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Autoayuda: cómo librarte de la mujer de tu vida (secuencia 03)

05/06/2016 13:50 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Para entender el presente, regresa al pasado. Solo así darás con la clave de la historia

Enlace a la Secuencia 02

 Por Charly García G.

Mi padre suele decir que cada mujer tiene su propio encanto y eso la hace deseable. Da igual su peso, su talla o su edad. A él le gustan todas, especialmente las maduras, como las llamaba. De pequeño me sonaba fatal, pero él estaba convencido de que eran las mujeres más excitantes con las que se podía mantener un affaire. Al crecer, me di cuenta de que se refería a sus clientas de tiendas de marca en el Corte Inglés, a las que hacían compras caras y frecuentes. Eso le dejaba un buen porcentaje de las ventas que invertía en su plan de pensiones privado.

Siempre pensó que cuando le tocara jubilarse, la Seguridad Social habría quebrado y no vería un euro de la pensión pública que le correspondía. ¡Toda la vida trabajando para al final tener que suicidarse por falta de dinero para vivir! —decía, en clave de humor negro.

De ese modo justificaba tener un fondo de pensiones domiciliado en una SICAV de Luxemburgo. ¡Un paraíso fiscal como Panamá! Nada menos que eso que él había denunciado como activista de movimientos sociales durante toda su vida. Especialmente desde que mi madre lo dejó por ser un pelanas.

¿Falta de coherencia para un revolucionario? Pues… según él, no. Tan solo una cuestión de lógica. Mi padre estaba convencido de que todos los gobiernos occidentales conspiran para matar a los jubilados de hambre y por falta de medicamentos. Por tanto, tenía que hacer acopio de dinero para sobrevivir en ese largo y peligroso viaje de la jubilación. Oyéndolo, daban ganas de decirle, “no te preocupes papá. Ya sabes que puedes contar conmigo”. Pero viendo lo que en realidad hace, se te quitan las ganas. Y es que mi “pobre padre” desde que lo han prejubilado, no para de viajar por el Caribe con su novia, que tiene treinta y dos años. ¡Igual que  yo!

Así es mi padre, pero volviendo a su pasado de donjuán en el Corte Inglés, el tío hizo muchas amistades entre sus clientas. Se pasó diez años trabajando como dependiente en la planta de señoras. Eso equivalía a un máster en mujeres y compras. Sabía todo lo que hay que saber para que ninguna se fuera sin comprar. Las trataba como a princesas aunque estuvieran en la zona de marcas blancas, y esa experiencia le permitió ascender a jefe del departamento de súper marcas, Carolina Herrera, Armani y compañía.

A veces me pasaba por allí al salir del Instituto para que mi padre me comprara algo de ropa, o un videojuego para la Play —aprovechando los descuentos que la empresa hace a los empleados—. Y sinceramente, me resultaba vomitivo presenciar cómo les hacía la pelota. Pero el tío no era tonto, a cambio, no solo obtenía comisiones por las ventas, sino también favores de diversa naturaleza. Desde ser invitado a los yates de sus maridos en verano, hasta interactuar con el “felpudo” de alguna de ellas —según decía él.

Para mí, un felpudo era una alfombrilla donde te limpias los zapatos antes de entrar en casa. Para mi padre, en  cambio, tenía un significado más erótico, nada menos que la puerta de entrada a la cuarta dimensión de sus clientas. En cambio a mí me daba la impresión de que, en algunos casos, debía de tratarse más del punto de acceso a la casa de los horrores. No obstante, mi padre no se las tiraba a todas. Por desgracia para él, muchas tenían buen gusto. En cualquier caso, él ganaba siempre, tanto si la vestía como si las desnudaba.

Todo esto lo cuento para situar cómo logré mi primer empleo. Personalmente creo que tengo suficientes méritos para que cualquiera estuviese encantando de contar conmigo en su empresa. Pero lo cierto es que me cansé de enviar currículos a las multinacionales de software, como Microsoft o Apple, sin que ninguna me contestara. Algo del todo normal, considerando que yo no había estudiado en el  Instituto Tecnológico de Massachusetts, sino en la Complutense de Madrid. Para ir al MIT hacía falta mucha pasta y mi padre no se lo podía permitir. Él también tenía sus gastos —decía—, demasiadas novias a las que invitar a cenar y pagar el hotel del polvo, considerando que yo siempre dormía en casa menos cuando acampaba en alguna manifestación. Pero bueno, lo cierto es que me alegro de haber estudiado en la Complu, como se la llama familiarmente. Allí conocí a todos mis colegas, y lo que hemos vivido y hecho juntos vale más que cualquier cosa que hubiera podido ofrecerme el MIT.

Recuerdo los días que pasamos en la acampada de Sol manifestándonos contra los políticos. Éramos como una gran familia en la que todos nos ocupábamos de todos. Unas semanas inolvidables, hasta que Esperanza Aguirre consiguió desalojarnos. ¡Cómo no! Pero ni ella ni su partido consiguieron acabar con el “no nos representan” que les lanzábamos incansablemente a los políticos. Y hoy podemos afirmar que el poder ha vuelto al pueblo, empoderado gracias al 15-M y con la facultad de dar por saco a los políticos en cada contienda electoral. ¡Una gran victoria!

Pero volviendo a lo mío, mi primer trabajo de verdad lo conseguí gracias a mi padre, que estaba harto de que su hijo fuera becario y no pudiera independizarse. Para él era importante que me pirara de casa antes de que lo jubilaran anticipadamente y tuviese que compartir conmigo su pensión de jubilación.

Hacía años que mi padre conocía a la presidenta del Partido Liberal Republicano, el PLR. Carmen Solís era clienta suya, ¿¡cómo no!? Una mujer influyente que, por supuesto, nunca tuvo nada que ver íntimamente con mi padre. Él solo le hacía la pelota para que comprase más y más. Y cuando se enteró de que su partido político había obtenido varios escaños en las elecciones, pensó que era una oportunidad de oro para enchufarme.

Nunca pensé que una chica fuera a impactarme tanto, pero pasó. Alejandra era la mujer de mi vida

Mi padre conocía bien cómo funciona la asignación de personal a los grupos parlamentarios, y yo era informático. Todo el mundo necesita un ingeniero informático —pensaba él—. Así que escondió la talla mediana de una chaqueta de Armani a la que le había echado el ojo Carmen Solís, mientras miraba y se probaba otras cosas. Y cuando fue a por la chaqueta, se encontró con que ya no quedaba de su talla. Mi padre le aseguró que la buscaría por todos los centros del país, si era necesario. Pero podía estar segura de que ella tendría su chaqueta.

A los dos días la llamó dándole la buena noticia. Carmen Solís estaba encantada y agradecidísima, y le dijo:

—Pídame lo que quiera, García, que, si está en mi mano, se lo concederé.

Más o menos como lo del mago de la lámpara a Aladino. Y mi padre no dudó un segundo en ponerme por las nubes y enviarle mi currículum por mail, como le sugirió ella. En cuanto se formó el grupo parlamentario del PLR, y le asignaron la cuota de asistentes con cargo al Congreso de los Diputados, Carmen Solís hizo que su directora de comunicación me llamara para hacerme una entrevista. Era Alejandra Bru, una tía increíblemente guapa.

Siempre había valorado a las chicas guapas y mega arregladas como seres tontos con los que se podía hacer de todo menos hablar de algo inteligente. Pero Alejandra no era así. Me cayó súper bien desde el primer momento. Me miró fijamente a los ojos y dijo que con mi currículum podía aspirar a mucho más. No entendía por qué no estaba trabajando para Google o Facebook. Por supuesto, me contrató. Aseguró que estaba encantada de contar con mi colaboración y que la jefa suprema, Carmen Solís, lo estaría también en cuanto le dijera qué fichaje acaba de hacer conmigo.

¡Alucinaba mirándola! Y debió de ponérseme cara de gilipollas porque Alejandra cambió su cordialidad inicial por una actitud más formal. Tal vez tratando de no mandarme mensajes equívocos, o algo así. Cosa de tías cuando se cortan, si las miras con ganas de besarlas y más, como hice yo. Quizá me pasé dejando que se viera demasiado el impacto que me producía. Crucé las piernas y me incliné un poco hacia delante para disimular una erección espontánea. Por suerte llevaba la camisa por fuera del pantalón. El amor a primera vista me pilló desprevenido. Nunca pensé que una chica fuera a impactarme tanto, pero pasó.

De aquella situación tan embarazosa me salvó Bimbo. Fue la primera vez que vi al perro de Alejandra. Entró en el despacho de la mano de su asistente de prensa. Alejandra se lo había traído a la oficina porque esa mañana tenía cita con el veterinario. El perrito se me quedó mirando con curiosidad y luego fue en directo hacia mí y se me echó encima. ¡Inoportuno, claro! Lo que menos necesitaba era que algo peludo me rozara la entrepierna. Instintivamente le lancé un lápiz que había sobre la mesa de Alejandra. Bimbo corrió tras él y me lo trajo. Repetí la jugada varias veces y él me siguió el juego hasta que Alejandra lo llamó al orden. Para entonces, ya tenía bajo control a mi “soldadito” inoportuno. Bimbo no dejaba de mirarme y mover la cola. Aquel fue nuestro primer partido de futbol.

Haber conocido a Alejandra fue, sin lugar a dudas, lo más impactante de aquel día. Después de la entrevista, no hacía otra cosa que pensar en ella. No podía quitármela de la cabeza. Cuanto más pensaba en Alejandra, más me gustaba. No pude evitar que me asaltara la idea de que ella, probablemente, no habría vuelto a pensar en mí pero… quién sabe, a lo mejor sí. Por su sonrisa me pareció que yo le interesaba algo. Estuvo muy simpática al principio, hasta que se cortó un poco por mi culpa. No debí mirarla a los ojos como si fuera a derretirme. Pero lo cierto es que mientras estuvo conmigo no hizo caso de su móvil y eso que le entraron bastantes wasaps por las veces que se iluminó la pantalla. Hasta que nos despedimos, no les prestó atención. Que una tía pase del móvil es muy significativo. Tampoco daba la impresión de tener prisa por acabar la entrevista. ¡Seguro que yo le gustaba! Al menos eso quería creer, pero la duda no dejó de asaltarme durante todo el fin de semana.

Al incorporarme al trabajo el lunes siguiente, tenía más nervios que cuando fui a la entrevista. Alejandra se dio cuenta. Me miró a los ojos con dominio de la situación y me señaló cuál era mi espacio de trabajo. Luego me presentó al resto de asistentes que estaban por allí. Se sentía con poder sobre mí. ¡Era mi jefa! Nunca antes había experimentado eso con una chica. Me resultó extraño pero excitante. Recuerdo sentirme como si flotara a su alrededor, o algo así.

Pero, como dice mi padre, todo lo bueno dura poco. De repente se abrió la puerta y entró quien menos podía imaginar que iba a encontrarme allí. Me di la vuelta instintivamente y empecé a hablar con el asistente que se ocupaba de las redes sociales. Me senté a su lado metiendo la cabeza casi en la pantalla. El tío que acababa de entrar se puso a hablar con Alejandra sobre una comisión de investigación que quería impulsar su grupo parlamentario. El corazón me iba a cien. Si ese tío me reconocía, podía ir despidiéndome del trabajo.

Estaba de espaldas a ellos, intentando mantener un tono tranquilo con mi interlocutor pero sin enterarme de nada de lo que me estaba contando. Y entonces ocurrió lo último que hubiera deseado en ese momento. Alejandra pronunció mi nombre en voz alta. Quería que le diese mi opinión sobre un asunto que aquel tío le estaba planteando acerca de una intrusión en los ordenadores de su grupo parlamentario. No tuve más remedio que darme la vuelta y encontrarme de frente con él.

More next week…

La semana que viene, más…


Sobre esta noticia

Autor:
Charly García G. (10 noticias)
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