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Ganadores del concurso ‘ Así se cuenta la cultura popular’ Fundación Bigott en alianza con la Cadena Capriles

20/10/2010 18:27 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

imagenaspxTexto ganador: Un pueblo, dos días, siete Sanjuanes. Nelson Meléndez

Este texto fue el ganador del concurso ‘ Así se cuenta la cultura popular’ , organizado por Fundación Bigott en alianza con la Cadena Capriles. En palabras del jurado, este ‘ trabajo constituye una narrativa construida desde el interior de la manifestación, que al estar impecablemente contada, seduce, involucra y logra introducir al lector en la dinámica genuina de la misma’ . Su autor, Nelson Meléndez, es estudiante del último año de Diseño en la Universidad Experimental de Yacambú.

Un tambor cumaco, largo, hueco, tirado en el suelo; sobre él, dos hombres, uno sentado de lado suena dos pequeño palos –a los que llaman ‘ toricos’ – contra la madera, otro a horcajadas sacude las palmas sobre el cuero. Más allá otros dos, cada uno con un tambor pequeño, una ‘ tambora’ . Detrás de ellos una mujer con una maraca en la mano, compás del ritual; a su lado otra de pañoleta blanca, la voz principal que canta las estrofas; acompañándolos, el grupo al unísono es el coro; alrededor de ellos el pueblo, todo. Y más allá, rezagado; orgullo, razón y centro de esta reunión, en el pequeño altar de palmas y flores silvestres flanqueado con banderas de colores, vestido amarillo y capa roja, está... San Juan.

San Juan es el santo blanco que los negros tomaron para sí.

La noche. Es veintitrés de junio, tres horas antes, nadie hubiese imaginado que Taría, el pequeño pueblo adentrado en el verdor del municipio Veroes en Yaracuy, se iba a encender a punta de canto y tambor. Lo que parecía un pueblo vacío, despertó al oír a Nancy Estanga –integrante de una amplia familia de cultores locales– entonar sirenas para sacar a San Juan en procesión de la pequeña casa que habita a la entrada del pueblo. No sólo ella, es cierto; conforme la pequeña procesión empezó a andar fueron brotando de las casas hombres y mujeres, niños y más niños. A lo sumo, el pueblo es tres calles y ochenta casas, una capilla que está cerrada, tres bodegas, un botiquín, una cancha cercada con malla metálica y la casa comunal. Siendo acucioso, cualquiera se daría cuenta que más que una comunidad, más que un pueblo, Taría es una gran familia. ¿Y cómo no? Los pueblos, los densos, los que se reúnen para celebrarse a sí mismos, son en realidad eso, una gran familia. De manera, pues, que todos están en disposición de celebrar al Santo, de rendirle culto y de acompañarlo desde el día veintitrés hasta el veinticuatro. Por eso no es de extrañar que en el recorrido de la procesión se vayan sumando unos y otros, y las tres voces cantantes, se conviertan luego en seis, después en nueve y sigan multiplicándose conforme se unen a la caminata más y más vecinos. El Santo, el de la familia Estanga, recorre el pueblo, pareciese que sin rumbo, como quien sólo pasea para acordarse de las fachadas de las casas, de las caras de los vecinos y también, para que los vecinos se acuerden de él. Y sucede algo más, ese pueblo de pequeñas calles, que se sabe rodeado de árboles y sembradíos, ha preparado esta noche una reunión de Sanjuanes: sí, en un momento del recorrido el Santo más grande, cargado por el hijo de los Delgado, se detiene para encontrarse con otro más pequeño, el que tiene en brazos una bella morena a la puerta de su casa. Cantan los que llegan y los que esperaban; se reúnen todos y entre tambores y sangueo, y como obra de la magia divina, en vez de dos son siete los ‘ Juanes’ , hay que decirlo, eso alegra. Un niño que no pisará los doce años carga el suyo, y otro más pequeño hace lo propio, el santo está hecho a su medida, justo para su promesa, para su fe y para su corazón.

En el recorrido el Santo vive dos momentos significativos. Uno, al cruzarse con otra fe: entre alabanzas, música, micrófono y con ahínco, los adoradores de la palabra hacen espacio para que la procesión sanjuanera pase; dos fes para el mismo Dios conviven, ninguna baja la voz, sólo se cruzan. El otro momento sucede cuando la procesión se detiene en la casa de Eloy Sevilla; este hombre de noventa años, delgado, taciturno, calmo, patriarca de la cultura local y cuya forma de tocar el tambor es única, es un encuentro ineludible.

Llegando al altar, los ‘ Juanes’ van colocándose uno al lado del otro y aparece ante los presentes la composición de un cuadro mágico y religioso, las variadas formas de cómo este pueblo ve a su Santo; sin necesidad de cura, ofrecen su respeto, sin necesidad de iglesia, a estos siete santos les veneran, cantan, piden y agradecen. Pero si son siete, ¿a cuál le piden? A todos, que es uno solo.

Entonces, después de las sirenas y el sangueo, comienza el golpiao. Sale de entre la gente una muchacha y colocándose en el centro invita a su par masculino a danzar; no se median palabras, sólo se baila, el cuerpo habla y lo hace en forma de ritmo y cadencia, mujer y hombre, pareja, se acompañan y seducen. Y los espectadores cantan, la embullecida reunión se matiza con unos pequeños sorbos de ponche, bebida espesa que entre clavos, canela y alcohol clarifica la garganta y calienta el cuerpo. Mientras, las parejas se van turnando, un hombre entra en señal de que el otro debe salir y lo mismo hacen las mujeres, los cuerpos se mueven como sólo pondrían hacerlo en Taría. Una muchacha, que es la cintura hecha vida, parece que reuniera en ella toda la energía del mundo, y nada vale, ni el calor, ni la noche, ni los zancudos, ni las estrellas, ante esta cintura acompasada y rítmica, ante esa fuerza de la tradición, la herencia y la sangre, nada. Lo mismo pasa en los tambores, como en una coreografía los tocadores se van turnando, descargando sin clemencia sobre el tambor toda su vitalidad. Este universo pequeño en que se ha convertido Taría en escasas tres o cuatro horas, este supuestamente caótico momento de entrar tocadores y salir otros, y bailar una pareja y la otra, con uno y con la otra, es demostración de esa naturaleza humana que lleva a compartir, a unirse para pedir y para dar, para ser y reconocerse y, por supuesto, para seguir.

La escena quizás se repite en otros pueblos, unos más cerca, otros más lejos; pero aquí es cosa íntima y poderosa que traslada a aquellos momentos ancestrales de la llegada, cuando se era un puñado de corazones obligados y doblegados, mandingas y tari, hijos de un continente fuerte intentando volver a la extrañada Tierra Madre, cuando se cantaba y tocaba para deidades más parecidas en cuerpo y alma a las necesidades del cuerpo y del alma. Tiene también esta noche de San Juan un olor a mujer, a mujer que organiza y reúne: ellas disponen el altar, ellas cuidan al santo, ellas preparan el ponche. Los hombres las acompañan, claro; las ayudan, por supuesto; pero es ese ánimo femenino el que cohesiona, como una madre ante la mesa, como la tierra ante los frutos. Ellas llaman, invitan, cantan y encantan... Esta noche, como ninguna otra, Taría es tambor.

La mañana. Hay, el veinticuatro de junio en la mañana, cara de cansancio entre la gente, cansancio alegre. Con el café mañanero se espera retomar fuerzas para emprender la segunda procesión, la que va a llevar a los siete ‘ Juanes’ al río a bautizarlos, como está planeado, como corresponde, como es. Frente al altar y luego de entonar las primeras sirenas, los promesantes toman sus santos. Bandera en mano, terciados los tambores, se reúne el grupo y se dejan ir por una calle derechita, sin cruces; voces cantan, el coro responde y así se va haciendo camino. La briza refresca al sol, los árboles dan la sombra necesaria, el grupo se sale del camino y se mete entre tierra y monte hasta llegar al lugar donde todos llaman a San Juan, lo invocan. Es este el momento cenit de la celebración, pedir permiso, dar las gracias y bautizar. Bañar al Santo con la mirada de satisfacción de los vecinos –hemos cumplido, otro año más hemos cumplido, con el santo y con nosotros y con nuestros padres y abuelos–, mientras el tambor continúa y las voces también.

Uno a uno los promesantes van pasando, el agua de río es bendita en la totuma de Yolanda Estanga, la capitana, quien con una mano sobre sus cabezas reza y bautiza; así se repite la imagen bíblica, y el Santo es testigo de cómo de generación en generación, este pueblo se ha encontrado y reencontrado en torno a él. Continúan los cantos, pero aquí en el río el canto es eco, da la impresión de que no sólo se canta para los de aquí sino también para los de más allá, para los lejanos en tiempo y espacio, y se percibe más que en la noche –y ya es bastante decirlo– la dimensión de la reunión, lo extraordinario, por lo ‘ simple’ , por lo honesto y por lo íntimo. Los siete ‘ Juanes’ fueron bautizados ¿A cuál bautizaron? A todos, que es uno. San Juan se da por servido, queda en el aire un rumor de río, unas voces cantando ‘ sirenas’ a lo lejos, unos tambores resonando por allá, esa sensación de baile en el cuerpo... y el pueblo, todo.

Primer finalista: Yiyo de los milagros. Una vivencia. Carolina Jaimes Branger

El relato que ocupa esta página quedó como Primer Finalista del concurso ‘ Así se cuenta la cultura popular’ , organizado por la Fundación Bigott y la Cadena Capriles. Carolina Jaimes Branger, su autora, es ingeniero de Sistemas con maestría en Educación en la Universidad de Harvard. Según el veredicto del jurado, su texto ‘ involucra los imaginarios familiares. En la persona de Yiyo se concentran esos personajes tan cercanos a nuestras familias tradicionales (...). Lleva implícito el tema del patrimonio cultural intangible, que no se toca, pero se siente y forma parte del imaginario de los venezolanos’ .

Se llamaba Gumersindo Serrano, pero para nosotros era simplemente Yiyo.

Llegó a mi casa antes de que naciera mi mamá. No sé cuántos años tendría entonces, pero permaneció con una fisonomía inalterada toda la vida. No le gustaba que le tomaran fotos... sólo muy al final permitió que le tomara una con mis hijas... Menciono esto lo porque la única foto que mi abuela logró tomarle cuando mi mamá estaba pequeña, Yiyo aparecía idéntico a como yo lo conocí y a como lo conocieron mis hijas.

El sombrero de pelo ‘ e guama formaba parte de su cuerpo. Usaba pantalones de caqui que no disimulaban sus piernas totalmente gambetas, lo que hacía que su caminar fuera divertido, pero jamás un impedimento: Yiyo trepaba las matas mejor que un mono.

El jardín era su hogar: Yiyo era el mejor jardinero del mundo. Todo lo que sembraba retoñaba y crecía fuerte y frondoso. Tal vez porque le echaba borra de café a la tierra. Y cuando Yiyo no estaba sembrando o desmalezando, barría. Su escoba era su compañera.

Yiyo era poseedor de una sabiduría ancestral. Pero en mi casa nadie se asombraba por las cosas que él hacía. Eran parte de nuestras vidas, como lo era el mismo Yiyo.

Yiyo podía, por ejemplo, apagar la fogata donde quemaba las hojas secas soplando desde muy lejos. Usualmente lo hacía cuando nosotros nos acercábamos demasiado cuando jugábamos a la ‘ ere’ o al escondite, y pasábamos en carrera desenfrenada cerca del fuego. Cuando crecimos más, jugábamos a brincar sobre la fogata, y siempre, de lejos, Yiyo soplaba y el fuego se apagaba.

– ¡No, Yiyo, no la apagues!–gritábamos.

– ¿Y si te tropiezas? ¿Vas a quemarte las rodillas?–decía invariablemente.

– ¡Yo no me voy a caer, ni me voy a quemar!

Pero era inútil pedírselo.

Cuando nos picaba algún insecto, Yiyo trituraba con sus dedos ‘ tres hojitas’ y nos las colocaba sobre la picada. Tenían que ser tres hojas distintas, aseguraba él. Esa receta siempre me ha funcionado, hasta para las picadas de avispa.

A Yiyo no le gustaban los insectos, porque los insectos se comían las matas que con tanto amor cuidaba. Los gusanos peludos, grandotes y de colores brillantes tenían en él a su peor enemigo. A esos gusanos les encantaba la mata de amapola. Y Yiyo esperaba pacientemente que la mata se cundiera de gusanos. Entonces agarraba un gusano, lo mataba, lo trituraba y lo enterraba al pie de la mata. Al día siguiente, si se veía de lejos, cualquiera creería que el suelo estaba cubierto por una alfombra mullida y multicolor. Pero al acercarse, se daría cuenta de que no se trataba de algo tan estrafalario como pudiera ser una alfombra debajo de una mata de amapola, sino que era una infinidad de gusanos muertos lo que había.

Tampoco le gustaban los camaleones. Tenía una aprehensión especial por ellos. Siempre nos previno que si un camaleón nos llegaba a tocar, incluso a rozar, debíamos tomar agua primero que él, porque el que no tomaba agua primero, se moría.

Una tarde de Semana Santa, mis hermanos y yo estábamos sentados en el murito que había alrededor del jardín donde estaba la mata de rosa de montaña, merendando mangos de bocado. En la mata de rosa de montaña vivían los camaleones. De pronto, un camaleón dio un enorme salto y cayó sobre mi hombro. Fueron fracciones de segundo que resultaron eternas y aterradoras. No sé si fue por mis alaridos o solo porque quería un apoyo para su siguiente salto, el camaleón siguió raudo su camino.

Entonces Yiyo salió de la nada, me llevó a la pila que había debajo de la glorieta de la mata de trinitarias, me metió la cabeza en el agua y me dijo:

– Rápido, niñita, toma agua, toma agua.

Nosotros teníamos absolutamente prohibido tomar agua de la pila: era agua estancada ya que la fuente había dejado de funcionar. Pero la manifiesta angustia de Yiyo y sus advertencias sobre que había que tomar agua antes que el camaleón pudieron más y tomé abundante agua de la pila. Aún recuerdo el sabor entre metálico y mohoso, no sé si por lo malo o por el miedo. Un rato más tarde, Yiyo se apareció con el camaleón muerto.

Si ese día fue una sorpresa que Yiyo hubiera salido de la nada, hubo otro día cuando demostró poseer el don de la ubicuidad.

Era un sábado en la tardecita y Yiyo, como siempre, había salido. Nosotros jugábamos en el jardín y los adultos conversaban en el corredor. Alguien observó lo feos que se veían unos alambres en el lindero con los vecinos. Mi papá decidió ir a cortarlos. Se subió en una escalera, alicate en mano. Cortó el primer alambre y subió dos peldaños más. Cuando trató de cortar el segundo, alcanzó a gritar:

– ¡Me electrocuto!

El alambre estaba amarrado de un cable de electricidad.

Una tía abuela mía gritó:

– ¡Corten la luz! – Pero no había quien subiera al cuarto de los interruptores a hacerlo.

De repente, la luz se cortó y mi papá se bajó de la escalera, lívido. Yiyo, aparecido de la nada, había cortado la luz.

Pero si esta aparición resultó mágica, también lo resultó su obra más insólita. Supimos que era insólita por la reacción de un taxista que estaba en mi casa esperando a un tío mío.

Era uno de los días de fin de sequía y el calor era insoportable. Acabábamos de almorzar y salimos con pesadez al jardín donde esperaba el taxista. Buscamos sombra en la glorieta de la pila. De pronto, un ‘ chiss, chiss, chiss’ nos llamó la atención. Volteamos.

‘ Chiss, chiss, chiss’ .

¡Era una culebra cascabel, armada y lista para atacar!

– No se muevan –susurró el taxista.

En ese instante apareció Yiyo. Su presencia nos calmó. Sabíamos que él se encargaría de la culebra. Estiró el brazo con el que sostenía la escoba en dirección a la culebra y se la quedó viendo fijamente. Fue algo que jamás olvidaré. La cabeza de la culebra comenzó a temblar. Luego le tembló todo el cuerpo. La lengua, segundos antes erecta, le quedó colgando. El ‘ chiss, chiss, chiss’ ahora sonaba más rápido. ‘ ¡Chiss, chiss, chiss, chiss, chiss, chips’ ! Estaba agonizando. Y Yiyo seguía viéndola fijamente, apuntándola con la escoba.

Finalmente cayó muerta. Nosotros celebramos con alborozo. Pero el pobre taxista estaba espantado. Tomó la manguera, se echó agua en la cara, balbuceó algo que no entendimos, se montó en el carro y salió en retroceso a toda velocidad.

Lo mágico de estar con Yiyo lo volví a vivir cuando mis hijas estaban chiquitas y les encantaba estar cerca de él, tanto como le había encantado a mi mamá cuando era niña y más tarde a mis hermanos y a mí.

Cuando yo venía a Caracas, Yiyo y mis hijas pasaban horas juntos. Siempre cerca, pero siempre haciendo algo, porque Yiyo no sabía estar sin hacer nada. Le preocupaba que mi hija mayor no caminara bien y me preparó un mejunje de aguardiente con una culebra morrona que amorosamente envasó en un frasco de vidrio, para que yo le diera fricciones en las piernas. Lo hice con la fe absoluta de que si Yiyo lo había hecho, tenía que funcionar.

Un día me dijo que iba a encargar un chivo vivo, porque la ‘ cagarruta’ de chivo era también muy buena para dar masajes y mejorar los trastornos de la marcha. A todo el que llegaba Yiyo le preguntaba si iba por los lados de Lara o Falcón para que le trajeran el chivo.

Recuerdo el día de las fotos. Yo tenía tiempo pidiéndole que me dejara retratarlo con las niñitas porque conocía su reticencia. Sin embargo, no perdía la esperanza de que se dejara retratar. Ese día se acercó con su escoba y unas mangas que había recogido.

– Toma, para que les des mangas a las niñitas. Y trae la cámara para que me tomes las fotos con ellas –Me dijo.

Yo literalmente volé a buscar la cámara antes de que se arrepintiera. Las fotos quedaron bellísimas. Tal vez Yiyo, con esa intuición que tenía para todos los hechos naturales, intuyó que el final estaba cerca y quiso dejar un recuerdo.

– La muerte está en la mata de manga–Me dijo una mañana. Eso mismo había dicho unos días antes de que mi papá perdiera la vida en un accidente de tránsito.

– ¡Ay, Yiyo, no digas esas cosas!–le pedí.

– Ahí está... pero no te preocupes, me está viendo a mí–dijo con naturalidad.

Yiyo falleció una semana después, un día en que olía a tierra porque había caído un aguacero, justo en el momento en que salió de nuevo el sol, los pajaritos trinaban y un magnífico arco iris cruzaba el cielo de Caracas, desde Petare hasta el centro. Esa maravilla sensorial fue el merecido homenaje de la Naturaleza a su amigo de sombrero de pelo ‘ e guama, alma transparente y generosidad ilimitada.

Segundo finalista: Una bebida de los pueblos originarios... El cují pilao. Julio Morillo

‘ A través de una receta de su tierra, el autor nos introduce en el original y poco investigado y divulgado tema de la geofagia en nuestro país y nos lleva a una ancestral historia de conexión e incluso de nutrición a partir de la madre tierra, con la tierra misma’ . Estas palabras fueron parte del veredicto del jurado calificador del concurso ‘ Así se cuenta la cultura la cultura popular’ (organizado por la Fundación Bigott y la Cadena Capriles), que otorgó a este texto el premio de Segundo Finalista. Su escritor, Julio Morillo, es productor y jefe del Servicio Audiovisual del Instituto de Cultura del Estado Falcón.

Al occidente de Falcón, emergen extensas sabanas pobladas de cujíes, cardones, buches y tunas. Entre esta flora típica de las zonas xerófitas se levantan pueblos como Casigua, Capatárida, Borojó y San Antonio Abab de Mitare, un pueblo ubicado a 43 Km. de la capital falconiana. Mitare es un vocablo indígena que significa ‘ mi tierra’ , aunque otros también afirman que significa ‘ mi pueblo’ . Los paisajes agrestes de Mitare guardan silenciosos pasajes de una historia que comenzó con el paso de Bolívar, el 22 diciembre de 1826. Nuestro Libertador, entre vítores y aclamaciones, cabalgó en su noble corcel y fue recibido por un pueblo elocuente de su testimonio histórico. El cantautor popular don Cheche Acosta Fuguet inmortalizó esta visita en su canción ‘ Bolívar en Mitare’ , en cuya letra resalta que ‘ el libertador paseó en un burriquito hasta el otro lado’ .

Mitare, además de tierra de arcilla y de frondosos cujizales, es epicentro de una tradición donde el barro y el cují se mezclan desde tiempos de la colonia. Aquí los indios caquetíos, tenaces aborígenes que deambulaban por las riberas del río que con el paso del tiempo dio origen al pueblo, degustaron una masa pastosa hecha a base de las vainas del cují y la arcilla, que se conoce con el nombre de cují pilao. El barro fue para los indígenas su cultura, su hábitat, su supervivencia; y es que esta inusual combinación de barro con cují parece haberla degustado incluso el Libertador. Ángel Fuguet, en Mitare, un hito refrescante en la ruta caliente de Simón Bolívar, relata que el genio de América al dejar el poblado evocaría con nostalgia aquel mejunje pastoso que amigos y admiradores le habían dado.

Las riberas donde nació la población de Mitare fueron habitadas por la raza caquetía y dirigidas por el gran Diao Manaure, un hombre valeroso, pero prudente, que ostentaba un cacicazgo muy al estilo de las cortes europeas. A diferencia de Guaicaipuro y, en general, a diferencia de los jefes caribes, Diao Manaure no sufrió penurias y pruebas antes de ser designado cacique. La historia oral cuenta que hasta esas riberas ocupadas por los caquetíos llegaba el majestuoso Orinoco; así de inmenso era el caudal que Orangel Socorro en Oikos, revista del Instituto de Cultura de Falcón, en un número de 2006, dice que ‘ el curso cambiante, sujeto a los aportes hídricos en cabeceras y pliegues topográficos encausaron el recorrido de las aguas del Orinoco’ . Esta vía fluvial permitió que los indígenas que habitaban el Orinoco se desplazaran y llevaran sus costumbres más allá de sus territorios. Uno de esos grupos fueron los otomacos. José Gumilla (1686-1750) en su libro El Orinoco Ilustrado se refiere a las características de los indios del Orinoco manifestando que eran geófagos, igual que nuestros caquetíos. Otra referencia la tiene el alemán Alexander Von Humboldt quien plasmó en su investigación que los otomanos, cuando escaseaban los peces, solían ‘ Comer tierra, durante varios meses’ .

Esta característica es la génesis de la bebida autóctona que aún perdura en la población de Mitare. La geofagia no es extraña en los pueblos de Falcón. Nuestras abuelas cuentan que los niños se levantaron comiendo tierra; los primeros años de la infancia las madres solían dejarlos gatear por los pisos y los solares de las casas; son innumerables los cuentos de pequeños que se acostumbraron a ingerirla, acción que venía acompañada de una reprimenda. Hay indicios de que a muchas mujeres en estado de gravidez también les provoca comer arcilla.

Ramón Fuguet Acosta, escritor falconiano, en su libro Aquel Mitare de mi niñez, nos habla del cují pilao como un dulce, y expresa que el hábito de ‘ chuparlo’ era signo de orgullo para el gentilicio del mitarero, y para obtenerlo se debía ir hacia las Vegas del Río, sector del poblado, ya que allí se recolectaban bayas dulces. Hacer cují pilao era ubicar las tierras arcillosas de la hacienda ‘ Otra Banda’ y ubicar los cujíes más frondosos.

Se recogían las vainas pintonas con un color verdi-amarillo, ya que garantizaban ser las mas jugosas, y tienen mas proteínas; luego se hacía un hueco, que según Ramón Fuguet Acosta, tenía una profundidad de medio metro de fondo y seis pulgadas de diámetro. Las bayas se iban echando con algo de agua, y se mezclaba con la arcilla, dándole golpecitos a la tierra. Cuando la masa de arcilla y las bayas estaban listas, se dejaba macerarla por varios días, y luego se extraía en pequeñas pelotas que los jóvenes de su época chupaban para tragarse el jugo. Esta acción mostraba a una juventud jocosa; chupar el cují pilao se convertía en competencia, para ver qué caras se llenaban más de lodo; al final, la escena era como si hubiese pasado un carnaval donde el barro servía de máscara.

Consumir el cují pilao es degustar los sabores de la madre tierra, su textura es agradable, muy dulce, la arcilla se deshace como la azúcar; pero la más grande sensación es chupar las vainas, ellas tienen un sabor azucarado y las semillas que desprende no se tragan solo se chupan.

La señora Betty Sánchez es en la actualidad una artesana del barro y de la dulcería autóctona; prepara el cují pilao buscando la arcilla en un sector llamado ‘ Las Vegas’ , distante a una hora de camino del poblado de Mitare. Según su experiencia, el barro de esa zona es más dulce y las vainas del cují son grandes y jugosas. La selección de la vaina es fundamental, ya que no todos los cujizales dan el mismo sabor, hay vainas de cují, amargas y otras ácidas.

En cuanto a la arcilla, también según la zona posee características especiales, en Miraca, pueblo prehispánico de la Península de Paraguaná, se consigue una arcilla ideal para hacer lozas; en la población de Agua Larga, municipio Federación del estado Falcón, la arcilla es ideal para hacer ladrillo y tejas; y hay otro tipo de arcilla que mezclada con hierba sirve para hacer ‘ la torta’ , una especie de masa que permite construir las paredes y los techos de las casas.

La forma de preparar el cují para la señora Betty viene de generaciones atrás. Comenta que su abuela lo hacia en un pilón, donde solía echar algo así como medio kilo de arcilla, la cual se introducía poco a poco con agua y vainas de cují y se pilaba como si se tratase de maíz. El golpe del mazo con el pilón va adquiriendo una sonoridad en la medida que la masa de arcilla y vaina va agarrando consistencia. Terminado el procedimiento se saca del pilón la masa o ‘ bola’ y se deja macerar por dos o tres días; luego se puede consumir como una conserva cualquiera. Añade la señora Betty que el cují tiene propiedades medicinales: El mitarero la usa para subir la hemoglobina, las plaquetas y para limpiar el hígado.

La profesora Rosalina Acosta, digna representante de Mitare e investigadora popular, nos cuenta otra versión sobre la maceración de la masa. Nos dice la profesora que hay gente que entierra la masa pastosa en envases de arcilla durante 15 días. Posteriormente se saca el cují y se le agrega hielo para convertirlo en una refrescante bebida que posee, según los consumidores, propiedades afrodisíacas. El mitarero sustenta esta afirmación por los efectos que causa en los burros consumir cují, al ponerlos ‘ rifosos’ , algo así como galantes y deseos de aparearse. Comenta Rosalina que el cují pilao ha permitido que los mitareros sean gente robusta, fuerte y hasta longeva.

La tradición oral aún mantiene viva esta costumbre de hacer, chupar y beber el cují, una costumbre geófaga que los indios del Orinoco, como los otomacos, practicaban en épocas cuando escaseaba la comida, y que luego fue asumida por nuestros indios caquetíos. La tradición geófaga sobrevive aún en la selva de cemento en la que se han convertido nuestros pueblos y ciudades, pero más allá de esa masa de barro y cují, hay una historia de la cultura aborigen que debemos mantener viva.

Tercer finalista: Manos torcedoras del sueños... Rafael Sanabria

Este relato ‘ histórico y etnográfico’ –según palabras del jurado– fue reconocido como Tercer Finalista del concurso ‘ Así se cuenta la cultura popular’ , organizado por la Fundación Bigott y la Cadena Capriles. El veredicto señala que el texto ‘ ofrece una minuciosa aproximación a un oficio tradicional en vías de extinción’ . Rafael Sanabria, su autor, es maestro de Física y Matemáticas con estudios de postgrado en Planificación y Evaluación de la Educación. Ha escrito siete libros, todos vinculados a la vida de El Consejo (Aragua), lugar donde está siendo postulado como cronista de la ciudad. Su más reciente título lleva por título Aldea de amor.

Aquel pueblo de El Consejo una aldea taciturna de calles polvorientas, de faroles y serenos en las esquinas, de casonas coloniales, con amplios y largos corredores, de ventanales y zaguanes abiertos a la brisa impetuosa venida de los verdes cañamelares, era una comarca que dormía a puerta abierta y recibía el alba con el rústico sonido del ‘ tric...trac...tric...trac’ de las carretas de mulas. Así era de inocente y plácido el pueblo, salvo las fuertes pinceladas nocturnas del silencio, que tejían fábulas en la mente inocente de los lugareños pisatarios de la tierra bendita de Nuestra Señora del Buen Consejo, dícese de la Mula Maneá La Sayona, del encamisonado, de los encantados del pozo la aguá y la curva de La Luisa. Así era la pureza y virginidad de aquel pueblo de El Consejo, donde nacía la cultura de torcer tabaco, que practicaba aquella juventud de rostro lozano, de manos sutiles, de ojos con brillo de futuro, muchachas que vieron en la hoja del tabaco un sueño a perseguir. Esta sería la primera industria de aquella aldea de dulce visaje y tan reposado y familiar tono de vida. Un pueblo que al caminante de sus calles le iba abriendo ventanales y portones de viejas casonas, que al fondo mostraban la postal de una cándida mujer detrás de una banca, al lado de una prensa y con una chaveta en mano envolviendo los sueños en la hoja de tabaco. Sería el viejo oficio una fuente de empleo para las jóvenes o no jóvenes de la población, cuyo ingreso permitió enfilar familias y darle gentilicio a un pueblo. Del trabajo fatigoso de estas damas, amas de casa en su mayoría, darían a la población samanes valiosos en profesionales de renombre, honra y prez de una personalidad edificante a todo evento, forjada en el quehacer humanitario y las bondades de un altruismo que jamás les abandonó.

Benditas aquellas manos torcedoras de sueños. Sean ellas la historia que cuenta lo que somos en el lugar en que hemos sido. Manos que muy lejos de reflejar los misterios del tiempo y de sus propias vidas respiran permanencia; manos que alzan sus voces –nada sigilosas– para adentrarnos en lo mágico de sus propias existencias. Les imagino a estas manos torcedoras de sueños paredes inamovibles donde comienza la memoria de una realidad pintada, cantada y amada, sin permisología de nadie puesto que son ellas sus propias dueñas.

La tradicional industria del tabaco tiene trono y señorío en esta aldea. Dejó como huella imborrable un ejemplo de constancia, de perseverancia, de aquello que hizo posible cocinar aquel largo y aventurado viaje poblado de ilusiones, y que hoy se cuenta en realidades.

Es necesario destacar que el viejo oficio tabacalero, convertido en arte en aquellas manos torcedoras de sueños, consistía desde la aurora en una faena compleja. Primero se humedecía la capa y el capote, para que estuviesen suaves y manejables. Seguidamente se le sacaba la nervadura o vena, se planchaba por separado la capa y el capote y se colocaba envuelto en un pedazo de tela destinada para tal función. Se realizaban los morrones con el capote y la tripa y luego se colocaban en el molde; al llenar todos los espacios del mismo se tapaban y se llevaban a la prensa, para sacarlos media hora después. La capa se estira entonces en la tabla de la banca y con la chaveta se cortan tiras transversales que sirven para cubrir los morrones y así pulirlos. Con una pega preparada con harina de trigo, almidón, agua y limón, se pegaba el extremo llamado pico, que en algunos casos se cortaba o se redondeaba con el dedo índice para finalizar el tabaco. Posteriormente, los tabacos se agrupaban en mazos de cincuenta y se amarraban con pabilo con sus respectivos anillos. Ese era el día a día de las nobles mujeres de aquel pueblo callado pero de coraje y empuje para el trabajo que deja frutos.

En la palabra viva de aquella generación de torcedoras de tabacos, se revive cada anécdota como sí el ayer se posara caprichoso en cada tertulia. Se recuerda ‘ El Pacotilla’ , primer tabaco elaborado de manera manual vendido a dos por centavo, y también el ‘ Mechita’ que era el de mayor valor y ‘ El Guacharo’ que era el de a locha. Con el devenir del tiempo nacen tabacos de molde con nombres como Molde Nº 8, Virginia y Madeja, por los que se cobraba cinco reales por doscientas unidades. Cabe destacar que los solares de las viejas casonas eran espacios oportunos para la siembra de la planta denominada tabaco. Así como también se cultivaba en asentamientos campesinos aledaños como El Conde y quebrada Seca de Urbina.

A manera de reminiscencia... cuando se inició la industria manual del tabaco no existía la picadura (relleno), y por tal motivo se utilizaba la tripa (retazos de hojas) en su lugar; estos retazos de hojas se sumergían en calderones con clavo, canela y otras especies para darles aroma. Este viejo oficio tenía un ingreso de un bolívar diario por doscientos tabacos, que ciertamente convergían en las recordadas pulperías, donde de manera tácita se hacían las compras necesarias para la despensa del paciente hogar.

Benditas por siempre aquellas manos torcedoras de sueños, que desafiaron mañanas frías, tardes de sol calcinantes y noches de claro de luna, donde el futuro aproximaba lo que hoy nos permite decir que hay historias sin rejas y sin crimen, porque aquel pasado glorioso y encomiable vuelca su presencia en la ruta eternizada del buen vivir.

Más que un sustento, torcer tabaco era la tertulia y la velada en cada hogar de aquel pueblo, donde se contaban chistes y anécdotas graciosas de unos y otros en horas interminables. Aquella aldea albergaba a los postreros románticos del vivir y del pensar.

Era un pueblo de buenas costumbres –casi patriarcales aún–. Sus habitantes se recluían en los hogares en cuyos patios se hacía tertulia detrás de la banca de torcer; esta banca era el confesionario de los sueños de aquella noble mujer que, olor a tabaco en rama, escribía al costado una historia de tinta y papel. Este pueblo a quien le nombro vivió más de un siglo de torcer tabaco; en cada casa había una banca y una chaveta y los implementos necesarios para la faena. De la palabra ‘ chaveta’ surgió aquello de ‘ fulanito está eschavetado’ . Hoy por hoy sólo nos quedan aquellos pocos vestigios que han podido ser preservados en las salas de aquellas viejas casonas que atestigüan que hubo una historia que nos dio nombre y apellido. Desde que uno abre sus primeras páginas la palabra labrada no permite extravíos, las torcedoras de tabacos nos recuerdan que las cosas y los lugares nombrados tuvieron asiento de realidad. No es visible un pueblo sin quien lo mire no lo sueñe, igual ocurrió con la humilde torcedora de tabaco, y conviene aquí recordar de que santo barro prevenimos.

Repito, benditas aquellas manos torcedoras de sueños que nos dieron nombre y nos bautizaron para poblar el mundo. Siempre serán recordadas con beneplácito, con la belleza del trabajador que endurece sus manos y que dejó la lección de la amistad, la solidaridad, el compañerismo y la carga dura. El recuerdo no cesa, por el contrario, permanece, al menos para quienes las figuras de las torcedoras de tabaco nos resultan aliento, ejemplo y gentilicio. Hermoso sueño que nunca termina, siempre amanece con la esperanza de un futuro mejor.

Mención especial: Tradición de alianza, donde el pan creció por la panela presentado. Frederick Jiménez

El siguiente relato obtuvo una Mención Especial del Jurado, del concurso ‘ Así se cuenta la cultura popular’ , organizado por la Fundación Bigott y la Cadena Capriles, por lograr conectar ‘ con el mágico mundo de los sabores y los olores, al tener como centro la tradición popular del pan andino y los secretos de su elaboración’ . Frederick Jiménez, su autor, estudió Comunicación Social en la Universidad de Los Andes y dedicó su trabajo de grado a la investigación de los panes andinos como tributo a la región tachirense.

Desde las seis de la mañana, se perfuma el aire con un dulce olor a aguamiel se desprende desde los calientes hornos; un coqueteo edulcorado para los habitantes de este valle, que ahora recuerda viejos días fríos, cada vez más escasos en estos tiempos, y que caen rendidos a la suavidad, al esponjoso corazón de un buen pan tachirense.

Ese mismo néctar mañanero y de media tarde, el aguamiel, simple panela hervida en agua, se corona como la bebida por excelencia del tachirense. En San Cristóbal, aún esta bebida mantiene su bien ganado reino; la misma que, en siglos pasados, mantuvo fuertes a pobladores, libres de enfermedades y epidemias. Este néctar ayudó a que los años se extendieran en la vida del hombre, superando las cortas estancias en este mundo de los que se encontraban fuera del reino (el del aguamiel), durante los primeros años de la joven Venezuela.

En animosa charla, están sentados los miembros del Circulo Gastronómico del Táchira y el invitado, el doctor Rafael Cartay, investigador pionero de la alimentación de Venezuela y América –canoso, de palabra fluida, risueño y preguntón como un ‘ pelao’ –. El doctor Cartay entre expresiones vislumbra, que si es de hablar de los primeros usos de la panela –que nos vino también importada de España, con la llegada de la caña–, era esta la que endulzaba los alimentos y bebidas de las clases bajas, siendo el azúcar blanca, la refinada, destinada a los de ‘ alta’ , a los ‘ refinados’ de la Colonia. Además, recuerda Cartay al papelón en su cilíndrica forma, mayormente llamado y presentado de esa manera en las regiones centrales. Con el almibarado y breve transitar histórico expuesto sobre la panela, se podría inferir que quizás algún descuido en el trapiche dejó olvidado el oscuro dulzón en líquido, dando paso libre a la fermentación, e iniciando así la curiosidad en su manejo como levadura. Ahondando en los terrenos de la suposición se pueden esclarecer caminos que podrían, al menos, disminuir nuestras inquietudes sobre los inicios del uso de la tlvina.

En repetidas ocasiones, he oído de boca de los más reconocidos investigadores y dedicados al oficio panaderos, que lo imprescindible para el amasado y confección de un buen pan en San Cristóbal es la llamada tlvina, suerte de mezcla entre agua, panela y harina de trigo. Dicho en palabras de Sebastián Alviarez ––con su particular gracia, su rostro marcado por los años y su pasión por la panadería– sí existe una receta para confeccionar una buena Talvina:

Usté agarra una pipa, un barril grande, si es de madera mejor, de esos donde venía el vino, de 100 litros, echa agua, coge unas 18 o 24 panelas y unos 3 potes de harina de trigo. Con un palo largo, o se arremanga la camisa, y con los brazos bata fuerte eso. Si tiene pan viejo, más no podrido, también échele en el fondo, que lo hace enfuertar, al batir bien esa harina hasta que queda como una mazamorra; coja otro pote de harina y se lo echa por encima, tape la pipa y lo deja hasta el otro día; eso saca burbujas.

Dicho esto, es la fermentación y, al mismo tiempo, el sabor único de la panela, lo que le da la particularidad a nuestro pan, que en la búsqueda de mantener calientes los cuerpos, adhirió más carbohidratos con la dulce mezcla y la manteca.

Es la benevolencia del tachirense de no negar nada, sobre todo en cuanto a comidas se trata, lo que fomenta la sabrosura y la contextura del pan: es pesado, doradito y siempre oloroso. El nuestro es un pan dulce, que contó con dos factores fundamentales, sacados a colación por Cartay: el primero es que, hasta 1925, el mayor productor de trigo en el país fue la región andina; y, en segundo lugar, que en estos valles también se daba el cultivo de la caña de azúcar, traída por Cristóbal Colón hasta la isla La Española, pero que después llegaría a estos parajes tachirenses por otro lado, Colombia y el Tocuyo. Entonces, ese gusto por lo azucarado desde tempranos días de la fundación de pueblos andinos se instaló en las vegas de los ríos y quebradas de San Cristóbal y La Grita, que tenían tablones para procesar la caña.

Por las necesidades físicas, tal vez, los indígenas, los negros y, esclavos de los conquistadores, usaban guarapos de panela fermentados para cumplir cabalmente las horas de dura faena, además de agarrar una leve borrachera, porqué no. En los páramos las infinitas alturas y el frío pelaban y enrojecían sus mejillas y se dificultaba, aún más, el trabajo humilde del agricultor. El sabroso guarapo era sustituto del agua y se tenía en múltiples usos, incluyendo hacer amasijos, que permitieron la aparición de los primeros productos trigueros como las paledonias, motivados por el afán de hacer alquimia con el cereal y el dulce líquido. Relata Leonor Peña, gran escritora del acervo gastronómico tachirense y autora de La Cocina Tachirense, que alguna vez leyó sobre el juicio de un encomendero a un indio durante la Colonia. Al parecer, el indio le había robado parte del trigo que enviaba a la iglesia para la elaboración de las hostias; este aprovechaba aquello para amasar con aguamiel y, sin darse cuenta, junto a varios que hacían lo mismo comenzó a amasar el pan dulce tachirense.

Con el pasar de los siglos, esta expresión culinaria se ha ‘ fermentado’ tal cual talvina y ahora es reconocida hasta a nivel internacional; claro está, que todo esto después de un recorrido por los anales de un país, de una región donde, tomados de la mano, panela y trigo, se fundieron para siempre y ahora representan la gentileza de un pueblo que después de arrebatos, penas y alegrías, sigue ofreciendo su mejor presente para dar bienvenida a todo aquel que llegue: el dulce y esponjoso pan. Cuando se parte un pedazo de pan tachirense, increíblemente se endulza el ambiente y se aligera el tiempo y la densidad del ambiente donde se encuentra se puede degustar desde el primer golpe en la nariz esa mezcla de harina y guarapo, que apacigua los estómagos locos que se remueven ante exquisito alimento. Por algo, los primeros vendedores, sin importar lo difícil del camino, agarraban su mula y ponían en un palo transversal, de lado a lado, cajas de madera recubiertas con laminas de zinc, adornadas por fuera con listones y esquineros de metal, llenas de panes variados. Parafraseando a Hernán Rosales, en su trabajo A la luz de los Candiales, el hombre de ruana, que arropaba con blancos paños la mercancía, pregonaba por todos lados ‘ ¡pan dulce y pan de sal!’ , o con una campana, demostraba su presencia cuando la garganta suplicaba descanso y, quizás, se echaba un palito de fuerte guarapo. Ese vendedor colmaba a todos los clientes con semejante manjar, demandado con insistencia para motivar esas largas travesías por las frías montañas.

El Táchira, lleno de tierras fértiles que hacían crecer exitosamente la caña y el trigo, facilitó el trabajo y el consumo de las dulces mieles que dejaban los fibrosos y delgados tallos. Al jugar con las aguas oscuras almizcladas, amasando la harina, aumentando esta con la fermentación de la panela y adicionado todo con la entrega del que cocina, se produce una satisfacción única: ver los rostros complacidos de quienes prueban trozo a trozo el pan. El pan crece por la panela, no sólo literalmente, el pan creció tanto, que las calles de San Cristóbal aún están invadidas por la gracia de los panaderos, fomentando una tradición que ni se quema ni se arrebata.

Mención especial: El San Juan Roto de la Vega. Hernán López de Caracas

A partir de un asesinato ocurrido a finales de los 90, Hernán López narra la historia de una manifestación popular en medio de la ciudad. En palabras del Jurado, en este texto –reconocido con una Mención Especial del concurso ‘ Así se cuenta la cultura popular’ – ‘ el autor enfrenta el dolor con la escritura, y desde la complejidad de su situación, convierte el caso en un hecho literario de interesante forma; en el que además, se pone en evidencia cómo puede ser amenazada la continuidad de una manifestación popular’ . López es abogado de profesión y palitero de la fiesta de San Juan de La Vega, en Caracas.

Los trozos del santo yacían regados al frente del hospital. Algunos miembros de la cofradía, con los curiosos de costumbre, trataban de reunir, en medio del llanto, los pedazos en un intento por salvar, al menos, la figura de yeso del patrono. Era de suponerse, Willians Ochoa, impotente, había deshecho la venerada imagen contra el asfalto. Todo, en un impulso de rabia por el trágico momento. Dos disparos alevosos, cuyo eco fúnebre ahogó los cánticos y repicar de los tambores, transformándolos en gritos de terror y confusión, habían segado la vida de William Alexander, su hijo. El primer capitán fue asesinado ese 5 de Junio de 1999 en el primer repique de las fiestas en honor a San Juan Bautista; acto reconocido, por abrir el ciclo de esta celebración en toda Caracas. Aun así, el santo no hizo nada para impedirlo. Él, era responsable en gran parte de lo acontecido. Bajo su protección, como fue pactado hacía 17 años, estaba la integridad del muchacho.

Al ver la imagen hecha trizas, la misma que cruzó el atlántico para acompañarnos en aquel viaje a algunos festivales folklóricos en Europa, sentí escalofríos. Aunque también, decepción y, por momentos, estuve de acuerdo con Willians; a quien, curiosamente, una cruz de metal portada por el santo en lugar del cayado, se le clavó en un pié en el momento del arrebato. Pudo ser un castigo; pero San Juan tenía en parte culpa de aquel terrible desenlace.

La historia comenzó en 1983, cuando el niño, de un poco más de un año, ingirió una sustancia química para limpiar cocinas, altamente tóxica. Al ser trasladado al centro asistencial, los médicos, después de hacer lo humanamente posible, aclararon que sólo de un milagro dependía la vida del negrito.

Willians Ochoa ya trabajaba con la música afro venezolana, pero sin profundizar en los ritos inherentes al santo. Ese momento fue el punto de partida. Necesitaba un milagro para su hijo, y San Juan, como le habían asegurado, tenía la llave de la puerta.

‘ ¡Pídele..., que él es el abogado de las causas difíciles!’ .

Así fue. El nuevo devoto abrió su corazón a la fe y el pacto quedó consumado. Era sencillo, San Juan haría el milagro y él organizaría cada año las fiestas en su honor en el barrio. Esto, hasta que el niño cumpliera los 15 años cuando, honrada la promesa, le entregaría el santo para que decidiera si las ceremonias continuaban.

San Juan es poderoso. El negrito se salvó y las fiestas fueron realizadas cada 24 de Junio. En cada oportunidad, optimizando el programa de actividades. Año tras año, superando a la anterior celebración en fastuosidad, promesera y asistente. Hasta turistas extranjeros han llegado para disfrutar con nosotros. Sin duda, hoy por hoy, son las mejores y más famosas de Caracas. Responden a todas las características de las fiestas de un pueblo. Incluso, con misa de media noche y dándole la bienvenida al santo entre repiques de mina dentro de la iglesia. Es impresionante como se ha arraigado tan a fondo una manifestación rural dentro del contexto urbano.

Confieso que en oportunidades estuve en desacuerdo con la realización. Esto, por la inseguridad que envolvió al barrio al estallar la guerra entre bandas armadas; aunque tal situación, a excepción de aquel momento marcado por dos miserables disparos, no ha opacado la alegría y emoción generada por las fiestas. La armonía ha desbordado la violencia. Incluso por esos días, los antisociales pactan una tregua, disminuyendo los índices delictivos de la zona.

Nunca olvido las del tercer encuentro de los santos negros en 1993. Por tres días los tambores repicaron en tributo a nuestro San Juan y sus honorables invitados: San Benito y San Antonio. Vasallos, tamboreros y paliteros parroquianos revivieron las pasiones y sentimientos de nuestros antepasados africanos, en un rincón del barrio. Aquella vez, la mayor curiosidad la despertó San Benito, patrono de Gibraltar en la costa sur del lago. No fue fácil sacarlo del lugar. Requirió el cumplimiento de algunas formalidades con la iglesia y lo más importante, recibir el beneplácito de su pueblo. Este santo, de aproximadamente un metro de alto, y quien contaba con más de trescientos años sin salir del lugar, impresionaba por el tamaño y un efecto extra sensorial que inspiraba su figura.

‘ ¡El santo está arrecho!’ . Escuché decir al meterlo en la iglesia después de procesión.

¡Uno lo toca y transmite una sensación extraña!’ .

A veces, parecía sonreír, más, cuando los tambores repicaban con mayor energía, intensidad que desbordó la plaza San Martín, donde cerró el encuentro en un acto colmado de emoción.

‘ ¡El santo no se quiere ir!’ .

De verdad, observé en la cara de San Benito reflejada la tristeza. Él debía tornar a su pueblo y no quería. Nadie quería partir. Abatido, regresé a mi hogar lamentando los momentos que al dormir, vencido por el cansancio, me perdí. Esa noche, al cantar los gallos, estaba con los ojos dormitados pero el alma despierta y un canto en mis adentros martillándome la melancolía.

...A la la, la la la, la la la;

Cantan los pajarillos

Cantan los pajarillos

Y yo quiero amanecé...

Al arribar Willians Alexander a los 15 inviernos, su padre, custodio de la tradición, le entregó el santo. Las fiestas continuaron. Y desde ese momento con la banda de primer capitán, el negro de Willians y Betty fue el más preocupado por el buen desarrollo de las mismas. El eco alegre de los tambores siguió retumbando en cada espacio del barrio. Sólo el eco de aquellos dos disparos resonó con mayor intensidad; aunque fue incapaz de enmudecer el repicar de laures y cueros.

‘ ¡Papá, pase lo que pase, no paren los tambores!’ .

Fueron sus últimas palabras ahogadas por la agonía. Esto, en presencia de testigos que al abrirse la investigación policial, nada vieron. Entrando el caso en los anales de la impunidad que carcome la balanza de la justicia.

San Juan sí hizo un milagro. Es mi deducción. Ni el padre, tíos y primos más cercanos del negro, por rara coincidencia, estuvimos presentes en el nefasto momento. De lo contrario, la tragedia hubiese sido mayor. El santo lo sabía. Y sólo él sabe el por qué de tan doloroso e inexplicable final.

Pero Willians Alexander no se fue solo. El San Juan roto también iba en el ataúd que avanzaba entre banderas de múltiples colores, ondeando al compás de un conmovedor sangueo. Así lo dispuso la gente. Si siempre estuvieron juntos, ¿por qué separarlos? Su padre, varias veces vio una intensa luz iluminando el cuarto del negrito cuando era bebé. Esta desaparecía al apenas asomarse. Al interrogarlo sobre el fenómeno, sonriendo señalaba la imagen. En otras oportunidades, su madre, lo oyó hablar con alguien en el recinto y al entrar, estaba solo; solo con el San Juan. Siempre estuvo con él y con él, debía irse... para siempre.

‘ ¡Papá, pase lo que pase, no paren los tambores!’ .

La sórdida frase no fue una súplica, fue una orden. William Alexander era el primer capitán y esa, su última voluntad, aun con el dolor que significaba, debía cumplirse.

Y no pararon. Con una imagen más joven, convertida en el nuevo contacto para recibir las bendiciones del santo, las fiestas han continuado. Aunque por falta de recursos, con menos espectacularidad que las anteriores. Un año, Willians Ochoa estaba decidido a no realizarlas sin consultar al barrio. Fue un error, porque las fiestas en honor al Bautista ya no era un compromiso personal, también lo es del barrio, en donde las asumieron como suyas, y así se lo manifestaron con humilde y abrumador apoyo.

Y no pararán. Ni los cuerpos policiales, por motivos de seguridad, pudieron suspenderlas en el 2009. La comunidad en pie de guerra salió a defenderlas. Salió a luchar por su patrimonio, como lo aprendió del padre Francisco Wuytack. Así, cada 24 de junio, los tambores estremecen el barrio El Carmen de La Vega, y hasta la oscuridad de un frío sarcófago en el cementerio, se filtra el eco del repicar de los cueros arreando la perra, el café con pan de los paliteros; los cantos, el frenesí, la locura y los gritos estentóreos que el San Juan roto, con un fardo de milagros y viejas alegrías, junto a una adolescente osamenta con una banda de primer capitán y a quien acompaña en aquella soledad de ultratumba, escucha con emoción,

‘ ¡Buen día Juan, buen día Juan, hoy es tu día!

¡Que no se paren!, ¡Que no se paren!, ¡Que no se paren!’ .

Veredicto del jurado

CONCURSO ‘ ASI SE CUENTA LA CULTURA POPULAR’

Jueves 30/09/2010

La convocatoria al concurso ‘ Así se cuenta la cultura popular’ traía consigo una visión y un reto. Por una parte, la convicción de que los elementos populares de nuestra cultura no sólo permanecen, sino que florecen en cada ser sensible de nuestro país desde la particular óptica del entorno y la vivencia. Por otra parte, reafirma el compromiso social tanto de la Fundación Bigott como de Últimas Noticias.

Los resultados están a la vista. En el plazo establecido se recibieron 51 trabajos. Así que cuantitativa y cualitativamente fueron superadas las expectativas de la convocatoria; de tal forma, que fueron necesarios concentrados esfuerzos para decidir el dictamen final. Los trabajos seleccionados se convierten en un desplegado de expresiones, formas de exposición, temáticas, recuerdos, sueños, cotidianidades y valores que, con seguridad, aportarán a los lectores una gama de sensaciones conducentes al compromiso de avanzar en la preservación de lo nuestro.

Por todo ello, manifestamos públicamente nuestro orgullo y satisfacción al enunciar el siguiente Veredicto.

VEREDICTO

El Jurado integrado por Jaime Barres, Luis Galindo, José Esteban Pérez, Lil Rodríguez y Ocarina Castillo, reunidos en la mañana del miércoles 29 de septiembre de 2010, en el Museo Nacional de las Culturas, para determinar el resultado definitivo del Concurso ‘ ASI SE CUENTA LA CULTURA POPULAR’ , resuelve:

1- Declarar GANADOR el trabajo titulado Un pueblo, dos días, siete sanjuanes presentado con el seudónimo ‘ Nivar’ y cuyo autor es Nelson Meléndez de Yaracuy.

El Jurado considera,

• Que el trabajo constituye una narrativa construida desde el interior de la manifestación; que al estar impecablemente contada, seduce, involucra y logra introducir al lector en la dinámica genuina de la misma. El texto está muy bien escrito, con manejo del recurso del idioma que logra que el lector se sienta identificado con el ser venezolano.

• Que estimula el interés por el conocimiento de nuestras tradiciones populares, y en este caso, sobre una de las devociones más populares y extendidas en el territorio nacional. El relato es un aporte novedoso que contribuye a la comprensión de una variación importante de la celebración de San Juan de Yaracuy, por cuanto no es tan conocido como los de la región costera venezolana.

• Que resulta muy original la reunión de los santos y enlaza la celebración con lo mejor de la condición humana.

• Que evidencia un conocimiento profundo de la manifestación cultural que el autor describió, además de un profundo afecto por el entorno en que se generó este relato. La lectura de este texto evoca algunas páginas de autores emblemáticos como Juan Pablo Sojo y Juan Liscano y permite a los lectores encontrarse con sus propias imágenes de San Juan.

2- Declarar PRIMER FINALISTA el trabajo titulado: Yiyo de los milagros, ina vivencia, presentado con el seudónimo ‘ Aragua’ y cuya autora es Carolina Jaimes de Caracas.

El Jurado considera,

• Que es un relato muy bien escrito, desde un enfoque intimista, que involucra los imaginarios familiares. En la persona de Yiyo se concentran esos personajes tan cercanos a nuestras familias tradicionales, que sin serlo, forman parte de sus afectos y cotidianidades y que guardan los secretos y los saberes. Lleva implícito el tema del patrimonio cultural intangible, que no se toca, pero se siente y forma parte del imaginario de los venezolanos.

• Que involucra las tradiciones, los remedios populares, la riqueza de la sabiduría popular que ha permanecido fundamentalmente por vía de la tradición oral.

• Que a través de un personaje que resulta familiar cuando se ve desde la perspectiva de los pueblos, alude a un conjunto de cosmovisiones, expresiones mágicas que están en nuestros pueblos y que lleva al lector a evocar y conectarse con sus propios imaginarios.

• El afecto y respeto de la autora por el protagonista de este vivencial cuento, da luces en torno a la gratitud natural ante quien aporta felicidad y conocimiento a nuestras familias y vidas.

3- Declarar SEGUNDO FINALISTA el trabajo titulado: Una bebida de los Pueblos originarios...El Cuji Pelao, presentado por su autor Julio Morillo de Falcón

El Jurado considera,

• Que a través de una receta de su tierra, el autor nos introduce en el original y poco investigado y divulgado tema de la geofagia en nuestro país y nos lleva a una ancestral historia de conexión e incluso de nutrición a partir de la madre tierra, con la tierra misma.

• Que el autor presentó soportes y contextualización del tema abordado, haciendo una aproximación desde lo descriptivo como recurso literario, en el cual se muestra a quien lo lee cómo el cují pelao es más que una bebida o una receta, por cuanto empalma datos con la historia de una planta que en su humildad falconiana y regional nutre a todo el que se acerca a ella.

• Que este texto aporta el tema de la alimentación al conjunto de los premiados, reivindica al cují y llama a su revalorización.

4- Declarar TERCER FINALISTA al trabajo titulado: Manos torcedoras del sueños... presentado por Rafael Sanabria de Aragua.

El Jurado considera,

• Que el autor presenta un relato histórico y etnográfico que ofrece una minuciosa aproximación a un oficio tradicional en vías de extinción y reconoce la calidad de la escritura y el texto.

• Que el autor también se planteó los elementos de pertenencia afectiva y regional al mostrar el papel de las tabaqueras en la construcción de identidad del pueblo donde se desarrolla el relato.

• Que en el texto subyace la contradicción que se plantea entre la tradición y la modernidad.

5- Asimismo el Jurado resolvió, por unanimidad, otorgar dos Menciones Especiales:

5.1. La primera de ellas se otorga al trabajo: Tradición de alianza, donde el pan creció por la panela presentado por Frederick Jiménez.

• Un relato que desde la aproximación sensorial, conecta inmediatamente con el mágico mundo de los sabores y los olores, al tener como centro la tradición popular del pan andino y los secretos de su elaboración.

• El buen formato de investigación queda unido a una sensible narración en la que se evidencia un conocimiento exhaustivo respecto a la técnica del pan andino y su historia, con lo cual el autor contribuye a enriquecer nuestro conocimiento sobre gastronomía venezolana y en particular, sobre el tema de los panes dulces.

5.2. La segunda Mención Especial se otorga al trabajo El San Juan Roto de la Vega, presentado por Hernán López de Caracas.

El Jurado otorga una mención especial a este trabajo por considerarlo un ejemplo interesante sobre narrativa de la cultura popular urbana.

• Se trata de un episodio que se desarrolla en la década de los ochenta, a través del cual se muestra cómo se desarrollan las manifestaciones culturales en la urbe y cómo la violencia urbana pasa a ser un retrato doloroso en esas manifestaciones.

• El autor enfrenta el dolor con la escritura, y desde la complejidad de su situación, convierte el caso en un hecho literario de interesante forma en el que además, se pone en evidencia cómo puede ser amenazada la continuidad de una manifestación popular.

• La tradición del San Juan es vista desde un relato de la violencia urbana, con una dinámica distinta y citadina.

CONSIDERACIONES FINALES

• Queremos destacar la representatividad de los trabajos, ya que hubo diversos recursos narrativos y variados formatos que fueron desde la investigación y la descripción en forma de crónica, hasta la misma acción protagónica. En especial subyace a muchos de los trabajos la intencionalidad de la investigación-acción en la medida en que los autores son participantes

• De igual manera resultó gratificante la variedad temática: tradiciones, vivencias directas, saberes y sabores, el mundo mágico-religioso, los oficios, lo rural como hecho cotidiano, y también lo urbano como significante de otra expresión popular de la cultura.

• Hubo representatividad de todas las regiones del país, detalle que también habla del alcance de la convocatoria.

• En el caso de algunos trabajos que no se acogieron a los requisitos del Concurso, pero que resultan de gran calidad e innovación, se le sugiere a las instituciones participantes tomarlos en consideración para otras formas de divulgación.

• De igual manera sirvan estas consideraciones para llamar siempre a la originalidad, evitando recursos que están al alcance de todos, como Internet, que puede brindar información, pero nunca el sentimiento que reclamaba el llamado de este concurso.

Jaime Barres, Luis Galindo, José Esteban Pérez, Lil Rodríguez y Ocarina Castillo

Fuente: http://www.ultimasnoticias.com.ve/


Sobre esta noticia

Autor:
Correo Cultural (14182 noticias)
Fuente:
conartedevenezuela.com.ve
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Tipo:
Reportaje
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