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Crónica: Un día en el estadio

16/12/2012 11:10 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Lea como se disfruta en el Estadio Universitario de Caracas, en un juego Caracas- La Guaira

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Antes de llegar al estadio Universitario ya se respira beisbol. En la estación del Metro Ciudad Universitaria inicia el atiborrado trayecto de vendedores de franelas, gorras, pitos, vuvuzelas y revendedores de entradas, que se multiplican en las afueras del recinto y se organizan en una plaza que alberga fanáticos desde tres horas antes del inicio del juego.

Los fanáticos de corazón, compran sus abonos antes de iniciar la temporada para no pelarse ni un juego. En esto pueden gastar desde Bs 4.500, en el caso de los Tiburones; hasta Bs 12.000 por los Leones. Los que no son abonados, tienen que hacer la compra de boletos por Internet o madrugar en una cola en las taquillas del estadio el mismo día del juego. Las entradas van desde Bs 22 en gradas hasta Bs 305 en palco terreno; también hay precios desde Bs 60 hasta Bs 115 en las llamadas "sillas", pero las posibilidades de conseguir en esta zona son mínimas, por dos razones: el alto número de abonados (los Leones, por ejemplo, tienen un promedio de 7.000 a 7.500) y el acecho de los revendedores, quienes hacen su agosto y casi quintuplican el costo original del ticket, al punto de vender una de Bs 60 en 250. Aun así, muchos los pagan para ver a su equipo. La espera para entrar al estadio el día del juego es casi un ritual. A eso de las 3 pm, los fanáticos desfilan con las franelas y gorras, se toman una que otra cerveza mientras son vigilados de reojo por los funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana. Pero también aprovechan el rato para curiosear la mercancía ambulante. La señora Patricia trabaja en el estadio desde hace seis años durante los cuatro meses de la temporada. Se queja porque no le ha ido tan bien como en años anteriores: "Siento que estoy invirtiendo más de lo que gano", dice, sin querer especificar cuánto. En su variado tarantín tiene gorras desde Bs 80 hasta 120; eso es lo que más se vende. También hay franelas, camisas y chaquetas desde Bs 280 hasta 350; llaveros a Bs 30; relojes a Bs 80, y peluches a Bs 180. Como ella, del lado de afuera, hay 15 kioscos más con precios similares. Al entrar al estadio, los costos de la mercadería deportiva son elevados, porque todo es original. Una franela de los Tiburones puede costar Bs 540, y un suéter de los Leones Bs 975. A las 5:20 pm las luces del estadio ya están encendidas y la gente comienza a entrar y a hacer sus respectivas paradas en los puestos de cotufas, tequeños, hamburguesas, pepitos, arepas, shawarmas, parrillas y pizzas. El ánimo también se enciende, con las estruendosas y agudas vuvuzelas que los fanáticos soplan.

Josué Aguilar es padre de tres niños: un bebé de un año y los otros de siete y diez. A él le gusta venir con sus hijos y con su esposa desde que eran novios para ver a "los gloriosos" Leones del Caracas. No le para a este cartel que está en la entrada: "Se prohíbe la entrada de niños menores de dos años". Para él, "al estadio se viene en familia". Punto. Más abajo, cerca del terreno, está Mario Ortiz con su camisa de felino. Tiene 56 años y desde hace 10 es abonado. "Venir al estadio es una de las cosas que disfruto hacer solo, además, creo que venir con mi esposa es empavar al equipo", dice, mientras se ríe. Ortiz es de esos fanáticos aguerridos y supersticiosos que no lavan la camisa mientras su equipo gane. "Cuando pierden, la lanzo a la ropa sucia con rabia". Los escualos de la samba. Antes de que comiencen los juegos de La Guaira es común ver a una veintena de fanáticos con tambores, pitos y redoblantes vestidos con camisetas que rezan "Macuto Samba Show". En medio de ellos, César "Chicho" Barrios dirige con seriedad la fiesta de la samba que ha hecho célebre a la barra de los Tiburones. "Soy el último del grupo de siete que en 1981 comenzó a acompañar al equipo. Hoy somos 30", asevera con orgullo este profesor de educación física quien a sus 52 años lleva más de tres décadas animando a los escualos.

Sus primeros tambores y baquetas fueron comprados con ahorros. Ahora reciben el apoyo de la directiva del club: "Así estemos ganando o perdiendo siempre vamos a estar aquí animando hasta el último suspiro", dice mientras mira a su hija Yosiris que baila y toca percusión desde los 5 años. Con 21 años y un ritmo envidiable, Yosiris dice que aprendió a caminar en el estadio: "Bailo samba como respirar, es algo natural. Desde que tengo memoria veo a mi papá tocando en estas gradas. Y uno de los requisitos para ser mi novio es que sea fanático de La Guaira". "Chicho" redobla con fuerza y dirige a sus veinte tamborileros en cada jugada del equipo logrando que resuenen como si fuesen 100. Atesora partidos únicos como la última temporada en que quedaron campeones, y dice con una sonrisa agridulce: "La penúltima final contra los Leones donde Urbano Lugo hizo un no hit no run contra nosotros fue un trago amargo. Pero estar aquí fue inolvidable".

El león veterano . Ataviado con un uniforme oscuro del Caracas, Jesús Lezama deambula con asombrosa agilidad por entre las gradas del estadio. Avanza lento pero firme con su bastón que no tropieza porque "podría venir dormido a estas tribunas". A sus 93 años es el fanático más antiguo de los Leones y, quizás, del país entero. "Vengo al estadio desde los 18 años, tengo 75 años con el equipo desde que se llamaba Cervecería Caracas. Mi primer partido fue un Caracas-Magallanes en el viejo estadio de San Agustín y ganó el Caracas, como de costumbre". Su rostro tallado por el tiempo muestra un cuello firme con múltiples collares de madera que delatan su origen en el Delta del Orinoco. Nativo de Tucupita , se considera más caraqueño que cualquiera, y recuerda con añoranza a los "Héroes del 41": "Sólo quedan vivos Petit y Fonseca, eran unos criollos buenísimos. Mis clásicos son los tres no hit no run que le dio el Caracas al Magallanes y los dos que le dimos a La Guaira". Con picardía dice que tiene 14 hijos y frunce el ceño al admitir: "Sólo uno me salió magallanero". En las familias de fanáticos venezolanos la perfección de tener a toda la camada bajo una sola enseña parece una quimera. Del otro lado de la barra, los morochos García llevan medio siglo alentando a los tiburones. Gustavo explica: "Mi papá me trajo por primera vez al estadio cuando el equipo se llamaba Pampero, después se convirtió en Los Tiburones y desde entonces vengo con mi hermano y ahora traigo a mi hija que es del Caracas". Cuenta que la llevó por primera vez a los cinco años y la pequeña no aguantó el trajín, por lo que al sexto inning salieron. Risueña, Manuela ruge con sus 24 años: "Era un Caracas-La Guaira y cuando estábamos caminando por fuera cayó un foul que casi me da en la cabeza. Mi papá trató de que fuera fanática de su equipo, pero esta es mi ciudad por eso soy de los Leones". Para escritores como Oscar Marcano, el amor del venezolano por el beisbol obedece a una razón cultural: llegó antes que el fútbol: "Y en él se observa lo que se experimenta en otros deportes masivos: la presencia de dos dioses primordiales: Dionisos en la tribuna, en la fiesta, en los disfraces de peloteros, en las barras y la locura, y Apolo en el campo, con sus reglas de hierro, su racionalidad y equilibrio".

Albinson Linares y Airam Fernández / http://www.ultimasnoticias.com.ve/noticias/deportes/beisbol/cronica-un-dia-en-el-estadio.aspx


Sobre esta noticia

Autor:
Gussymor (1006 noticias)
Fuente:
piratasblog.mlblogs.com
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Reportaje
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