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De migrantes y refugiados

13/04/2016 07:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

La realidad de los refugiados supera toda clase de ficciones literarias. Desde la premisa indiscutible e irrenunciable de la igualdad de todos los seres humanos, en cualquier circunstancia o situación, hay que poner en cuestión, cómo mínimo, su aptitud

Escribí hace años, casi dos décadas si mal no recuerdo, un pequeño relato inconcluso donde, la protagonista no era otra que mi presunta nieta, Beatriz. Se desgranaba en él, un poco a trompicones, la historia, lejana y hasta cierto punto, inverosímil o increíble en aquellos años, de un futuro tétrico, abismal y fantasioso, de claras connotaciones catastrofistas; mis antiguas y olvidadas querencias por las novelas de ciencia ficción se reflejaban, de alguna manera, en aquellas líneas. Pero el intento, el empeño en aquella narración se diluyó poco a poco y el polvo de la desidia se depositó sobre su trama. Sería con posterioridad, al elaborar un texto mayor, Los cuadernos del Vagamundo, donde pondría de nuevo el foco en aquel cuento olvidado entre el marasmo de los años, para reutilizarlo, aunque el enfoque final no acatase la trama inicial, en un regate literario, con tal de hilar y concluir diversas historias divergentes entre ellas, pero adicionales en la pretensión del manuscrito final.

Beatriz, ya dije, mi futura nieta, desgranaba sus aventuras y perplejidades por las calles y recovecos de un Madrid, tan extraño para ella, como puede serlo la urbe actual para mí. Con apenas treinta años, la protagonista recala en una ciudad desconocida, aunque vivida en el recuerdo, el de sus abuelos, de los cuales, yo, desde las narraciones de Mila, soy el conductor, al menos sobre el papel.

Al memorar los momentos de su escritura inicial, la nieve, tan abundante en las primeras páginas de aquel opúsculo, tanta que toma aires de protagonista, raleaba ya en grado sumo, como ahora, en los inviernos madrileños de aquellos noventa. Voces alarmadas y alarmantes clamaban ya entonces por la peligrosidad del cambio climático, auguraban, al igual que ahora, aumentos drásticos de la temperatura y modificaciones climáticas de difícil pronóstico, con las consiguientes migraciones de los habitantes de los lugares costeros, expuestos a dichas mudanzas climatológicas. Veinte años después, los termómetros incurren en el alza de las temperaturas, pero, siempre hay varias opiniones, en una de ellas y que comparto, dicha modificación del clima incidiría, en última instancia, en una drástica bajada de las temperaturas; sí, parece absurdo y tal vez lo sea, pero la teoría existe. De vuelta al Madrid nevado del relato, Beatriz, su verdadera protagonista se enfrenta a una sociedad envejecida, con una alarmante y dolorosa demografía decreciente en la cual, la única oportunidad de regeneración la ofrecen los emigrantes, emigrantes que, por aquellos años del pasado siglo, eran de mayoría sudamericana y magrebí, y que yo supuse entonces erróneamente, serían mayoría en el futuro de mi nieta.

Portadora de poderes casi plenipotenciarios, enviada de la Unión Europea, organismo dominado ya sin tapujos, por las grandes corporaciones industriales y económicas, en aquellas páginas se insinuaba ya la falta de gobiernos nacionales, desde un poder centralizado en algún lugar centroeuropeo, su misión no es otra que controlar las crecientes irregularidades de una población desafecta que, intenta sobrevivir a pesar del sistema de la Unión, convertidos sin tapujos en los excluidos del sistema; a fin de cuentas, los de siempre.

En la noche inicial e invernal del relato, Beatriz deambula sin rumbo; arrebujada bajo su gorro y su abrigo, la nieve cae sobre ella con una fuerza olvidada en nuestros días, tal es la intensidad y el grosor de los copos que éstos, oscurecen las escasas y macilentas luces de la ciudad; de su visión, de su pensamiento, de su conciencia, se incide una urbe olvidada, deteriorada por la dejadez institucional, ajada por el tiempo y que la lleva a preguntarse por los motivos de la decadencia de una metrópoli que, apenas cincuenta, no, treinta años, florecía de vida, luz y energía.

Ésa era su misión, recuerdo ahora, averiguar las causas de tal abandono y, por supuesto, poner en marcha soluciones drásticas. La Beatriz inicial de la narración, está convencida de la valencia del sistema institucional del que forma parte, cree en él y no entiende nada fuera de su entorno social y, sobre todo, económico.

En aquella lejana noche, empezará a conocer, alucinada, la cruda realidad de ese Madrid del futuro; detenida en medio de la nevada, varada en medio de la ciudad, el itinerario del relato insinúa el Paseo de Recoletos y la Plaza de Cibeles en la vastedad de las palabras, se verá asaltada por los guardianes del Sistema, policías mal encarados, de porte altanero y agresivo. Sólo su acreditación, los ribetes de la Unión en su identificación, su rango, les harán recular, luego de comprobar atónitos a quién tienen ante si. En este apunte policial las actitudes permanecen inmutables en el tiempo, gobiernen unos u otros, la altanería chulesca de los uniformados resulta evidente en cualquier lugar y momento.

En su tránsito por el escrito, la protagonista, esa entelequia familiar, descubrirá la falsedad, el oprobio, la arrogancia de unos gobernantes, tan alejados del pueblo que ni los imaginan. Todo sigue igual en el futuro, pero, y esto era lo fundamental, encontraba y agradecía la vida existente allende a un gobierno, instituido desde las poderosas corporaciones industriales. Todo como se ve, muy novelesco, apocalíptico, filmado tantas veces y, por consiguiente, tan manido, aunque, al leerlo de nuevo, me siga gustando. Uno también tiene sus deleites y querencias.

Veinte años después de lo escrito, cuarenta antes de lo narrado en él, muchas cosas, demasiadas, cambiaron antes de lo previsto. Nada tiene que ver quien ahora escribe y aquél que escribió las andanzas de Beatriz; ahora, lejos de alejarme de las palabras para centrarme en la acción, me gusta acercarme a ellas, indagar en sus variados significados y procedencias.

La protagonista se topaba, en sus callejeos, con un Madrid suburbial y migratorio, unos personajes huidizos a veces, desmadejados en otras, que le abren los ojos a otra realidad desconocida para ella: los huidos, los refugiados, los desposeídos, los emigrantes, los rebeldes. De haberse escrito ahora, ellos serían los verdaderos protagonistas, no actores secundarios con un papel apenas sobresaliente, más allá de unas cuantas líneas, dos, tres párrafos. Sí, ellos, los emigrantes.

Como ya dije, me gustan las palabras, descubrir sus polisemias, las definiciones que esconden, desentrañar significados desconocidos, su promiscuidad para engendrar frases imposibles me fascina, desearía, a veces, ser como aquel personaje de La colmena, al que daba vida el propio Cela en la película, un inventor de palabras. Analizar las palabras me ayuda a comprender muchas cosas, sí, pero aborrezco la palabrería y de ésta ahora, andamos sobrados.

Una de tantas palabras que llaman mi atención en estos días, es migrante, encuadrada en el mismo redil que empoderar, de la cual ya hablamos en otro momento; palabras de un castellano nuevo, puestas de moda por algún perspicaz político o un periodista lenguaraz que esgrimen la palabrería como patente de corso.

El término migrante apenas tiene dos años de existencia como tal, en el Diccionario de la Lengua, pero a diferencia del personaje de don Camilo, su definición no nos aporta nada nuevo, salvo los recortes producidos sobre las dos palabras a las que nos remite la entrada del diccionario en su vigésima tercera edición, emigrante e inmigrante, luego de transitar por el infinitivo emigrar. Que migra o emigra he aquí la definición de migrante y si emigrar hace referencia de la persona, de una familia o un pueblo que deja o abandona su propio país con ánimo de establecerse en otro extranjero, migrar significa exactamente lo mismo, que apenas difieren de inmigrar, término que añade la idea de formar nuevas colonias o domiciliarse en las ya formadas. En consecuencia, podemos utilizar las tres palabras de manera aleatoria salvo en algún caso excepcional. Por qué, me pregunto, se expone, se escribe con rotundidad en todos los medios periodísticos o políticos la palabra migrante, en detrimento de las usuales, emigrante o inmigrante, qué trasfondo encierra la palabra recientemente adoptada por la Academia. Es notorio, quien puso la palabra en circulación buscaba impactar y epatar, y lo consiguió, mientras la cruda realidad del emigrante, sí, con e, se intenta soslayar y disimular. Y lo consigue, en demasiadas ocasiones, para desgracia de todos nosotros, mas sobre todo de los protagonistas de la palabra, los emigrantes.

Beatriz se topa con la realidad, cruda y evidente del pueblo, ése del que ella proviene, pero tan alejado de su estatus social; transgredirá sin pudor normas y reglas, normas y reglas, caerá luego en la cuenta, totalitarias, altaneras y a veces contradictorias. La realidad de una Europa prisionera de su democracia que, para desgracia de tantos, sólo se asienta sobre papeles, dictámenes y leyes opresivas, no sobre las personas.

Me equivoqué con aquel manuscrito, no en la esencia, sí en los tiempos y en el origen de los emigrantes que pululan por el barrio de Lavapiés, por Tirso de Molina, donde se dirige Beatriz en una de sus correrías, me equivoqué al poner en escena al Barbieri, aquel bar, antiguo, estupendo, conmovedor en el recuerdo de unos años ochenta tan idílicos en el recuerdo, como falsarios.

"La libertad de opinión es una farsa si no hay información objetiva". Esta frase de la citada filósofa alemana Hannah Arendt, nos ilustra con simpleza en el tema de la aptitud

Ese futuro imaginado hace veinte años y que no se plasmaba hasta el año 2067, es hoy cincuenta años antes, una realidad aterradora, puesto que supera mis torpes predicciones literarias en cualquier dirección. Esta Europa, no sé si el nombre era el mismo en el relato, nada tiene que ver con la actual, supera en maldad e ignominia, a la vivida por Beatriz y los diversos secundarios de la obra. Resulta inenarrable y a cada momento que pasa se torna más invivible para muchos de sus ciudadanos, por no citar a todos aquellos que desean sumarse a ese utópico proyecto europeo. Los sin nombre, arrebujados en las cloacas de la ciudad, alrededor de una escueta hoguera, un chusco de pan como única comida, son una realidad visible a los ojos de los transeúntes en las calles del Madrid de hoy, aunque se antojen invisibles para los gobernantes.

Europa, España por supuesto, enfrenta años duros y descarnados alejada ya de las ilusiones, anhelos y miedos que propiciaron, después de la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial, en una suerte de arreglos, pactos y políticas sociales, el llamado estado del bienestar, sobre la base de estados y parlamentos democráticos. Todo cuanto se consiguió con el fin último de impedir nuevos enfrentamientos en la Vieja Europa, eso fue lo que nos contaron y nos cuentan todavía, pende de unos, cada vez, más inestables anclajes. Aparecen de nuevo los antiguos problemas, el mismo escenario con nuevos actores, quizás porque las soluciones dadas en su momento emanaban de la Guerra Fría. Alemania y su hinterland, su espacio vital reclamado desde los tiempos de Bismarck y por Hitler con posterioridad, está de nuevo sobre la mesa; las contiendas fratricidas en las periferias sur y sudeste, la inestabilidad del otrora Creciente Fértil, con el corolario de la llegada de miles y miles de refugiados, comienzan a postrar a la altiva y presumida Unión Europea. El anquilosamiento, la inacción de sus instituciones, ancladas sobre sistemas democráticos obsoletos, debería obligar a sus políticos a dar un salto adelante, siempre de la mano de la ciudadanía, con el fin de actualizar la Democracia. El hecho de ser ésta, hasta ahora, la mejor forma de gobierno, no implica obviar sus carencias y si no nos aplicamos a resolver el problema, otros, con las ideas bastante más claras, serán quienes acaben con ella.

Hitler, el nazismo, el fascismo, el franquismo en España, ejercen una fatal atracción en ciertos sectores de la población a pesar de los años transcurridos, algo que no debemos soslayar. El nacionalsocialismo se levantó sobre unas carencias sociales concretas, una de ellas, la escasez de productos alimenticios y los precios de éstos, como consecuencia la falta de alimentos, la desnutrición en un número considerable de la población alemana elevó al totalitarismo hitleriano hasta el poder omnímodo. Ésta situación se repite, a día de hoy, en los países meridionales europeos que son, además, los receptores naturales de las masas de refugiados sirios, iraquíes, libios y un largo etcétera, pero atención, también en los países del norte, en teoría con una estabilidad social, laboral y política contrastada, que no aceptan su parte de responsabilidad, sus deberes en el conjunto europeo. Como respuesta a las demandas de algunos grupos, en algunos casos dirigentes, Alemania y el núcleo duro centroeuropeo blindan literalmente sus fronteras, luego de una primera admisión, sobre la base de unos mercados laborales míseros y deleznables. Es hora de repensar la Democracia, estas democracias y si no nos valen, idear otras maneras más igualitarias y sociales.

Ahora, cuando la crisis eterna de emigrantes, o son migrantes, hacinados entre Serbia, Macedonia Hungría, Austria, Grecia o cualquier otro oscuro lugar, del que sobresalía la isla de Lesbos, indignos campos de concentración tras la resolución europea, ya no ocupan espacio en los informativos, ocultos en las rotativas ante la masacre de los desharrapados de la frontera macedónica en Idomeni, no queda sino hablar de ellos, no sé bien como, ni de qué manera, tanta vergüenza se siente, sentado ante el ordenador, la rabia se cansó hace tiempo y emigró hacia otros lares.

Todos, los de ahora en 2016, los españoles de 1939, los polacos, ucranianos, serbios, al término de la Segunda Guerra Mundial en 1945, los húngaros en 1956, aquellos que padecieron la masacre de Sarajevo, o en cualquier otra fecha por ceñirnos sólo a la estúpida y altanera Europa, son refugiados, la misma definición para todos ellos, no lo olvidemos. Personas, seres humanos que han perdido su ciudadanía, porque han perdido su derecho a tener derechos como enunciara la historiadora y socióloga alemana Hannah Arendt, hace más de sesenta años. Pero estas personas tienen también sus anhelos, el de ser acogidos, atendidos, ayudados, tienen el derecho a ser insertados en los lugares de acogida y recuperar así su condición ciudadana, tienen, en suma, el derecho a vivir sin miedo, sin el acoso de tiranos asesinos, de mafias supragubernamentales que sólo reaccionan cuando ven amenazado su estatus de poderío.

Pero seamos claros y dejemos ya de hablar de las palabras. Europa asistió y asiste impertérrita a los problemas, a las guerras que ella misma auspicia, durante años, décadas; a fin de cuentas, no pedían asilo en Europa, apenas unos miles en comparación con los sesenta millones de personas que tuvieron que abandonar su hogar y buscan asilo en otros países, unos países limítrofes, Jordania, Turquía, Líbano, no en vano, la solidaridad se da entre los iguales y la crisis económica y social de estos años en España, lo puso de manifiesto. Una Europa que conoce de sobra los movimientos de personas, de éxodos masivos, recalquémoslo de nuevo, producidos al término de la Segunda Guerra Mundial o en la posterior masacre de los Balcanes.

De vuelta al inacabado escrito, Beatriz, tras intensas dudas, luego de comprobar día tras día, el cotidiano vivir de la población madrileña, oriunda o foránea, atraviesa la tenue línea, la imperceptible barrera que separa el Poder, ente difuso que desde los años setenta del pasado siglo se encarna en la Comisión Trilateral, tiempo tendremos de analizar a este ignoto ente, dominadora del mundo, en el sentido literal de la expresión y el pueblo, la ciudadanía, siempre expuesta a los dictámenes del Poder citado.

Cuando leo aquellas líneas me llama la atención el cambio sustancial acaecido en Madrid. Mi nieta, esa nieta literaria, toma contacto con el lado contrario, marginal y perseguido en una vieja librería, en los aledaños de la Plaza Mayor. En el Aventurero, pues esa era su nombre real, la narración cuenta como Beatriz husmea entre sus libros, arrumbados en los rincones, viejos, ediciones descatalogadas, entre las que se citan joyas inmortales de la literatura, más imperecedero resulta el librero, anciano personaje, reliquia de un tiempo ido y con el que la protagonista trabará una relación, distante, extraña en su primera incursión, íntima en las sucesivas. Será a través de él, por sus maneras y costumbres cuando vislumbre los primeros indicios de la falsedad gubernamental. Hoy, ahora, cincuenta años antes del momento narrativo, la librería ya no existe, hace años que perdió su capacidad para narrar, para contar, para ensoñar a sus clientes y, en su lugar una tienda, horrible, turística, del todo a cien o algo parecido, recuerdos horteras sobre los anaqueles de los escaparates, banderines, gorras, camisetas, con grabados de la Cibeles, esperan ser mercados por algún japonés de mirada estrábica o cualquier ciudadano ruso de faz redonda y rubicunda. Ni en mis peores pesadillas imaginé un presente tan chabacano y soez. Acerté, al menos, en la ingente llegada de emigrantes y refugiados, aunque no en el momento ni sus lugares de origen.

En el sudeste europeo continuará lloviendo o no, hará frío o calor, pero lo cierto es la interminable llegada de refugiados, huidos desde sus casas destruidas, amontonados en barcas, pateras, lanchas o cómo se llamen y Europa, o sea, nosotros, seguiremos impertérritos, a buen recaudo en nuestras viviendas. Nuestros dirigentes, esos que tan democráticamente elegimos, seguirán jugando a reunirse en sesiones interminables donde, al parecer, nunca se consigue un acuerdo, ni en los problemas ni en los tiempos. Al releer el viejo manuscrito, muchas, demasiadas cosas se cumplieron; erré en el ámbito tecnológico, ahí, en ese campo la realidad supera a la ficción, mas, en el desarrollo europeo y sus problemas no anduve muy distante, qué pena.

De vuelta al presente, a estos momentos tan aciagos, una palabra antigua, tanto como los diccionarios, se asoma al escrito, hela aquí, nueva, al menos en este escrito, un término que nos define claramente, asesino, somos asesinos. Sí, también se mata por inacción y en esa no actuación, en Europa, la democrática Europa, somos expertos, miramos a lo lejos, expresamos nuestro pesar, alguno se mesa los cabellos y nada más. La nada, absoluta y total, esa es la respuesta de las democracias europeas a los problemas de supervivencia de tantos millones de seres humanos, de los cuales, no nos excusemos, somos responsables en gran medida, dada nuestra gran ignorancia, porque somos ignorantes y los ignorantes delegan en la iglesia la vida eterna y en los políticos la vida terrena y así, resulta difícil avanzar.

Desde la premisa indiscutible e irrenunciable de la igualdad de todos los seres humanos, en cualquier circunstancia o situación, hay que poner en cuestión, cómo mínimo, su aptitud. La Democracia, los sistemas democráticos, se sustentan en la igualdad, pero cojean de manera notoria en el ámbito de la aptitud.

"La libertad de opinión es una farsa si no hay información objetiva". Esta frase de la citada filósofa alemana Hannah Arendt, nos ilustra con simpleza en el tema de la aptitud. Elegir a nuestros representantes políticos no es sino una opinión, emitimos un voto en el cual opinamos sobre uno u otro candidato, pero no todos tenemos la misma información, sea por educación, cultura, antecedentes familiares, o por otros y diversos motivos. Por consiguiente, no todos estamos capacitados de la misma forma, para opinar y dilucidar con nuestro voto, la mejor alternativa. No queda sino exponer que la democracia no es un sistema válido como forma de gobierno, si, con anterioridad no se dan ciertas premisas y circunstancias.

Para ejercer la democracia hay que tener conciencia de qué estamos haciendo, poseer un profundo bagaje social y, por supuesto, una educación suficiente y similar en todos los ciudadanos. La falta de lo anterior es el enemigo natural de la igualdad y por supuesto de la libertad. Dichas carencias son alentadas sin pudor por todos los gobiernos, son su arma preferida para ejercer la opresión sobre el pueblo.

Vuelvo hasta aquella lejana y corta historia, en ella como en tantas otras novelas de ciencia ficción, la historia de Beatriz, aún no nata, resulta obsoleta antes de su publicación.

 

 

 

Móstoles, en los primeros días de abril de 2016.


Sobre esta noticia

Autor:
Ignacio Terrós (17 noticias)
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Opinión
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