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La cocina de mi casa: Los hombres en la cocina huelen a rila de gallina

08/03/2011 11:02 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

A raíz de un libro que acaba de publicar mi madre, Recetas de mis amigas, y tal vez recordando que yo también escribí un libro de más o menos falsos consejos de cocina (Tratado de culinaria para mujeres tristes), últimamente me preguntan bastante cómo se comía en la casa de mi infancia, y si mi padre cocinaba o no, y si yo sé hacerme al menos unos huevos revueltos. Vamos por partes.

vegeRetrato de hombre (muy vegetariano), del pintor Giuseppe Arcimboldo (1527-1593).

Recuerdo, cuando yo era muy niño, que en el garaje de la casa mi mamá instaló unos burros con tablas encima, y en esas grandes mesas daba clases de cocina. A la tarde llegaba un grupo de señoras en fila, como hormigas ruidosas, y mi mamá les enseñaba a cocinar. «Este es el secreto infalible —les decía—, para hacer duradero el matrimonio y mantener contentos a los maridos».

Yo no asistía a esas clases, pero en mi memoria eran siempre clases de repostería. Después he averiguado que mi mamá les enseñaba todo tipo de platos, de dulce y de sal, pero a mí solamente se me quedaron grabados los dulces, por un motivo muy simple: después de las clases se me permitía, y antes de que lavaran los trastes, limpiar con el dedo las cocas donde se habían hecho las salsas y las cubiertas para los postres y bizcochos. Las señoras alumnas se llevaban todo lo que hacían (pues tenían que pagar los ingredientes), pero a mí me quedaban las sobras del banquete. Meter voluptuosamente el dedo índice, para luego chupármelo, en lo poco que quedaba de una salsa inglesa, de una cubierta de naranja o de chocolate, era un placer lento, minucioso, y por lo escaso de la materia que quedaba, incluso más placentero.

De mi papá puedo decir que comía con mucho gusto y apetito, celebrándolo todo menos la sopa de arroz, pero que nunca lo vi entrar a la cocina. No sabía hacerse un tinto ni unos huevos tibios, no digamos ya un arroz blanco o una carne asada. En esto era hijo de su tiempo y de su región, Antioquia, donde los hombres de una familia tradicional podían encargarse de llevar el mercado a la casa, pero jamás de preparar los alimentos. Eso era un trabajo típicamente femenino. «Los hombres en la cocina huelen a rila de gallina», se decía.

A mí tampoco se me ocurrió jamás aprender a cocinar, hasta el final de la adolescencia, cuando empezó a ponerse de moda hacer fondues de queso, al estilo suizo, con los amigos. Tal vez esos fueron los primeros platos que aprendí a hacer, mezclando queso Gruyère y queso Emmenthal con vino blanco y un poco de aguardiente de cereza, o kirsch, que era muy difícil de encontrar. Creo que comí tantos fondues a los 18 años, que ya hoy no me gustan tanto, por lo pesados e hipercalóricos que son.

Lo cierto es que yo no aprendí a cocinar en la casa de mis padres (mi mamá nunca insistió en que los varones aprendiéramos siquiera un plato) sino que me enseñaron mis esposas. Cuando era novio de Bárbara, mi primera mujer, que había nacido en Florencia y era de origen italiano por parte de madre, recuerdo haber encontrado en su casa un libro de culinaria muy famoso en Italia: Il talismano della felicità. En ese libro aprendí de memoria a hacer una receta especial de los spaghetti alla carbonara. Son deliciosos, pero los hago solamente una vez al año, cuando Juan Gabriel Vásquez viene a comer en mi casa, porque este es el plato preferido de él, y no desdeña mi receta.

Cuando viví en Italia con Bárbara, por placer y por necesidad, aprendí a cocinar mucho más. Y ahí sí que le pedí a mi mamá, en la distancia, recetas de cocina. El embrión del libro que ella acaba de publicar, en cierto sentido, fue una colección de hojas pasadas a máquina y luego fotocopiadas, que mi mamá nos dio a Bárbara y a mí como un viático para que nos defendiéramos mejor en Italia. Así aprendimos platos clásicos colombianos, como el ajiaco o la sopa de arracacha, y también la manera de no arruinar una carne de cualquier calidad.

Pero con la persona que más aprendí a cocinar fue con mi segunda esposa, Anna, que es una cocinera excepcional por tradición familiar. Su abuelo, sus tíos y su madre son grandes cocineros, y en su casa se practica una gastronomía mucho más sofisticada y depurada que la de mi casa. También el libro de mi mamá, al cabo de los años, se nutrió de esta influencia indirecta.

arte

Alrededor del pescado de Paul Klee, 1926. Museo de Arte Moderno, N.Y.C.

A estas alturas de la vida, cuando uno puede encontrar casi cualquier receta por Internet, cuando hay blogs de cocina que son un ejemplo de sabiduría y concisión culinaria, es curioso que para mí la cocina siga siendo un ejercicio privado de amor y de compañía con la mujer que quiero o he querido. Cocinar es pensar en el rito de comer con determinada persona. Cocinar juntos es ir pensando en los placeres que ya casi llegan: los de la mesa y los de la sobremesa. Es convencer a la otra de que ciertos sabores en los que no confía pueden ser maravillosos, y producir en la mente y en el cuerpo efectos insospechados y benéficos. Para entenderse con una mujer, creo yo, hay que entenderse con ella en la cocina y en la mesa, que son el prólogo y la introducción de la cama. Es necesario que nos guste la otra persona, claro, y gustarle uno a ella. Pero tan necesario como esto es que nos guste comer cosas parecidas, y que a ella le gusten nuestros platos, y que a nosotros nos guste lo que ella nos haga. Y repetir, y tripetir. Por eso cuando mi madre dice en su libro que cocinar es un acto de amor, está diciendo algo muy sencillo, incluso muy común, pero muy verdadero.

Espero que las feministas no se ofendan si recuerdo que lo primero que hace una mujer, siempre, cuando nacemos, es darnos de comer en su propio pecho. No es extraño, pues, que el placer de comer y de estrechar un cuerpo queden en nuestra mente asociados para siempre.

Por Héctor Abad

Tomado de : Ciudad Viva


Sobre esta noticia

Autor:
Correo Cultural (14805 noticias)
Fuente:
conartedevenezuela.com.ve
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3107
Tipo:
Reportaje
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