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AUTOAYUDA: Cómo librarte de la mujer de tu vida (Secuencia 01)

26/05/2016 04:30 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Aunque te estés ahogando, relájate, piensa y encontrarás un salvavidas

Aquella mañana tenía ganas de suicidarme. Me desperté con una especie de vértigo insoportable que pintaba peor que nunca. Pensé en llamar a mis colegas del Círculo, pero no podía decirle a ninguno que tenía una ansiedad que me moría. Eso es propio de tías y, además, nadie que me conociera se creería que tuviera algo así y, sin embargo, lo tenía.

Alejandra, mi novia, estaba inmóvil en la cama. En la misma posición en la que se había quedado horas antes. Necesitaba decirle que me había despertado con un agobio insoportable. Que me faltaba el aire, que la quería. Pero ella parecía inmersa en un sueño profundo del que no fuera a despertar. Me resultaba extraño verla así de inexpresiva. Le acaricié la cara apenas rozándole la piel. Siempre reaccionaba a ese estímulo mío por muy dormida que estuviese. Sin embargo, esa vez no lo hizo. Le cogí la mano. Estaba demasiado fría, e instintivamente la tapé con el edredón que andaba por el suelo. ¿Qué había pasado la noche anterior? ¿Por qué estaba todo tan revuelto y ella como si me hubiera dejado definitivamente?

Mirándola no podía pensar con claridad. Todo era agobiante en la penumbra del amanecer que se filtraba por la ventaba. Me sentía como si fuera a morir de forma inminente por asfixia. Cuanto más notaba que se me reducía el espacio en la garganta, más se disparaban mis palpitaciones.

Ajeno a lo que pasaba por mi cabeza, mi perro, se dio cuenta enseguida de que me había despertado. Eso era un dato importante para él. Se aproximó a mi lado de la cama y me miró fijamente a los ojos. Había llegado la hora de hacer “pipi y popo” —cosas de Alejandra—. Bimbo me miraba de forma amenazadora. Si no saltaba inmediatamente de la cama, él pasaría directamente a la acción, que consistía básicamente en hacérselo todo en la alfombra del cuarto de estar. La culpa la tenía Alejandra por no saber imponerse al perro. En cambio conmigo, bien que sabía hacerlo.

Yo estaba empapado en sudor, con taquicardia, sequedad de boca, dolor en el pecho… pero lo del perro tenía prioridad. Cuando por fin vio que me levantaba, Bimbo abandonó su puesto de guardia y se fue hacia el otro lado de la cama. Se apoyó con las patitas delanteras en el colchón y aproximó su hocico a la cara de Alejandra. Gimoteó un poco mientras le daba unos lametones.

Hice el último intento de librarme y volví a echarme cerrando bien los ojos para que me dejase en paz. Pero no coló fingir que dormía de nuevo. Bimbo conocía todos mis trucos para no bajarlo a la calle a esas horas. No podía entender que lo último que yo deseaba en aquel momento era sentir su caca caliente en mi mano, separada solo por una bolsa de plástico de 18 micrómetros de espesor. Menudo pestazo hasta que lograba cerrarla mientras él no paraba de tirar de la correa para olisquear por el entorno las heces de otros colegas, cuyos amos habían tenido el detalle de dejar esparcidas por la acera. Una especie de “buenos días, vecinos, ¡qué os jodan si las pisáis!”.

¿Qué había pasado la noche anterior? ¿Por qué estaba todo tan revuelto y ella como si me hubiera dejado definitivamente?

Cuando por fin conseguí que el perro terminara de hacer sus cosas, mi ataque de ansiedad había desaparecido. Una buena terapia lo de sacar al perro. Subí a casa y preparé el desayuno. El nespresso me lo tomé yo, pero las tostadas fueron a parar al estómago de Bimbo, que me cedió amablemente su pienso enriquecido con ácidos grasos omega 3 y 6 para perros alérgicos. Debió de pensar que si eso era bueno para él, también tendría que serlo para mí. ¡Pequeño cabroncete mimado!

Era tarde, tenía que irme a trabajar, pero antes hice un par de tostadas sin gluten y un zumo de naranja para Alejandra. Se lo llevé a la cama en su bandeja favorita. Me impresionó verla en la misma posición que cuando me desperté. Su portátil estaba en el suelo. Antes de que discutiésemos, había estado preparando un discurso para la jefa del grupo parlamentario y presidenta del Partido Liberal. Alejandra era su directora de comunicación, su mano derecha. Yo también trabajaba para el grupo parlamentario en el Congreso. Me contrataron como asistente informático para ocuparme de los medios técnicos. No deja de ser irónico estudiar un grado en ingeniería, un máster en social media manager y otro en ciberseguridad para acabar como el informático invisible del grupo parlamentario liberal.

Mi novia hizo que me sintiera un fracasado, un donnadie como mi padre, que estudió Filosofía y Letras y nunca escribió un libro ni un artículo sobre nada. No tenía tiempo para pensar trabajando como dependiente en el Corte Inglés hasta hace nada que lo han jubilado con una pensión de mierda.

La vida, ¿no? En fin, no me he presentado aún pero ya habréis notado que soy Charly García G. La G punto viene de Gibson. Según mi padre, la parte más gilipollas de mí herencia, o sea, el apellido de mi madre.  En cuanto a  García —también según mi padre— no es más que un genérico, todo lo más que él podía legarme. ¡Un puto genérico! —insistía cabreado—. Y lo de Charly, como podéis imaginar es un diminutivo de Charles, un antojo de mi madre. Le hacía ilusión ponerme el nombre de mi padre, pero le sonaba mejor en inglés que en español. Y claro, como lo de pequeño Charles o Charles, Jr., a mi padre le repateaba, me acabaron llamando Charlie. Yo lo prefiero con “y” griega.

Mis padres se conocieron a fondo en la Costa Brava. Ella vino en viaje de fin de carrera no a pillarse borracheras como las de ahora en Magaluf o Salou, sino a ligar con los machos ibéricos. Mi padre se tiró a muchas guiris a finales de los años 70 y continuó en los 80 —al menos eso dice él—. Por aquel entonces, trabajaba de camarero en verano. Con mi madre fue un flechazo. Follaron como locos durante toda la semana que pasó en Lloret de Mar. Y luego ella regresó conmigo a Londres sin saberlo. Él se fue detrás para casarse cuando supo lo mío, y se encontró con que la familia de ella tenía otro nivel. Mi abuelo materno es un Sir que aún vive en el barrio de Belgravia. Al conocer a mi padre, trató de disuadir a su hija de la absurda idea de casarse. Fue inútil, ella estaba muy colgada de mi padre. Se casaron por lo civil y se vinieron a España, es decir, a Vallecas, que era el único sitio de Madrid donde él podía pagar un alquiler.

La cosa acabó mal. ¡Lógico! Ella se deprimió pronto. Ni los polvos le levantaban el ánimo —según decía mi padre—. Se divorciaron y él consiguió mi custodia. Mi madre regresó a su  mundo y nosotros no quedamos aquí. Él ha sido un buen padre. Un tipo muy enrollado, aunque a mi novia no le caía bien. La segunda vez que lo vio, Alejandra  me aseguró que era la última. Le resultaba un capullo insufrible, ¡un resentido social!

More next week…

La semana que viene, más…


Sobre esta noticia

Autor:
Charly García G. (10 noticias)
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Tipo:
Suceso
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