermos de la lepra.

La historia decía que don Luis de Lugo, llegado de España con el nombramiento de "Adelantado de las tierras descubiertas", envió a don Hernán Venegas Carrillo con sesenta soldados a someter a los Panches que habitaban a la orilla del río Patí (que luego se llamaría río Bogotá) en la aldea llamada Tocayma. Estaban bajo el mando del cacique Gucaría que tenía fama de pacífico y tras unos pocos diálogos, donde el nativo midió la soberanía del invasor, permitió que los españoles fundaran la ciudad sin poner resistencia.

Los indígenas les enseñaron sus fuentes de oro, sus tierras y sus ganados para pasar después a convertirse en esclavos. Era tal la fama y la riqueza que parecía guardar la región, que fueron el único pueblo de Cundinamarca que recibió un título y un escudo de armas del propio Carlos V y parece que con eso fue suficiente para entregar el poderío y los casi doscientos mil indios que habitaban la zona.

Tocaima se formó pues con aires de grandeza, pensando que sería una gran ciudad no sólo por las riquezas encontradas, sino también por quedar sobre el Camino Real de Santa Fe y Neiva. Pero el pueblo fue perdiendo su gloria porque hubo más oro y metales en zonas aledañas del otro lado del "río Grande", el Magdalena y sus moradores cada vez tuvieron menos sangre de indio y ya para la época de nuestra narración, habían acabado los conquistadores con todo lo que en Tocaima hubiera tenido valor y todo el valor que hubiera tenido su población inicial.

Le pasó pues a Tocaima lo que le podía haber pasado a una mujer joven y hermosa que con el tiempo y los años fue perdiendo protagonismo. Lo único que le quedó para mostrar tras doscientos cincuenta años fueron sus fuentes azufradas, hasta que volvió a ser noticia en el año que nos ocupa 1870, pero esta vez por algo que los avergonzaba ante el resto del país, los leprosos.

Por: Por: Jorge Consuegra (Libros y Letras)/Colaboración

Un breve segmento de la novela El puente de los suspiros cuya autora es la enfermera profesional Elena Peroni .


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correocultural.com
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